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La bola de nieve crece y crece. El tema de la cocina y la gastronomía colombiana está en boca de todo el mundo: en todos los periódicos del país aparece diariamente una nota, un artículo o una reseña sobre el tema; en la televisión, tanto los canales nacionales como los extranjeros, presentan excelentes programas, buenos programas y pésimos programas sobre el tema; las revistas no se quedan atrás y, no importa cuál sea la especialidad central de su contenido, hoy todas gozan de una sofisticada sección de gastronomía (léase: culinaria); en cuanto a la radio, las notas sobre secretos del hogar y recetas de cocina son pan de todos los días.
De otra parte, las escuelas de cocina que surgen por todo el país son cada año más numerosas y se dan a conocer dictando cursos y diplomados cuya duración oscila entre seis horas y un semestre; igualmente, en todas las capitales de departamento se organizan festivales y congresos de gastronomía (todos iguales en su temario), que se convierten en espectáculos de gran asistencia popular, debido a que en todos ellos se imparten gratuitamente clases de cocina.
Es un hecho: cocina y gastronomía están de moda y la mayoría de la gente opina sobre el tema con tanta solvencia como hablando de fútbol o de reinas. Imposible negar la importancia de que se hable de nuestra cocina a diestra y siniestra, pero estamos cayendo en un auténtico galimatías. Cocina y gastronomía son dos manifestaciones culturales aparentemente similares, bastante emparentadas, especie de vasos comunicantes, pero, en aras de la objetividad, son muy diferentes. Considero oportuno citar al historiador y periodista francés Jean-François Revel, quien en su obra Un festín en palabras define de manera diáfana la diferencia entre una y otra. Al respecto escribe: “Todos los seres vivos se alimentan (plantas y animales). El único ser vivo que come es el hombre. La cocina es la sofisticación de la alimentación. La gastronomía es la sofisticación de la cocina”.
