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El cuerpo de las mujeres ha sido por siglos un activo invisible de la economía. La oleada de casos de acoso en los medios de comunicación en las últimas semanas es un recordatorio de cómo unos pocos usan su poder para hacer del cuerpo un objeto de cambio.
Ejercer ese poder va desde las formas más sutiles, como el acuerdo tácito de intercambiar el cuidado no remunerado por seguridad económica familiar; o las más evidentes en las que alguien usa su poder dentro de una organización (del sector privado, el público, la academia, cualquier lugar) para dar acceso a un puesto, una recomendación o incluso un aumento de sueldo a cambio de un cuerpo.
La lógica es la misma: se trata de un intercambio desigual en el que quienes detentan el poder imponen las reglas. La mujer que llega a su primer trabajo como aprendiz y quiere conseguir un trabajo es chantajeada para que dé algo de sí misma, de su cuerpo, para que un otro con poder le “ayude” a conseguir una oportunidad laboral.
Michel Foucault, un filósofo francés que se preguntó por el cuerpo en la política, también lo decía. El poder no solo se ejerce desde las leyes, sino también sobre los cuerpos como si fuera un territorio de conquista.
El cuerpo es entonces mirado por algunos como un commodity o una materia prima. En un espacio laboral, por ejemplo, se vuelve la moneda de cambio con la que los acosadores o aquellos que abusan de su poder buscan acceder a eso que ven como un activo y ofrecen un pago en forma de favor.
En el ámbito doméstico, la operación tiene un espíritu similar. Históricamente, millones de mujeres han hecho posible que otros millones de hombres puedan lidiar con lo que implica trabajar en industrias, empresas, en ciencia, incluso en el arte, sin tener que pensar en qué cocinar cuando lleguen a la casa, sacar tiempo para hacer el mercado o barrer una casa: unas tareas silenciosas y no remuneradas que han sido posibles porque alguien ha entregado su tiempo y su cuerpo para sostener una economía.
Según datos del DANE, si contabilizamos el cuidado como una actividad económica, sería cerca del 20 % de todo lo que producimos en un año (el PIB), por encima de sectores como el del petróleo o la administración pública. El tiempo de la mujer que cuida con su cuerpo se vuelve, en este caso también, otra moneda de cambio.
Por décadas, las mujeres hemos alzado la voz desde diferentes espacios para reclamar una libertad: la económica para poder decidir sin presiones; la política para ser representadas en el debate público y la laboral para acceder a lo que nos merecemos por nuestro trabajo.
Ya es hora de que, como sociedad, nos cuestionemos cómo estamos construyendo los espacios de trabajo y también nuestras familias y hogares. Definitivamente, nuestros cuerpos no pueden seguir siendo vistos como un activo.
*María Camila González es directora ejecutiva y cofundadora de Economía para la pipol.