11 Jul 2017 - 2:00 a. m.

“El odio no alimenta la vida”

Quienes han conocido horrores tienen autoridad como nadie para advertir en contra de las equivocaciones propias de la venganza. 

Días después de terminar la escuela secundaria, comenzó la carrera de Simone Annie Liline Jacob, con su detención, por el solo hecho de ser judía, y su envío al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. La marcha forzada de 70 kilómetros hasta Bergen Belsen, a -30 grados de temperatura en el invierno polaco de 1945, el remedo de vida rodeada de muertos que caían a su lado, como sucedió con su propia madre, y la vejación extrema de su condición humana, suscitaron en ella la aparición de fortalezas y sentimientos como la resistencia a la adversidad, la compasión, y el amor a la verdad y a la libertad. Sobre esa base, a lo largo de su existencia nonagenaria, trabajó al servicio de la libertad, de la democracia, de Europa y de la mujer.

Simone Veil, como se llamó luego de casarse con Antoine, su compañero de siempre, llegó a ser tan significativa dentro de la vida francesa que ahora, a su muerte, la nación se volcó a evocar su memoria y expresarle su gratitud. Después de estudiar en el Instituto de Estudios Políticos de París, en la época más solitaria de su vida, ella misma dijo que: “a los 27 años, con diplomas, un marido, tres hijos y un trabajo, por fin entraba a la vida”. Entonces, y desde la primera oportunidad que tuvo, demostró capacidad de comprender las condiciones de los demás y plantear soluciones adecuadas a problemas públicos. Sus propuestas en favor de los reclusos, cuando trabajaba en la Dirección de la Administración Penitenciaria, bajo el lema de que “las prisiones deben servir a elevar intelectualmente a los presos” condujeron a transformaciones definitivas, en una época marcada por las tensiones propias de la Guerra de Argelia.

Con la llegada del presidente Pompidou al poder, accedió a la Secretaría del Consejo Superior de la Magistratura, de donde pasó a la de la Fundación Pompidou para las personas discapacitadas y al Consejo de Administración de lo Audiovisual. Pero su oportunidad suprema de servicio apareció con el proceso de renovación que emprendió el presidente Valéry Giscard d’Estaing. El primer ministro, Jacques Chirac, la designó como ministra de Salud, con la misión de sacar adelante el proceso de aprobación de la ley que permitiría el aborto, bajo la consideración de que Veil, formada en la laicidad, y sin asomos de radicalismo de ninguna clase, resultaba la persona más confiable para sacar adelante ese propósito. Chirac no se equivocó, pues delante de una Asamblea Nacional casi totalmente masculina la ministra tuvo éxito al fundamentar su defensa del proyecto en el plano de la salud, en lugar de plantearlo en el terreno de lo moral.

Más allá de la aprobación de la ley que lleva su nombre, que dejó en la conciencia de cada mujer la decisión de abortar, y puso fin a la muerte de miles de personas como consecuencia de procedimientos clandestinos, la contribución de Simone Veil al avance de las mujeres en la vida francesa fue su conducta sosegada, firme y visionaria, alejada de militancias altisonantes, guiada por el compromiso de actuar y crear, en lugar de tratar de complacer. Con ese talante se candidatizó al Parlamento Europeo a la cabeza de la lista de la “Unión por la Democracia Francesa”. Luego de un célebre debate televisado, en el que se enfrentó a François Mitterrand, Jacques Chirac y Georges Marchais, tres figuras de primera línea, salió a la cabeza a la hora de contar los votos y, con la intervención del presidente Giscard, llegó a la Presidencia del primer Parlamento Europeo elegido por el voto popular. Allí, la judía francesa marcada en el brazo por los nazis con el número 78651 se convirtió en símbolo insuperable de la reconciliación franco-alemana y del proceso de la unidad europea.

De cabeza visible de la Europa comunitaria, y de 14 años en el Parlamento, donde defendió con las palabras y los hechos el propósito de “vivre ensemble”, retornó a la vida de su nación como ministra de Estado para Asuntos Sociales, y pasó luego a formar parte del Consejo Constitucional, donde toman asiento los anteriores presidentes de la República y un selecto grupo de ciudadanos, que toman decisiones bajo reserva, con plena confianza en su sabiduría.

Desde la distancia prudente de su retiro de la vida política, Simone Veil se convirtió en una de esas fuentes de autoridad moral hacia quienes la sociedad, en este caso la francesa, o los individuos, particularmente quienes desean obrar sin el apasionamiento de la militancia en un partido o en un grupo de interés determinado, vuelven a mirar en los momentos cruciales. Su prudencia y su firmeza, bajo la convicción de que “el odio no alimenta la vida”, le convirtieron en paradigma para sus conciudadanos, y en particular para las mujeres, que, como lo dijo la ex candidata presidencial socialista Ségolène Royal, llevan todas consigo algo de Simone Veil. De ese retiro voluntario, dedicada a su familia y sus amigos, solamente salió para acceder al honor de su investidura como miembro de la Academia Francesa en marzo de 2010, antes de volver a pasar el resto de sus días en la privacidad.

Alguien dijo la semana pasada en París que, de su tumba en el Panteón, donde fue enterrada con todos los honores, en ceremonia presidida por el presidente de la República, las mujeres de Francia verán salir un ramo de flores con los colores azul, blanco y rojo de la bandera nacional.

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