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La producción de un video contra el Profeta Mahoma en los Estados Unidos y la respuesta violenta que produjo en el Medio Oriente, son expresiones del mismo fanatismo ignorante y agresivo.
Se equivocan de igual manera quienes proclaman la relación inseparable del Islam con el terrorismo, y quienes en el mundo islámico creen que nadie sabe respetarlo y comprenderlo. Los sectores sensatos de todas las naciones se deben movilizar para detener esta escalada que puede llevar a un enfrentamiento de los espíritus, que es el que más profundo llega, y puede hacer daños más perversos, injustos y duraderos.
La ausencia de íconos de personajes sagrados, y en particular del Profeta Mahoma, es tan importante para el Islam que el solo hecho de pensar en inventarse una figura que lo represente resulta una transgresión ofensiva bajo cualquier estándar. Por eso quien haya impulsado la realización y la difusión de la película, tuvo que estar animado por la peor intención, máxime si encima de todo se ridiculiza una figura tan venerada por millones de creyentes que nada tienen que ver con los juegos mortales de quienes han apelado al terrorismo para tramitar pretensiones de índole política.
La reacción incontrolada y furiosa, con los extremos de atacar sedes diplomáticas o consulares y, además de los daños materiales, producir la muerte de representantes de otros Estados, resulta igualmente desmedida e inaceptable y solo contribuye a exasperar los ánimos y a reforzar precisamente las ideas equivocadas y generalizadoras que se publicitan en otras partes en contra de los musulmanes como propensos al uso de la fuerza con más facilidad que otros.
Las anteriores son nada más que verdades de perogrullo que, sin embargo, no hay que dejar de mencionar para efectos de lo que sí resulta interesante, que es preguntarse quién puede estar detrás de la ignición de esta escalada, porque quien quiera que la haya promovido sabía muy bien cuáles podrían ser las consecuencias de semejante acto en la estabilidad del orden mundial y en la campaña presidencial de los Estados Unidos.
En cualquiera de los dos escenarios, esto es el internacional o el interno, no es difícil pensar que la secuencia de incidentes resulta aparentemente desventajosa para el Presidente Obama, porque en el orden exterior se ve obligado a combinar finamente su obligación de hacer respetar a los Estados Unidos con la de no terminar descomponiendo equilibrios que conviene mantener, y en el orden interno tiene que hacer malabares para no aparecer débil y demostrar, en plena campaña en busca de su reelección, que puede defender a su país y al tiempo manejar las dificultades del liderazgo internacional que le corresponde.
El candidato republicano, por su parte, tendría en estas circunstancias la ventaja de reclamar con toda la fuerza de la retórica política contra falta de respeto hacia los Estados Unidos, en tono de queja como si los demócratas tuvieran la culpa del hecho, algo que suena a música celestial a muchos electores pero que es extremadamente difícil de sostener ante procesos históricos y realidades concretas cuyo manejo tiene que ir mucho más allá de las palabras y debe considerar factores estratégicos, económicos y futuristas de gran complejidad.
Pero el problema no gira solamente en torno a la elección presidencial en los Estados Unidos, sino que pone a prueba a regímenes de muy diferente talante dentro del mundo musulmán en diferentes continentes, particularmente en la etapa posterior a la llamada Primavera que sacudió a algunos países árabes del conjunto musulmán, que todavía andan en busca de su nueva identidad política y reciben la presión tremenda de sectores ciudadanos que esperan la solución integral e inmediata de problemas tradicionales. Sin olvidar que se trata de países que pasaron del colonialismo europeo a una especie de período intermedio en la mayoría de los casos bajo la tutela de los Estados Unidos, y que se quedaron a medias en el camino hacia la adopción de sistemas políticos de carácter democrático o, como fuese, hacia regímenes más acordes con su historia y sus posibilidades de nueva organización política y social.
El cuadro que súbitamente se armó, de sociedades amenazadas por agitadores fanáticos de uno u otro lado con demonios representados en la contraparte, y con unos cuantos gobiernos bajo el asedio del reclamo popular por la defensa de los valores nacionales, en una y otra dirección, resulta deplorable y merece un llamado a la ponderación. Si en uno y otro lado se conocieran de verdad los valores profundos de credos religiosos que tienen en el fondo unas cuantas coincidencias y beben de fuentes originales de la misma procedencia, y se pudieran deslindar los problemas religiosos de los asuntos políticos, no solamente se podría superar la crisis actual sino que se avanzaría en un proceso de mutuo respeto que es necesario convocar. Ahí está una tarea para los sectores de buena voluntad que quieran contribuir a desactivar una escalada de odio y violencia que va contra los principios que los agitadores de ahora mismo pretenden defender.
