Con sólo pronunciar la palabra se me hace agua la boca y cuando la escucho en boca de un costeño me parece un canto.
Desde niña he sentido una atracción especial por esta fruta y jamás olvidaré aquellas mañanas calurosas y domingueras en las cuales, obligada por mi abuelo para acompañarlo a la retreta del Parque Bolívar en Medellín, su recompensa a mi compañía se materializaba en un enorme vaso, servido desde una enorme olla, ubicada en una enorme góndola con ruedas de bicicleta... era el denominado: guanabanol. Mucho menos podré olvidar la vez que desembarcando por primera vez en Isla Fuerte (mar Caribe), hace más de 35 años, con mi amigo de aventuras juveniles, fuimos recibidos por una señora que sin mediar palabra se nos acercó y nos dio sin contraprestación alguna la más algodonuda, jugosa y dulce guanábana que he degustado en mi existencia.
Creo no equivocarme si considero que actualmente estamos en una deliciosa cosecha de guanábana, pues no sólo los supermercados la están ofreciendo a diestra y siniestra, sino que además estoy escuchando pregones de carretilleros por las calles de la ciudad, lastimosamente mal correspondidos por la poca demanda de las amas de casa para su producto. Y digo lastimosamente, porque si una guanábana pequeña es pesada, una grande es fuera de lo normal, exigiendo tener hombros y clavículas de cotero. La guanábana, como gran cantidad de frutas de origen tropical, posee una hermosa figura y un cotizado prestigio en el mundo de la gastronomía, no sólo por su verde brillante, su cáscara protegida de firmes pezones y su particular fragancia, sino además por su original sabor. Cuando la guanábana se encuentra en óptimas condiciones, los manjares que de ella se logran constituyen todos auténticas resultantes culinarias de acertada presentación para el más sofisticado banquete. En su estado natural, su pulpa pone a salivar al más reticente comensal; su sorbete es auténtica crema de origen vegetal; como helado no tiene homólogo; en dulce de almíbar, el color rosado de su normal oxidación se transforma en arte cromático culinario, y finalmente, cuando se liga con harinas o azucaradas claras de huevo, se convierte en un postre que se llama merengón y que en el mundo de los postres —no lo escribo para que rime— no tiene parangón. Adoro la guanábana y la defiendo a ultranza; además, es tan contundente su tamaño que hasta la más pequeña reparte para dos.