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Placeres inmediatos, olvidos colectivos… Fueron las palabras que se me vinieron a la mente cuando pensé sobre lo que está viviendo Venezuela tras los dos terremotos del 24 de junio.
Lo de Venezuela, pero también las injusticias del mundo, me han puesto a pensar bastante.
No dejo de cuestionarme y pensar en Aldous Huxley, en su libro Un mundo feliz. A diferencia de George Orwell, quien con 1984 decía que en el futuro el Estado nos contraloría con el miedo, la tortura y el dolor, Huxley dice que en el futuro (hoy presente), el control sería con el placer, el confort y el consumo.
Y es que los placeres como los que proporciona la tecnología o el consumismo debilitan el intelecto y vacían el espíritu humano, decía entre líneas Huxley, y creo que tiene razón.
Siento que es fácil olvidarnos de otros, si solo nos preocupa lo que pase con nosotros o si el poco tiempo que nos queda lo usamos para darnos un poquito de placer inmediato a través de comprar cosas o entretenernos en las redes sociales.
Y no es que satanice el uso de las redes sociales, porque creo que son una fuente de información importante, según el uso que les demos. Aunque, bueno, habrá que ver qué papel cumple el algoritmo en todo esto, pero ese es otro cuento.
Lo de Venezuela me ha dolido tanto, pero he visto a gente en redes invitando a otros a que donaran su tiempo, si no tenían plata, lo cual me pareció bello: ver la humanidad de muchas personas que aún piensan en la solidaridad como un valor fundamental de sus vidas.
Por distintas razones, yo decidí donar plata y me enfrenté conmigo misma por la cantidad que destinaba, pensé “uff esa plata me serviría para el mes”. Pero luego dije “no, no puedo pensar solo en mi mes”, cuando hay personas jugándose la vida, que quizás sin el apoyo de otras personas no tendrán siquiera un día más. Esto me recordó que de lo mucho o poco que tenga, el valor de las cosas está en compartirlo con otras personas.
Para ser coherente con lo que pienso, debo actuar. Y este es otro camino para poner sobre la mesa un tema que no deberíamos olvidar: ayudar sin esperar nada a cambio. O sí, esperar el bienestar de otros. Eso sí que nos ayudaría a combatir las desigualdades…
Aunque vivimos en una sociedad que prioriza la competitividad en vez de la solidaridad, no deberíamos normalizarlo. Una sociedad individualista nos está haciendo mucho daño.
A nivel micro, por ejemplo, algunas mujeres pensamos dos veces si ser mamás o no. Entre otras cosas, porque no hay un sistema de cuidados que permita tener una maternidad compartida, sin sobrecargar a una sola persona. Las mamás, aunque se les alaba por ser “todopoderosas”, no deberían serlo: nadie lo es.
Y a nivel macro, cada vez hay más líderes globales saliéndose de lo colectivo. Un ejemplo es Trump, de cuantos acuerdos internacionales hay, quiere salirse, sin intentar el camino de acordar cambios en pro de la sociedad. Al parecer es más atractivo controlar todo, donde los “yo” sean amos y señores de las decisiones.
Pero, ¿qué tal si volvemos a lo humano, a lo colectivo, a la comunidad? ¿Cómo nos iría como sociedad?
*Valerie Cifuentes es directora creativa y cofundadora de Economía para la pipol.