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Hace unos años, cuando escuché sobre la pobreza de tiempo me quedé pensando un montón sobre ese concepto, porque siento que hemos escuchado más que todo sobre la pobreza de plata y la falta de condiciones de vida dignas (incluido el acceso a servicios básicos).
Divagando en la pobreza de tiempo, pensé en la pobreza de afecto. Todo esto suena muy abstracto, pero después de pensarlo mucho, decidí compartirles una de mis experiencias más personales para acercarme mejor al tema.
Hace un año viví una de las experiencias más dolorosas de mi vida: mi papá falleció. Esto, entre otras cosas, me enseñó con la práctica, que la vida es ahora y que lo que pueda hacer por otras personas lo haré con cariño, si eso ayuda a que su mundo sea menos pesado.
En medio de todo el proceso de duelo, desperté de varias cosas, porque me vi obligada a frenar el caótico ritmo de la cotidianidad que se vive a mil en las ciudades. Por ejemplo, estuve en mayor contacto con toda mi familia, incluida la parte paterna, en la que tengo una tía adulta mayor que tiene discapacidad.
Ella no pudo venir a despedirse de mi papá, pero yo pude ir hacia ella. Vive como a cuatro horas de Bogotá, así que emprendí el viaje con la idea de saludarla y darle un abrazo. Cuando llegué, me dio mucha emoción, me bajé del carro, la abracé y juntas lloramos.
Era lógico que ambas estábamos demasiado sensibles, no habían pasado muchos días tras la muerte de mi papá. La acompañé a casa, saludé a su gata Jana y almorzamos. Entre las múltiples charlas que tuvimos, me contó que el día que le avisé que mi papá había fallecido, ella sintió una profunda tristeza y, como vive sola, salió hacia la portería (no hay celitas en ese conjunto) y se sentó a esperar a que algún veci pasara para pedirle un abrazo.
Esa historia, además de dolerme un montón y quedarse grabada en mi memoria, me hizo pensar en la pobreza de tiempo y de afecto.
Yo aún recuerdo esta historia y me duele demasiado. Me puso los pies en la tierra y dije “no puede ser que esté tan enfocada en mis cosas que no saque de mi tiempo para compartir un abrazo recurrente con ella y con las personas que quiero”. Desde entonces, cada vez que puedo (y queriéndolo mucho), encuentro el momento para abrazarla y también demostrarle cariño a mis “reales” (a las personas que quiero).
Este es solo un ejemplo, demasiado personal, para hablar sobre la pobreza de tiempo y de afecto. A veces damos por sentado hablar con alguien todos los días en vivo y en directo, abrazar, querer o compartir.
Ya sé que la pobreza de tiempo se mide con qué tanto tiempo tiene una persona para hacer otras actividades más allá de su trabajo. Y aunque creo que para muchas personas puede dar mamera compartir, es importante pensar en esas personas que pueden tener el tiempo, pero no la compañía para compartir y ahí es donde creo que se ve la pobreza de afecto.
Esta columna es una invitación a mirar a nuestro entorno y pensar que, aunque tengamos poco o mucho tiempo, siempre es bueno compartirlo. No sé, una llamada o una visita a la abuelita, a su mamá, a sus bendiciones, a quien quiera… Redistribuir la riqueza también se ve así.
*Valerie Cifuentes, directora creativa y cofundadora de Economía para la pipol.