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Una de las muchas cosas que rodean al hombre contemporáneo y que pasa desapercibida es la nevera.
Colombia vivió hasta principios del siglo XX sin los encantos que ofrece esta gaveta mágica. Pertenezco al grupo de personas que adoro, disfruto y dependo de la nevera. Si bien el tema al cual me refiero parece trivial, difícil será refutarme el que para la cocina y la gastronomía de nuestros días, uno de los inventos más trascendentales ha sido la refrigeración.
Cuanto hubiesen pagado famosos glotones de la historia (Carlos V de Alemania) por disfrutar de las ventajas de este aparato, el cual con absoluta seguridad hubiese evitado el suicidio de Vatel. Reitero: soy una adoratriz de este fenomenal guardadero y si bien el fuego y el calor constituyen la médula del oficio culinario, considero que el frío y la refrigeración son sus mejores contrarios, y gracias a ellos hoy podemos no sólo degustar comidas de otras partes del mundo, sino igualmente mantener y volver a probar con el mismo sabor y textura, aquello que hace 15 días preparamos. Soy mujer de hambres nocturnas y mi mejor amiga para compartir mis ansias es la nevera. Una nevera abierta y bien organizada es un auténtico paisaje que me alborota y me pone a fantasear.
Y es que hay alimentos y recetas los cuales con un mínimo toque del frío, se les dispara su sabor: el agua fría, la limonada fría, las uvas, las peras y las granadillas frías; cerveza escarchada es mi pasión; y en cuanto aquellos platos que antes de llegar a la nevera pasaron por hornos o fogones, para más tarde llegar a reposar en ella… son mi adoración, pues corresponden ni más ni menos que al denominado chaud-froid en los más distinguidos restaurantes parisinos; claro está que allí se trata de un fricasé de pollo y un salmis de perdices y de mi nevera en cambio salen una cacerolita de lentejas o a una rebanada de sobrebarriga con yucas azafranadas.
Sobra decir que no tengo 90 años, es decir me críe con la nevera y por lo tanto le guardo un cariño inigualable. He sido viajera y guerrera por los más remotos lugares del país y del mundo, en donde muchas veces “hielo o nevera” eran una ilusión. A la única parte donde no voy es donde no me garantizan hielo. Considero que en buena medida el bienestar de la vida lo otorga una nevera colmada de viandas y bebidas, y también considero que una buena medida para medir la edad de nuestras vidas es una nevera… yo he vivido cuatro neveras. Usted lector, ¿cuántas ha vivido?
