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Cuentas pendientes del colonialismo

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Eduardo Barajas Sandoval
19 de octubre de 2021 - 04:45 a. m.
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Las víctimas de las guerras sobreviven a los protagonistas, porque las secuelas siguen flotando en el ambiente. Portadores de recuentos diferentes, de honor herido, de sentimientos de familias rotas y almas rasgadas de todos lados, tardan mucho, si es que pueden, en salir del trance de la destrucción de la guerra. Así lo demuestran traumas vigentes del proceso de descolonización europea del otro lado del Mediterráneo.

En momentos de pre campaña, cuando todo gesto presidencial tiene significado electoral, el presidente francés convocó a los “harkis”, argelinos que colaboraron con las fuerzas coloniales en la guerra de independencia, considerados traidores en Argelia, y les pidió perdón por el abandono del que los ha hecho objeto Francia. Cosa que nadie había hecho.

En reunión posterior con jóvenes descendientes de diferentes protagonistas, portadores de diferentes versiones y recuentos de esa guerra, el presidente expresó su sorpresa por el hecho de que las memorias de lo ocurrido fuesen epicentro de buena parte de los traumatismos comunes, y que hubiese tantos sufrimientos silenciados, que se han construido como irreconciliables, mientras él piensa lo contrario.

En la misma ocasión, Macron desató una tormenta cuando criticó al “sistema político-militar” argelino, al que calificó de “cansado” y “construido sobre la renta de la memoria y el odio a Francia”. Se preguntó además si había una nación argelina antes de la colonización francesa y se manifestó fascinado por la habilidad de los turcos para hacer olvidar su dominación anterior a la llegada de los franceses.

El gobierno, y voceros de diferentes intereses de Argelia, reaccionaron no solamente contra las declaraciones de Macron como interpretación de la historia, sino por haber ignorado, una vez más, las raíces de la nación argelina y soslayado las atrocidades, “contra millones de héroes luchadores por la libertad”, cometidas por el poder colonial y sus aliados en la guerra de independencia. Con el orgullo nacional como bandera, el gobierno de Argel, también en vísperas de elecciones, retiró a su embajador en París y prohibió a las aeronaves francesas sobrevolar territorio argelino para atender sus compromisos en procesos políticos y guerras africanas. Para completar el cuadro, Francia acababa de reducir a la mitad el número de visas para visitantes argelinos.

Como la historia da tantas vueltas y presenta a cada rato oportunidades de ahondar o saldar diferencias, Macron tuvo de inmediato ocasión privilegiada para tener un gesto de respeto y reconciliación, de esos tan necesarios entre países vinculados, para bien o para mal, por elementos comunes en su destino. Para el efecto aprovechó la conmemoración de uno de los hechos más cruentos de la historia entre las dos naciones, para ir a manifestarse, como primer jefe del estado francés nacido después de la guerra, en términos que facilitaran un proceso de “apaciguamiento” de los ánimos.

Hace 60 años miles de argelinos residentes en la capital francesa salieron a las calles a protestar por el toque de queda que les habían impuesto. La convocatoria la había hecho la Federación de Francia, del Frente de Liberación Nacional, FLN, que aún con divisiones internas y en medio del desorden de una de las guerras más sucias y crueles de la historia, abanderaba la causa de la independencia.

El ambiente entonces era de guerra. La confrontación había llegado a las calles de París, donde las estaciones de policía se habían convertido en barricadas. Los actos violentos, de todas las partes, eran reiterados, y las cuentas de muertos crecían cada día, incluyendo decenas de policías asesinados. La represión policial era inmisericorde, bajo la dirección del tristemente célebre prefecto Maurice Papon, venido de Argelia y puesto a la cabeza de una policía independiente de la nacional, que además se valía de “policías en paralelo” para hacer operaciones indebidas.

La represión del 17 de octubre de 1961 ha pasado a la historia como la más brutal de la que se tenga noticia en la historia republicana de ese país de libertades. Decenas, o centenares de argelinos, nunca se sabrá cuántos, que habían ido desarmados, según la convocatoria, a la manifestación, terminaron muertos a bala o ahogados en el río Sena. Todo esto a pesar de que ya estaban en marcha las conversaciones de Evian, que pusieron fin a “La Guerra de Argelia”, llena de incidentes dramáticos, que no afectó solamente a la colonia del norte de Africa, sino que golpeó a Francia al punto de acabar con la Cuarta República.

Era la época en la que el general De Gaulle tuvo que abandonar su retiro y volver a la palestra como salvador de la patria, para defenderla no ya de los enemigos de la Segunda Guerra Mundial, sino de todos los desatinos políticos y militares posibles, incluyendo el levantamiento de generales franceses que se declararon en rebeldía para sostener una colonia que, a diferencia de otros territorios, llegó a ser considerada parte integral del suelo francés, con una población clasificada en afiliaciones muy diversas, en un entramado complejo, lleno de ilusiones, lealtades, deslealtades y ambiciones incontrolables. La salida de De Gaulle fue la de la negociación, mal interpretada por muchos, que libró a Francia del peso de una derrota militar, ya que la victoria era imposible, y dio paso a la independencia de Argelia.

El discurso de Macron, en el que dijo que “los crímenes cometidos esa noche bajo la autoridad de Maurice Papon son inexcusables para la República”, y la echada al Sena de una corona de flores, sirvieron apenas para recibir críticas de todas partes. Solamente el historiador Benjamin Stora, autor del reporte sobre “La memoria de la colonización y la guerra de Argelia”, pedido por el presidente, ha encontrado un avance en la calificación de los hechos como un crimen. Por lo demás, la decepción, de pronto calculada, ha sido el denominador común de las demás reacciones, que oscilan entre la de condenar la actitud del presidente como innecesariamente humilde, y la de exigir que se reconozca que en octubre de 1961 se perpetró un crimen de Estado uno de prefectura de policía.

Ahí está la feria de las interpretaciones y del trámite de los intereses de cada quién. Por duras que sean las declaraciones de Macron, no deja de ser útil haberlas sacado a la luz, a estas alturas de la historia, como punto de vista del lado de Francia. Del del presidente, dirán algunos. Pero vale. Mientras del lado argelino el presidente Tebboune ha pedido que se aborden los temas de la historia y la memoria “sin complacencias ni compromisos, y con un agudo sentido de la responsabilidad, lejos del enamoramiento y predominio del pensamiento colonialista arrogante por parte de los lobbies incapaces de liberarse de su extremismo crónico”.

Con todo eso se hace evidente la necesidad, y la obligación, de que los dos países avancen, sobre la base de los argumentos de las dos partes, en el camino hacia nuevos entendimientos. En todo caso les unen tramos de historia común y un tejido de presencia mutua como en un juego de espejos que nadie puede desmontar, pues están condenados a vivir frente a frente, de uno y otro lado del Mediterráneo, que al tiempo les separa y les une de manera inmodificable.

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Alvaro(08707)19 de octubre de 2021 - 11:26 p. m.
Será que Colombia podremos esperar a un Álvaro Uribe pidiendo perdón por el genocidio de los falsos positivos cometido durante sus dos gobiernos y en este, en el cual ha gobernado en cuerpo ajeno?.
Atenas(06773)19 de octubre de 2021 - 12:37 p. m.
No en vano se ha escrito q’, en vista de su arrogancia, con Francia las relaciones son de extremos, odio o amor. Y q’ cualq. sea el sentimiento estará supeditado a su soberbia.
  • Francisco(30227)19 de octubre de 2021 - 05:46 p. m.
    ¿Por qué no te cayas?
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