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De Klerk: el valor político de ceder

Eduardo Barajas Sandoval

15 de noviembre de 2021 - 11:55 p. m.

En política no siempre se gana aferrándose al poder. Para hacer viable una sociedad en paz es preciso tener la grandeza de reconocer cuándo ha llegado la hora de dar vía libre para que otros pasen a gobernar.

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Quedarse ahí, negando la tozudez de hechos y procesos, rebuscando argumentos para no irse, obstruyendo la marcha de la historia a nombre de un esquema sin futuro, no sólo es negación de la democracia sino fuente de sufrimiento, dolor y agonía, para pueblos que aspiran a decidir por su cuenta el rumbo que deben tomar.

Cuando vemos el espectáculo de gobernantes que se hacen reelegir después de echar a la cárcel a sus contradictores, que se mantienen en el poder con el “pupitrazo” de adoradores en instituciones acomodaticias, sobre los hombros de uniformados vendidos, o bajo el control de caciques internos o poderes extranjeros, resalta por su limpieza el ejemplo de quienes han sido capaces de dejar el poder para abrir avenidas de democracia.

El 10 de febrero de 1990, en una serena alocución como presidente de Sudáfrica, Frederik Willem de Klerk anunció que, previa información al parlamento, su gobierno, que llevaba apenas medio año, había decidido liberar a Nelson Mandela a las tres de la tarde del día siguiente, después de 27 años de ignominia. También informó que la noche anterior se había reunido con el legendario prisionero y que, cordialmente, habían tratado los elementos esenciales de un proceso que llevaría a la terminación efectiva del apartheid y el establecimiento de una democracia abierta para todos.

De Klerk provenía de familia conservadora y había escalado todos los peldaños del Partido Nacional, representante de los intereses de la minoría blanca, hasta llegar a la jefatura de esa formación política y a la presidencia de la república. Nadie esperaba demasiado de su parte, a pesar de que las presiones internas e internacionales en contra de la segregación racial y en favor de la liberación de Mandela eran crecientes. Precisamente él vendría a demostrar que los radicales son de pronto los más idóneos para pactar acuerdos válidos con el bando contrario.

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El proceso de negociaciones posterior a la liberación de Mandela, que salió de la cárcel con majestad de apóstol de la verdad, la paz y la reconciliación, fue arduo y difícil. Se trataba de conseguir un acuerdo que evitara la violencia, integrara a la mayoría negra no solo al ejercicio de poder político sino al disfrute de derechos y oportunidades que históricamente le habían sido negados, impidiera que los blancos, dueños del poder económico, se fueran del país, y consiguiera que al amparo de una nueva constitución todas las fuerzas se comprometieran a hacer andar un nuevo estado.

Los pactos que conducirían a unas elecciones abiertas, que ganarían los negros, y a un gobierno de unidad nacional, evitaron que el proceso sudafricano terminara en la violencia y el caos. Por ese motivo Mandela y De Klerk, como cabezas principales de las partes involucradas en una tarea para titanes, recibieron el Premio Nobel de Paz en 1993. Vinieron luego las elecciones, previos debates apasionantes en los que ahora con la distancia se advierten la firmeza de cada quién en la defensa de sus intereses y una verdadera, ejemplar y envidiable voluntad de reconciliación.

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De Klerk trabajó por un tiempo como vicepresidente al lado de Mandela y luego retiró a su partido del gobierno y se retiró de la política. Después estableció una fundación que, con motivo de su muerte, ha publicado una declaración póstuma que responde a algunas de las inquietudes que dejó una trayectoria política que, en razón de la difícil tarea que le asignó el destino, produjo todo tipo de interpretaciones, frustraciones, incomprensiones y malquerencias, sin perjuicio de que también hubiese despertado sentimientos de reconocimiento y admiración.

Es explicable que las actitudes políticas de De Klerk hayan sido objeto de todo tipo de interpretaciones, algunas tan ambiguas como muchas de sus declaraciones en momentos cruciales. Es entendible que haya dejado enemigos entre quienes no pudieron dejar de verlo como símbolo de una dominación oprobiosa, lo mismo que entre quienes lo consideraron como traidor.

Muchos trataron de restarle méritos con el argumento de que cedió el poder por pragmatismo y no por convicción filosófica, ante lo irreversible de un proceso que hacía insostenible su continuidad, y la de su partido, en el poder. Si ello fue así, no se le podría reprochar por haberse hecho a un lado, sino que precisamente se le debería aplaudir. Tal vez otro, casos se han visto, se habría podido aferrar a sangre y fuego al poder.

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Todavía hay quienes se lamentan de que nunca fue juzgado por actos represivos que se le atribuyeron antes de la apertura democrática. Otros le reprocharon el haberse negado en un principio a reconocer que el apartheid había sido un crimen contra la humanidad; negación que él más tarde de manera expresa corrigió. Y su oposición a la Comisión de Verdad y Reconciliación, frente a la cual proponía más bien la amnistía completa para todas las partes, no fue entendida como un punto de vista que podía caber como hipótesis desde su lado de las cosas.

Todo esto muestra que fue un ser humano con luces y sombras. Político y gobernante que se fue a la tumba con quién sabe qué más datos, consideraciones, cálculos y secretos. Pero que, a diferencia de muchos otros, hizo algo trascendental, a contrapelo de los de la línea dura de su partido y de su clase, que con el mismo fervor lo llegaron a admirar o a odiar. Es el precio, ya se sabe, de las grandes decisiones que es mejor tomar a tiempo, así en la lógica de algunos parezcan una locura, que después vienen a ayudar a explicar los historiadores.

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No hay que olvidar que De Klerk se las estaba viendo con un grande de la historia, como Mandela, y que frente a él, como frente al mundo, la causa que le correspondía defender era particularmente difícil de conducir. Mal se podría esperar que se hubiese pasado al otro bando, pues así no habría habido negociación ni objeto de reconciliación. En esto Mandela, sin dejar de verlo como un adversario, reconoció su honestidad.

Como la muerte de Frederik Willem de Klerk coincide con la llegada del verano austral, alguien de su propio partido ha dicho que si hay una oleada de calor en el país es porque se abren las puertas del infierno para recibirlo. Muestra de la índole de sus antiguos amigos.

El mensaje póstumo difundido por la fundación De Klerk dice: “Yo, sin calificación, me disculpo por el dolor, lo hiriente, lo indigno y el daño que el apartheid ha hecho a negros, morenos e indios en Sudáfrica.” “Desde principios de los 80 mis puntos de vista cambiaron por completo. Fue como si tuviera una conversión y en el fondo de mi corazón me di cuenta de que el apartheid estaba equivocado. Me di cuenta de que habíamos llegado a un lugar que era moralmente injustificable”. Es la voz postrera de quien fue capaz de apartarse del poder para contribuir a cerrar uno de los capítulos más vergonzosos de la historia del género humano.

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