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Economía para la pipol

¿Por qué le tienen miedo a la autonomía de las mujeres?

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Economía para la pipol y María Camila González*
03 de agosto de 2026 - 05:05 a. m.
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Hay una escena en la que he pensado más de lo que quisiera. No existen más de tres categorías en las que las mujeres nos podemos ubicar. Mujeres que limpian, mujeres que paren y mujeres anfitrionas de hogares. No hay más. Cada una tiene un color: azul, rojo y gris. Los peinados son iguales entre sí. Está prohibido leer y el “chisme”. Lo único que está permitido es seguir órdenes y mantener la compostura, las buenas formas.

Es un sistema perfectamente ordenado en el que la eliminación de la individualidad es justificada por razones externas: la contaminación que acelera el cambio climático, la baja natalidad y un modelo económico que dejó de funcionar. Suena como una novela, parece ficción. Y sí, lo es, todavía. Esas imágenes vienen de un libro de Margaret Atwood que es también una serie: El cuento de la criada.

Se trata de una distopía (que se basó en algunos hechos reales) en la que menos mujeres pueden y quieren tener hijos y, para “solucionarlo”, un grupo político y religioso decide e impone un nuevo orden. Es un sistema que funciona para combatir sus problemas: obligar a las mujeres a tener hijos y dejar el control y el poder solo en los hombres para restablecer la idea de nación que se quebró porque las mujeres tenían autonomía.

Hasta ahí va la ficción.

Hace unas semanas, un grupo de mujeres conservadoras de Estados Unidos, en una cumbre de Turning Point USA (TPUSA), una organización que defiende los valores conservadores en ese país, propuso que debería haber un voto por familia, que debería ser de “los hombres del hogar”. Es decir, que las mujeres no deberían votar.

Eso iría en contra de uno de los principales avances de igualdad que Estados Unidos tuvo hace 100 años: el derecho al voto femenino, al que luego otros países, como Colombia, le siguieron el paso. En 1957, hace casi 70 años, la primera mujer pudo votar en el país.

A la posibilidad de participar en un país democrático le han seguido otros avances. Que las mujeres accedamos a la educación, que podamos trabajar y recibir un pago y que, por supuesto, podamos planear y decidir si queremos o no ser madres.

Y mientras en Estados Unidos se debate siquiera la posibilidad de quitarle la participación electoral a la mujer, en Colombia otra vez se quiere revocar el derecho que tenemos de abortar bajo unas condiciones ya definidas por la Corte Constitucional.

Para cada uno de esos casos, estos grupos de personas que defienden estas ideas tienen una lógica en común: las mujeres como instrumentos de reproducción y también de mantenimiento de un hogar. Estas ideas están calando en la política y son más peligrosas para la sociedad y la democracia.

En La Pluralidad del Mundo de Hannah Arendt, una antología de textos, ella dice que un claro síntoma de una sociedad que va hacia el totalitarismo es el miedo a la pluralidad, o la eliminación del individuo.

Arendt alerta que una sociedad que inhabilita las ideas, la autonomía y al individuo es una sociedad que dejará de ver a las personas como ciudadanos y ciudadanas y las empezará a ver como instrumentos.

Tenemos que cuidarnos de eso. No quiero ser una de las mujeres del Cuento de la Criada.

*María Camila González es directora ejecutiva y cofundadora de Economía para la pipol.

Por María Camila González*

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