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El público, en un teatro, aplaude cada vez con mayor entusiasmo los anuncios de incendio que hace un payaso, porque cree que se trata de un chiste.
Así nos lo recuerda, en uno de los Fragmentos de “Diapsálmata”, Soren Kierkegaard, el danés del Siglo XIX, que pudo describir magistralmente, a través de pocas líneas, nuestra capacidad para no advertir la gravedad de lo que nos amenaza y disfrutar los anuncios de desastre como si fueran un juego.
Si no lo recuerdan, o no lo conocen, ese veterano conocedor del alma humana dijo que “Una vez en un teatro se declaró un incendio entre bastidores. El payaso, que estaba listo para actuar, fue enviado a informar del hecho a los espectadores y salió al proscenio a darles la noticia, pero aquellos creyeron que se trataba de un chiste y aplaudieron con entusiasmo. Angustiado, el payaso repitió la advertencia, pero los aplausos fueron aún más jubilosos. Así creo yo que perecerá el mundo, en medio del júbilo general de la gente respetable que pensará que se trata de un chiste”.
Al terminar el decimotercer año del Siglo XXI presenciamos un desfile permanente de actores de nuestra vida pública que salen al escenario a anunciar tantas cosas, y tan contradictorias, que en medio de la confusión general todo lo que se puede concluir es que por allá en el fondo algo grave puede estar pasando. Entonces, para consuelo de muchos, surge una vez más la consideración tradicional de que aquí pasan muchas cosas pero a la larga no pasa nada. Con esa reflexión, entre conformista y derrotista, se justifica la propia inacción y se alimenta el resultado de siempre: unos tranquilos y otros preocupados, porque aquí no pasa nada.
La falta de claridad institucional, la incapacidad para hacer cumplir las normas, los bandazos a la hora de expedirlas, el abuso de las palabras, lo peregrino de las razones para justificar lo que sea, la ausencia total de vergüenza a la hora de mentir o de contradecirse, la indolencia ante la desigualdad y la pobreza, la falta de sensibilidad ante la presencia recurrente de la violencia y de la muerte, la sevicia en el trámite de las discusiones y la ampliación de los circuitos para que cada cual haga su negocio, a costa de los demás, o del Estado, que viene a ser casi lo mismo, parecen ser elementos de un incendio que bien que mal hay quién anuncie, sea en medio de la angustia por el bien común, o en defensa de sus propios intereses.
En todo caso la reacción del público no puede ser sencillamente la del aplauso, porque al estar bien advertidos podemos evitar que se cumpla en nuestro caso la admonición del pensador del Siglo XIX. El nuevo año, 2014, es de aquellos que, dentro de nuestro sistema político, a pesar de sus muchos defectos, permite a los ciudadanos opciones más amplias de intervención en la vida de la nación, a través de lo que quieran decidir en las urnas.
En los años electorales, bien que mal, se agitan de alguna manera temas de interés común y se consulta la voluntad popular sobre las propuestas de manejo que se hagan. Durante los otros tres años de cada mandato nacional, esto es de presidente y de Congreso, son ellos quienes tienen la obligación de hacer o no hacer, se supone que según el mandato recibido. Pero a la larga son años “de ellos” y las herramientas para controlarlos existen pero son todavía incipientes.
Está demostrado, hasta la saciedad, que uno de los defectos más grandes de la democracia es el de la mala elección que suelen hacer en muchos casos los ciudadanos; falla comparable apenas con la de no participación en los procesos políticos y electorales, por desidia o por incredulidad. El interés primario de unos y la apatía de otros se llegan a conjugar de manera perversa para obtener como resultado la configuración, por ejemplo, de un legislativo de tremenda mediocridad. Y a la siguiente elección viene la reiteración del juego siniestro, para quedar con instituciones que merecerían ser impulsadas mayoritariamente por personas de las mejores calidades.
Como la noción del castigo político, a través del voto, es todavía muy incipiente, conviene insistir en que se haga política de manera cada vez más exigente y depurada. Que se crea verdaderamente que las opciones de cambio están en manos de los ciudadanos. Y que se tenga conciencia de que el resultado se obtendrá después de un proceso, y no como resultado súbito de un milagro a los que nos han querido acostumbrar cuando se trata de conseguir dinero o solucionar problemas sociales a través de medidas de urgencia para evitar llamaradas.
Será, y debe ser, un proceso en el que la paciencia y la conciencia ciudadana se despierten y demuestren que toda esa gente trabajadora y sensata que a la larga es la que hace que el país funcione, se preocupa también por la salubridad política de la nación y está dispuesta a dedicarle un rato de reflexión, y de discusión, al rumbo que debemos tomar, y como consecuencia vote a conciencia y propague el contagio de la buena ciudadanía, tan urgente para que se aleje la tragedia que se nos anuncia. Además, en este año el ejercicio se debe hacer con particular atención al logro de uno de los bienes más preciados de cualquier nación, que no es otro que el de la obtención de la paz y la reconciliación.
Un feliz y venturoso año para mis amables lectores.
