El marcador francés

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Eduardo Barajas Sandoval
07 de febrero de 2017 - 02:00 a. m.
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Los partidos y agrupaciones tradicionales de la política francesa viven bajo una doble amenaza que les impediría llegar en la primavera al poder. 

Las elecciones francesas han sido por décadas uno de los indicadores importantes del curso del desarrollo democrático europeo. Pasada la monarquía por la guillotina, las cinco versiones, hasta ahora, de la República, han sabido sostener unos ideales de alto compromiso con la democracia, a través del discurso de partidos y alianzas que han ofrecido puntos de vista alternativos sobre la conducción del Estado y el bienestar de la sociedad. Las dos grandes tendencias que han dominado el panorama a lo largo de las últimas décadas, en ejercicio de la presidencia, están sin embargo en peligro de naufragar. Por eso las miradas están puestas en dos fuerzas que amenazan con cerrarles el paso hacia el poder en la elección que se avecina. 

Todo parece indicar que los partidos tradicionales, el socialista y el comunista, así como los ya acostumbrados “rassemblements” del centro y de la derecha moderados, no parecen sintonizados con las aspiraciones mayoritarias. Están atrapados porque su existencia misma ya no es tan llamativa y no parecen tener respuestas sobre aquello que le interesa hoy a la gente, con lo cual dejan el campo abierto al tono populista y pragmático que ha enrarecido el ambiente a partir del Brexit y la victoria electoral de Donald Trump. 

Los últimos dos gobiernos, de centro derecha el uno y socialista el otro, no han atinado a dejar satisfecho al electorado, que al primero le negó la reelección en las urnas y al segundo le cerró de antemano cualquier aspiración reeleccionista por la vía de la una impopularidad contundente. Los dos pasarán a la historia como intentos fracasados de responder a las exigencias de una situación interna compleja, con pobre crecimiento económico y alto desempleo, y de un mundo en el cual el papel de Francia es cada vez más difícil de hacer sobresalir. 

Ese clima de no respuesta es el que puede favorecer la germinación de las semillas del populismo, o al menos las de un pragmatismo a ultranza, que no se detenga ya en las antiguas barreras de partido. Por eso es posible que el electorado opte por apoyar las propuestas prosaicas del nacionalismo o de quien sea capaz de presentar un menú que, así parezca contradictorio a la luz de las tradiciones, de la impresión de que puede solucionar problemas que los otros no han podido resolver. 

Después del gesto de sabiduría, y de realismo, de no participar en la contienda por una eventual reelección, el Presidente Hollande anda por ahí, jugando a actor político internacional, sin peso, viendo a ver dónde lava su imagen de desprestigio, mientras su partido, el otrora glorioso Socialista de Mitterrand, ya no gana, como alguien ha dicho, ni siquiera las elecciones que convoca, como la que escogió el candidato para la nueva elección presidencial. 

Enfrentados al dilema de fortalecer o hacer flexible la identidad del partido, hoy en el gobierno, los socialistas eligieron como candidato a Benoit Hamon, un radical de izquierda, en lugar de Manuel Valls, saliente Primer Ministro, que les habría llevado hacia el centro. Así seguramente van a afianzar los postulados históricos y el credo del partido, pero corren el riesgo de alejarse de las mayorías nacionales, a pesar de que Hamon ha hecho propuestas de beneficio social generalizado que, al menos en épocas de mayor credibilidad, podrían retener votantes dispuestos a irse con quien les ofrezca algo más atractivo. 

La derecha moderada, luego de deshacerse de Nicolas Sarkozy, y de su retórica ahora inoperante, encontró un candidato, Francois Fillon, con elementos de alquimia que parecían suficientes para competir por la presidencia mediante ofertas creíbles dentro de la ortodoxia liberal. Pero su nave hace agua, de pronto sin remedio, en medio de un escándalo por el hecho de que, al parecer, su esposa y sus hijos habrían recibido indebidamente sueldos como funcionarios de su oficina de parlamentario. 

Con el ambiente enrarecido por la “necesidad” de escuchar ofertas de soluciones mágicas, aparece una primera amenaza con Marine Le Pen y su Frente Nacional, aupada por su pasado y por un contexto en el que las palabras y actitudes de Donald Trump demuestran, hasta ahora, que un tono estridente produce impunemente dividendos electorales. Marine, eufórica con el resultado de la elección norteamericana, proclama a su vez refiriéndose a Francia que “éste es nuestro país” y se presenta como la única “capaz de defender la patria del fundamentalismo islámico y de la globalización”, además de prometer un referendo sobre la continuidad del país en la Unión Europea. Así va adelante en las encuestas para la primera vuelta de la elección, aunque nadie asegura que pueda tener éxito en la segunda. De manera que, en el caso probable de que “el resto del electorado” se vea obligado a votar en contra de su Partido, como ya sucedió en ocasión pasada, la pregunta es: ¿quién competiría con ella en esa elección definitiva? 

Con los partidos tradicionales aparentemente neutralizados, aparece por otro lado la “amenaza” de Emmanuel Macron, ex ministro de economía de Hollande sin ser miembro del Partido Socialista,  que podría representar lo que los electores quieren, esto es una fórmula por fuera de las formaciones políticas de pensamiento rígido, que transforme la decadente economía del país sin necesidad de caer en los extremos de las propuestas tradicionales que, al final, para decirlo en pocas palabras, favorecen a empresarios o trabajadores pero casi nunca a los dos.  A sus 39 años, Macron ha organizado el movimiento “En Marcha” y ha sido capaz de recoger el apoyo de ciudadanos y personalidades procedentes de la izquierda y de la derecha. Las encuestas comienzan a mostrarlo como un posible finalista en la elección presidencial, aunque falta mucho terreno por recorrer. 

Si, por un golpe del destino, Marine Le Pen llegara a la final y derrotara a Macron, o a quien llegue a la misma ronda, el dominó del curso de las tendencias políticas caería hacia la derecha. Se fortalecería la oleada del Brexit, que suma también el triunfo “republicano” en los Estados Unidos, la nueva versión de la “relación privilegiada” que pueden protagonizar Trump y la señora May, además de todo lo que se pueda dar bajo ese influjo en las elecciones de este, y del año entrante, en el mundo occidental. La Unión Europea vería en serio peligro su subsistencia y el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas quedaría, salvo el veto de China, en manos de una mayoría de “amigos”, incluyendo a Rusia, si Vladimir Putin quisiera, que tendría en sus manos, al menos por unos años, un poder descomunal. De ahí la importancia del marcador de la elección presidencial francesa, y de la credibilidad de quien represente unos u otros valores en esa competencia crucial. 

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