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Hablar de economía en épocas electorales es, sobre todo, una tentación del corto plazo. La economía, para algunas personas, parece que está bien. Bajó el desempleo, el gobierno subió el salario mínimo 23 %, bajó el precio de la gasolina 500 pesos y la gente parece que tuviera más plata en el bolsillo para ir a conciertos y salir de fiesta.
La semana pasada fue el resumen de lo difícil que es entender lo que está pasando en la economía, incluso si se tiene experiencia en la materia. Pero la clave está en la perspectiva desde dónde se mire.
Para el gobierno Petro, la economía colombiana está en uno de sus mejores momentos. El DANE, la semana pasada, dijo que la tasa de desempleo fue de 8,9 % en 2025, por debajo del rango esperado por analistas y cercano a lo que se vio en 2017, antes de la pandemia.
El PIB, que nos muestra qué tanto crece la economía colombiana, también tuvo un buen tercer trimestre en 2025: creció 3,6 % según el DANE.
Esas son dos razones suficientes para creer que estamos mejor, pero esa es la mirada del corto plazo.
En los últimos años ha habido un aumento altísimo del gasto y de la deuda pública que tiene a las finanzas públicas en uno de los momentos más complejos y apretados de su historia reciente. O sea, estamos endeudados y sin plata.
El presupuesto público está desfinanciado en una parte y para solucionar eso el gobierno ha quemado varios cartuchos. Presentó un proyecto de reforma tributaria, o Ley de Financiamiento, que le tumbaron en el Congreso el año pasado y el último movimiento fue un decreto de emergencia económica para recaudar 11 billones de pesos, que le tumbó la Corte Constitucional la semana pasada.
Mientras el 2025 cerró con esas noticias positivas sobre el empleo y el PIB, el año comenzó con la noticia de un aumento, para algunas personas desmedido, del salario mínimo. Este gobierno ha usado este incremento como una victoria para la justicia social, mientras que la misma decisión amenaza con apretar las finanzas de las personas que están por fuera del mercado laboral formal y que son todavía la mayoría (55,7 % en 2025, según el DANE).
Por eso es que el viernes pasado, la mayoría de los miembros de la junta del Banco de la República decidieron subir de 9,25 % a 10,25 % las tasas de interés, muy por encima de lo que esperaban los analistas y en contra de lo que esperaba el ministro de Hacienda y Petro.
Uno de los argumentos es que con un aumento del mínimo, muy por encima de la inflación del 2025, de 5,1 %, los precios de las cosas van a subir. Y la función principal del Banco de
la República es mantener la inflación en unos rangos sanos para la economía, entre el 2 y 4 %, una meta lejana por ahora.
Este gobierno, como muchos otros, usan la economía como un arma de corto alcance y patean los problemas de largo plazo para los próximos gobiernos. Nos acostumbramos a procrastinar los verdaderos problemas.
¿Qué va a pasar con las finanzas públicas? ¿Qué vamos a hacer con la crisis financiera de la salud? ¿Cómo vamos a hacer sostenible el sistema de pensiones? ¿Cómo vamos a bajar la informalidad laboral?
Ojalá, de cara a las elecciones, no nos dejemos enredar con las promesas del corto plazo.
*María Camila González es directora ejecutiva y cofundadora de Economía para la pipol.