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27 Sep 2022 - 5:01 a. m.

Comunidad Política Europea

El ataque ruso a Ucrania desató reacciones inéditas en la Europa de los últimos tiempos: revitalizó la OTAN, hizo pensar otra vez en la razón de ser y la amplitud de la Unión Europea, revivió consideraciones sobre el Brexit, y repasó escenarios políticos de la Guerra Fría. Ahora se busca la convergencia de países que crean compartir valores democráticos, para transitar el Siglo XXI en condiciones de armonía dentro de una “Comunidad Política Europea”.

El presidente francés invitó a crear esa nueva comunidad en un discurso ante el Parlamento Europeo. Sería una plataforma de coordinación política, sin tener en cuenta la pertenencia o no de los miembros a la Unión Europea, que se centra en lo económico, o al esquema de la OTAN, que con aliados del otro lado del Atlántico se ocupa de la defensa. Según Emmanuel Macron, la comunidad política giraría en torno a la cooperación en los campos de la transformación energética, las redes de transporte, la seguridad y los movimientos de personas, particularmente de los jóvenes.

La propuesta abriría un nuevo escenario de discusión y toma de decisiones “en un foro de países democráticos”, con inclusión los miembros actuales, y antiguos, de la Unión Europea, y la vinculación de estados que figuran hoy en la lista de aspirantes a ser miembros de ella, que entrarían a tomar parte en discusiones y también en la toma de decisiones sobre asuntos de interés común, dentro de los temas mencionados.

Solamente después de una reunión convocada para principios de octubre en la capital checa, donde reside en la actualidad la presidencia rotatoria de la Unión Europea, será posible saber si la semilla de ese nuevo invento tiene posibilidades de germinar. Su nacimiento, de todas maneras, exige obrar con acierto para evitar que se desdibujen las fronteras temáticas de la Unión actual. Pero no cabe duda de que la iniciativa tiene alto valor político y significaría un cambio notable en el mapa del mundo, particularmente en la perspectiva de la confrontación planteada en términos políticos y energéticos por la arremetida rusa en Ucrania, que se opone a occidente no ya desde el ángulo comunista de otra época, sino desde el neoconservador, más cercano a los sueños del imperio zarista.

Para los países extracomunitarios invitados, y en particular para los aspirantes a ingresar a la Unión Europea, sería útil sentarse de una vez con voz y voto a una mesa de discusiones sobre temas de interés común con el grupo de los 27. No faltará quien considere que con estar en ese escenario es suficiente, con lo cual se retardaría todavía más cada proceso de admisión, pero la convergencia en el trabajo y la familiaridad entre quienes concurran al nuevo foro pueden servir más bien como acelerador hacia la entrada efectiva.

Ucrania y Moldavia, desde hace poco en la lista de aspirantes a la Unión Europea, serían invitados junto con Georgia, Armenia y Azerbaiyán, con lo cual el nuevo espacio político iría por lo menos desde el Atlántico portugués hasta el Mar Caspio, y si se atiende la idea de un británico con sueños imperiales, desde los países del Ártico hasta los del norte de África. Así que, sin perjuicio de que la idea de la vinculación africana se llegue a realizar algún día, por ahora entrarían, ademas de los ya mencionados, Suiza, Noruega, Islandia, Liechtenstein, Albania, Montenegro, Macedonia del Norte, Bosnia Herzegovina y la inefable Turquía, permanente aspirante a ser tenida en cuenta como europea.

Surge, una vez más, la incógnita sobre la atención que la Gran Bretaña preste a la invitación, que obedece a la idea de que el concepto de Europa es más válido si se incluye a ese país. Aunque ya se sabe que el gobierno de las islas, en caso de mostrar voluntad favorable, pretenderá participar bajo condiciones especiales, conforme a su convicción de ser siempre caso aparte y merecer un trato particular, como el que tuvo dentro de la Unión Europea y que no resultó suficiente.

Curiosamente, Boris Johnson mostró en su momento tal entusiasmo que se autocalificó como coautor de la propuesta y llegó a referirse al proyecto como “un nuevo Imperio Romano”, que incluiría con amplia temática a los países del norte de África. Ideas con la marca pretenciosa del autor, que acuñó además el concepto del “Bromance”, concebido para compensar los saldos políticos negativos del Brexit. Ahora todo queda en manos de Liz Truss, quien en su momento dijo que el euroescepticismo es parte del credo de su partido. Con los británicos nunca se sabe, y en eso radica buena parte de su gracia.

Habrá que poner también atención a la reacción de los rusos, seguidores auténticos u obligados del presidente, o contradictores de sus aventuras, ante el eventual surgimiento de esa nueva comunidad política que agruparía a sus contradictores europeos. De pronto la idea de esa alianza política resulta útil para la interpretación artificiosa de Putin, en el sentido de que occidente quiere “borrar a Rusia del mapa”. Para sus intereses, y para su discurso, esa sería una “evidencia” de que algo se está gestando con esa finalidad. Frente a lo cual, de pronto el glasnost que, no por voluntad del gobierno sino por razón de los hechos, se comienza a producir, permitiría que nuevos sectores de la sociedad rusa puedan advertir cabalmente las contradicciones y la pérdida de control del gobierno, al punto de desvirtuar su interpretación del proceso de guerra que desató en Ucrania bajo una denominación engañosa.

La exigencia fundacional de converger en torno de los valores democráticos, que seguramente son aquellos que caracterizan la vida política de los países líderes del proceso de la unidad europea de las últimas décadas, marca el tono de la organización que se propone, y que hace recordar el llamado a una Confederación Europea, hecho por François Mitterrand en 1989, cuando se desvanecía la Unión Soviética y era necesario fortalecer políticamente y definir el espectro futuro de la Europa comunitaria.

Seguramente en Praga saldrán a flote coincidencias y diferencias que hace varios siglos condujeron a acuerdos paradigmáticos o a conflictos que ahora todos tienen voluntad de evitar. Con lo cual resalta el más importante de los avances de la vida europea después de la última guerra general, como es el de la adopción de fórmulas institucionales destinadas a ponerse de acuerdo frente las diferencias y mantener la paz. Está por verse si la idea de convergencia política se consolida en un pacto formal, con la seguridad de que su temática de ahora será desbordada por acontecimientos futuros, comenzando por nuevos episodios de la arremetida del ruso que apeló a la violencia para sacar adelante su estrafalaria y retrógrada interpretación personal de las afiliaciones políticas, de la geografía y de la historia. También se verá qué actitud adopta la eventual “Comunidad Política Europea” frente al resto del mundo. Asunto de interés a juzgar por la trayectoria, y la costumbre, de comportamiento imperial de algunos de sus miembros.

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