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29 Nov 2022 - 5:00 a. m.

Cuando el poder termina antes que el gobierno

Ni en democracia ni en dictadura el poder se tiene desde un principio ni se pierde en el último momento. Elegido por la voluntad popular o llegado por la fuerza, todo gobernante advierte que hay una brecha entre lo que quiere y lo que puede hacer.

En el campo democrático, cuando la hora de la salida está programada, hay un momento desde el cual ya no se tiene tanta fuerza política. En los regímenes autoritarios, los mandamases caen precisamente porque antes del último día han perdido el poder que ostentaron. En las democracias, unos gobernantes tardan más o menos que otros en llegar a lo que pueda ser la plenitud de su capacidad de mando: en hacer funcionar a cabalidad, comenzando con su propio sometimiento, el estado de derecho. En las dictaduras también hay un periodo de acomodamiento en el que los gobernantes deben luchar por hacerse conocer, temer, aceptar u obedecer. Gobernantes democráticos, prestigiosos por su buen criterio y por sus éxitos, suelen soportar exigencias extravagantes sobre su capacidad de acción frente a propios y extraños, bajo la presunción de que su presencia en el poder tendría, o mejor hubiera tenido, el mismo peso hasta el último momento de su mandato. Es el caso de Ángela Merkel, de quien ahora algunos especulan que hubiera podido actuar con todo su peso, ejercer sus habilidades y aplicar su experiencia, para que el presidente ruso no se hubiera atrevido a atacar a Ucrania. Ante esa exigencia “políticamente póstuma” la excanciller ha dado una vez más muestra de su honestidad personal y política al responder que, desde que se hizo público el momento de su retiro, perdió de hecho buena parte de su poder, y que con lo que le quedaba mal habría podido enfrentar exitosamente, aún si hubiera sabido a ciencia cierta sobre la guerra, el designio agresivo de un personaje que encarna el realismo más primitivo en materia política.

Como el ejercicio de la política y el del gobierno –ambos dentro del juego del poder– llevan implícito el ejercicio, por lo general involuntario, de función pedagógicas, bien vale la pena apreciar las declaraciones y actitudes de personas de señalada autoridad como referentes en esas materias. De ahí que reconocer limitaciones por parte de una gobernante es una buena muestra de honestidad, de realismo, de capacidad orientadora y de instrucción política hacia la sociedad.

Cuando Merkel se refiere, ya retirada, a la política exterior hacia Rusia en el tiempo de sus cuatro mandatos al frente de Alemania, y en particular hacia el final de su paso por el ejercicio del poder, cuando se sabía de diferentes movimientos políticos y militares protagonizados por el Kremlin, confiesa que en el verano de 2021 intentó organizar conversaciones europeas con el presidente ruso y el francés, pero “no me pude salir con la mía”. “Todos sabían que me iba en el otoño”, dice.

Cuando fue a Moscú por última vez como canciller, en agosto de 2021, las cosas le quedaron muy claras. Para la reunión con ella, Putin se hizo acompañar del ministro de exteriores Lavrov, con lo cual le introdujo al encuentro una formalidad fastidiosa, cosa que antes no sucedía, pues tradicionalmente discutían abiertamente y en privado, sobre la premisa de que se conocían suficientemente. El jefe del Kremlin habla alemán y ella creció bajo un sistema educativo el que el idioma ruso era obligatorio. Para alguien como Vladimir solo el poder efectivo cuenta y en esa lógica el de Merkel había ya caducado. De manera que, para cuando los rusos atacaran a Ucrania, momento que mantenían en secreto, ella estaría ya en casa escribiendo sus memorias, despojada de lo que llaman ahora poder blando y de influencia en decisiones políticas y militares.

En términos de poder, Putin también tenía claro que, a lo largo de la era Merkel y más allá, se había consolidado en su favor un factor de poder que tal vez sea carta definitiva en su guerra de Ucrania, como es la dependencia energética que, debidamente manipulada, puso a Europa occidental en jaque al desatar una crisis de bienestar y costo de vida que afecta a la mayoría de los hogares. Monodependencia de una peligrosidad elemental que los buenos conocedores de la dramática historia europea debían saber de memoria y ante la cual han debido actuar, al tiempo que rechazaban los llamados de Rusia a ocupar un lugar digno de su anterior grandeza en el mapa de Europa y del mundo al cierre de la Guerra Fría.

Esto hace pensar que una cosa es que el poder coincida o no con las formalidades y las medidas del tiempo, y otra que la responsabilidad de su ejercicio sí que se debe proyectar en el tiempo mediante una adecuada lectura de la historia hacia el futuro. Lectura al servicio de la cual es obligatorio poner todo el poder que se tenga en el momento en que éste sea efectivo, lo cual implica no solamente hacer lo que se pueda de manera aislada, sino buscar las alianzas y realizar las negociaciones necesarias para evitar encrucijadas previsibles.

Ángela de la guarda de Europa, Merkel alcanzó a contribuir a los acuerdos de Minsk que por lo menos, según ella, ayudaron a que Ucrania se preparara mejor respecto de su posición ante un posible ataque ruso. Tal vez se refiera a que si Rusia hubiera atacado antes, las cosas habrían sido diferentes. Pero al tiempo lamenta honestamente su pérdida de fuerza para influir en puntos fundamentales respecto de los delicados procesos de paz y supervisión internacional en el Donbás, que después de todo era y sigue siendo –salvo la exageración criminal de atacar a toda Ucrania– el punto clave de las ambiciones rusas respecto del cual giran los cálculos y los dilemas de guerra y paz.

La añoranza de soluciones hipotéticas a problemas que ya produjeron consecuencias no dejará de dar vueltas en la imaginación de muchos. En la lógica de todo esto cabe preguntar hasta cuándo va a durar el poder efectivo del presidente ruso. La pregunta vale porque, así como él entendió que Merkel ya no tenía peso, no faltará quién identifique la cercanía, por imprecisa que sea, del final del suyo.

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