Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
El don de la anticipación es una de las claves del éxito en la vida política y en la acción internacional.
Quien aprenda a ejercerlo sacará ventaja de sus oportunidades y se ubicará adelante en las carreras que le interesen. Un buen servicio exterior, articulado a la sociedad, capaz de ver lo que otros no ven, armónico y a la vez expresivo de una visión estratégica de los intereses nacionales, conformado por profesionales y verdaderos estudiosos, experimentados y no improvisados, resulta fundamental a la hora de tomar decisiones que le permitan a un país ubicarse bien en el partidor y ganar las carreras que le interesen.
En medio de la competencia que libran las potencias medias sacando ventaja del desorden de la postguerra fría y de la evidente disminución del poderío político de los Estados Unidos, ya no es extraño que aparezcan jugadores tratando de promover y defender sus intereses en los escenarios más insospechados. Tal es el caso de Brasil, Irán y Turquía, que comienzan a obrar conforme a una nueva lógica y resultan haciendo jugadas que, por así decirlo, transgreden los dictados de la interpretación tradicional del mundo y construyen alianzas y pactos que hasta hace poco serían difíciles de imaginar.
Luiz Inacio Lula da Silva, el Primer Ministro turco Tayyip Erdogan y el presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad, se reunieron por más de quince horas en Teherán hace una semana para concretar los términos de un acuerdo que rompe con todas las categorías en las que se clasificaba hasta ahora el poder internacional, y de paso lo fragmenta de una manera insospechada que produce tanta sospecha como expectativa. El acuerdo consiste básicamente en que Irán le dará parte de su uranio básico a Turquía, país confiable para Occidente, a cambio de combustible nuclear ya refinado, con lo cual todos tratan de aliviar un poco la presión de las potencias tradicionales, léase miembros tradicionales del Consejo de Seguridad, sobre el régimen de Teherán, que se ha ganado la animadversión de muchos por la sospecha de querer juntar su desarrollo nuclear con sus intenciones políticas antiamericanas y anti israelíes, por decir lo menos.
El nuevo acuerdo tiene connotaciones en extremo interesantes. En primer lugar, consigue de una vez, por camino distinto, lo que tanto se ha pedido a los iraníes, como es que entreguen un uranio del que pueden hacer eventualmente bombas, y reciban combustible que solamente se puede destinar al uso pacífico de producción de energía, que es lo que siempre han dicho que quieren hacer. Irán, entonces, puede sentir un poco de alivio de la presión a la que se le ha sometido. Los Estados Unidos de alguna manera pierden el protagonismo y la autoría de un resultado que no pueden sino aplaudir pero del cual no tienen cómo reclamar el liderazgo. Turquía gana espacio político en el Medio Oriente y en el mundo musulmán y se hace cada vez más fuerte e indispensable como socio, y eventualmente miembro, de la Unión Europea. Brasil da un salto geográfico importante yéndose a ser protagonista en tableros muy alejados del que naturalmente le corresponde, pero, sobre todo, aumenta su influencia política en el gran escenario mundial y de paso se abre el espacio que requiere para justificar su propio desarrollo nuclear con fines pacíficos, como reclaman todos los interesados, siempre con la posibilidad de dar más tarde, así sea mucho más tarde, el paso al uso disuasivo, por decir lo menos, con lo cual aumenta su estatura internacional todavía más.
De nada sirve ya que Washington haya convencido, extemporáneamente, a todos los miembros del Consejo de Seguridad de seguir enviando admoniciones a Teherán. En la medida que lo que aparentemente se buscaba ya se consiguió, no hay mucho, por ahora, que agregar. En cambio, los mismos miembros permanentes del Consejo, es decir los cinco grandes de la postguerra, quedan notificados: con toda tranquilidad, transgrediendo sin complejos barreras geográficas y políticas, y produciendo los resultados que ellos no han podido obtener, hay potencias medias que les están quitando protagonismo. Ya no pueden campear tranquilamente y cada vez podrán menos abusar de su posición de privilegio y darse el lujo de hacer lo que a otros no permiten. Porque no hay que olvidar que, entre otras cosas, lo que más defienden los grandes no es sólo la paz y la seguridad mundiales, sino la defensa de sus propios intereses, con la garantía de la exclusividad de mantener en su favor las desigualdades en materia de armamento y en otros tantos campos.
Pero todavía hay mucho más por considerar. Y es la manera en la que el mundo se reacomoda, bajo el impulso de estos movimientos, lo que merece particular atención desde América Latina. Irán pone sus pies en éste continente hasta ahora exótico, gracias a sus nexos naturales con Venezuela dentro de la hermandad de los países petroleros, y ayudado enormemente por los delirios de protagonismo internacional y de intervencionismo en la política interna de sus países hermanos, que la misma condición petrolera infunde en Hugo Chávez. Turquía también avanza con su diplomacia en este nuevo escenario. Como señal, a la vez de reconocimiento y de apertura hacia nuevas realidades, comerciales y políticas, acaba de abrir una embajada en Colombia. Brasil se consolida como un país con pensamiento y estrategias propios, de amplio espectro, y es el único de nuestro continente que figura ya como protagonista de la nueva configuración del poder internacional.
Dos elementos restarían por mirar. El primero es que el éxito del esfuerzo turcobrasileño depende integralmente de que Irán cumpla con su palabra. Caso en el cual los dos promotores del acuerdo ganarán en estatura, prestancia y reconocimiento. El segundo es que, así la señora Clinton haya hecho un oportuno guiño a favor de la reunión de Teherán, los Estados Unidos pierden terreno y se ven obligados a aumentar la lista de países con los que deben hacer consultas cuando traten de promover sus intereses, tanto en el Asia como en América Latina. Donde está por verse de qué tanto le sirven los niveles de amistad y recelo con los diferentes países del continente, dentro de los cuales Colombia es el único que les apoya sin reservas. Así los propios estadounidenses no muestren la reciprocidad que la improvisada diplomacia colombiana quisiera.
