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Echando globos

Eduardo Barajas Sandoval

13 de febrero de 2023 - 09:02 p. m.
"Si se llegare a avanzar en la polarización, no tendríamos ya, como en la pasada Guerra Fría, la base de consideraciones ideológicas, aunque sí comportamientos diferentes en favor de una u otra potencia. En el caso de los Estados Unidos actitudes marcadas por la amistad y el apoyo de países que coinciden con ellos en su modelo político y económico, mientras que en el caso chino tal vez por los beneficios de esa condición de promotora del desarrollo que la República Popular ha querido plantear como alternativa los mecanismos tradicionales del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional".
Foto: AFP - CHASE DOAK
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Lo único que no podrán decir ahora los Estados Unidos es que el globo que derribaron por fin no era espía. La China, por su parte, jamás podrá decir que, después de todo, sí lo era. La verdad quedará enredada en medio de un intercambio de declaraciones calculadas e insuficientes.

Tanto China como los Estados Unidos no desaprovechan oportunidad para marcar puntos en una controversia que parece cada vez más una nueva edición de Guerra Fría. Modalidad de enfrentamiento que ambas partes afirman no desear, pero parecen confirmar con sus actuaciones, como se ha visto con el espectáculo de afirmaciones y negaciones, sin árbitro, en torno del asunto de los globos chinos que sobrevolaron los Estados Unidos y otros países. El gobierno chino, con el énfasis de siempre, afirmó que los globos gigantes eran lectores de la atmósfera, desafortunadamente extraviados. El gobierno estadounidense, con ritual de dramatismo, sostuvo que se trataba de un acto de espionaje. No se sabe qué discusiones han tenido lugar en la hermética cabina de mando del gobierno chino. Del lado americano, antes de que los aviones encargados de desinflar el globo levantaran vuelo, desfilaron los republicanos, los militares, los académicos, los patriotas, la prensa y las redes sociales, a demostrar una vez más cómo es de difícil el manejo de las cosas en una sociedad más abierta. La discusión desordenada sobre si los globos se desviaron, y sobre la razón por la cual alguien quisiera utilizar artefactos identificables a simple vista, aunque cuente con toda una red de satélites sofisticados, distrae por un rato a la opinión pública. La explotación de esa discusión se vendrá a sumar a una creciente animadversión mutua entre países que, en virtud de procesos económicos que combinan mano de obra y transferencia de tecnología ventajosas para ambas partes, se han vuelto a la hora de la verdad interdependientes.

La práctica de lanzar globos, con propósitos meteorológicos, es bastante corriente, y los chinos han apelado a ella con frecuencia. Nadie sabrá si el ejercicio busca exclusivamente cumplir finalidades científicas respecto del comportamiento climático. En el argot diplomático es usual referirse al lanzamiento de globos como una medida o idea que se plantea para ver cómo está el clima. En este caso el globo que sobrevoló Norteamérica, cualquiera que haya sido el objetivo de su lanzamiento y el curso programado o accidental de su trayectoria, terminó convertido en promotor de un incidente político.

Su primera consecuencia ostensible, que ha sido la cancelación de la visita del Secretario de Estado de los Estados Unidos a Pekín puede ser leída de maneras muy diferentes. Para comenzar, no falta una cierta dosis de oportunismo americano orientado a acusar a los chinos de haber cometido una falta grave, con lo cual se marca uno de esos puntos típicos de descrédito del oponente, a la manera de la Guerra Fría. Lo grave es que se interrumpe un proceso que se había iniciado en el encuentro que sostuvieron en Bali en octubre pasado los dos presidentes, con motivo de la reunión del G20, y que debería conducir algo muy deseable, como es la normalización de las relaciones entre los dos países, o por lo menos la clarificación del contenido de esas relaciones. Ante lo cual China puede reclamar que estaba dispuesta a avanzar y fue la otra parte la que se valió de la excusa de un incidente impredecible para abandonar por ahora el buen propósito de fondo.

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Es perfectamente entendible que cada quien actúe según sus intereses. De ahí que no sea rara la rigidez con la cual los Estados Unidos restringen ahora, por ejemplo, la transferencia de tecnología y la exportación de productos sofisticados que pueden ser usados en la industria armamentista por parte de los chinos. Pero la exacerbación de los ánimos, que fomenta la hostilidad, suele conducir a que se rompan no solamente procesos de manejo amigable de las diferencias, sino que por ese camino se abran las compuertas para que funcione la ley de la selva, caso en el cual no solamente resulta desbordado el derecho internacional, mientras sirva de algo, sino que se fortalece la polarización y se delinean opciones de alianzas preocupantes para la paz del mundo.

Si se llegare a avanzar en la polarización, no tendríamos ya, como en la pasada Guerra Fría, la base de consideraciones ideológicas, aunque sí comportamientos diferentes en favor de una u otra potencia. En el caso de los Estados Unidos actitudes marcadas por la amistad y el apoyo de países que coinciden con ellos en su modelo político y económico, mientras que en el caso chino tal vez por los beneficios de esa condición de promotora del desarrollo que la República Popular ha querido plantear como alternativa los mecanismos tradicionales del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.

En cuanto a las alianzas, una de las principales inquietudes respecto del curso de los acontecimientos es la de que éstos conduzcan al apoyo de China a Rusia, con implicaciones respecto de la guerra en Ucrania y la eventual ampliación de ese conflicto o su réplica en el caso de Taiwán. Caso en el cual China se estaría sumando a un proceso totalmente violatoria del derecho internacional, que vendría a reforzar, en favor de Occidente, la reiterada acusación de su voluntad de “hacer las cosas por fuera de las reglas”.

Como el tema del espionaje no puede faltar en un clima de guerra fría, ya ha hecho su aparición la “cacería de espías”, que en desarrollo de un nuevo macartismo ha convertido a los científicos chinos que trabajan en los Estados Unidos, en lugares de importancia estratégica desde el punto de vista científico y tecnológico, en objeto de sospechas, en muchos casos infundadas. El fenómeno puede resultar contraproducente contra los propios Estados Unidos, porque ante la perspectiva de resultar siendo, justa o injustamente, tratados como espías, muchos científicos chinos que tienen un nivel de conocimiento extraordinario en asuntos de importancia científica y tecnológica, encuentran como su mejor opción regresar a China.

A nadie le conviene que entre Estados Unidos y China exista una relación frágil, o por lo menos azarosa, llena de incidentes que conduzcan a un estado de incertidumbre permanente. Sería mejor que esas dos potencias tuvieran una relación sólida en la que cada quien supiera a qué atenerse. En lugar de avanzar en la dirección de una confrontación permanente, urge retomar prontamente el camino de una relación fluida, no necesariamente por el bien de los Estados Unidos o de la República Popular, sino por el bien del mundo. En una civilización avanzada, los contradictores están obligados, o condenados, a dialogar.

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