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El que manda vive enfrente

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Eduardo Barajas Sandoval
11 de octubre de 2008 - 12:24 a. m.
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Los gobernantes tienen derecho a esperar que su proyecto político perdure y para ello pueden buscar que quien tome el relevo siga conduciendo en el mismo sentido en el que ellos han marchado. A los pueblos les corresponde decidir si quieren más de lo mismo y aceptan que los gobierne un recomendado cuya principal virtud sea la de hacer bien el mandado, o si se aventuran a tomar un rumbo diferente. Siempre y cuando haya quien sea capaz de señalarlo, como debe ser si nos atenemos a las virtudes de la democracia.

Es frecuente que un jefe de gobierno jamás se considere satisfecho con lo que ha hecho. Y el fenómeno se acrecienta en el caso de quienes piensan, seguramente con toda honestidad, que son los más aptos, los más capaces, los mejor orientados, los más providenciales, los más oportunos y los más queridos como gobernantes de un país. La consecuencia natural de ese apetito de ejercer el mando, y de la desconfianza ante la posible aparición de opciones diferentes, es la de buscar que las instituciones permitan prórrogas legales en ese oficio para el cual no sólo se consideran los mejores sino de pronto predestinados por un mandato difícil de escapar.

En los regímenes parlamentarios, que se rigen estrictamente por la vigencia del apoyo a uno u otro proyecto político, basta con gobernar bien y hacerlo saber de todos, para tener el chance de quedarse hasta cuando los propósitos se cumplan, o hasta que la gente se aguante la calidad de la gestión. Pero en los regímenes presidenciales la idea de continuar implica la apertura de un frente de batalla, el de las modificaciones institucionales, que produce en el interesado un drenaje de energía política y personal que, en la mayoría de los casos, está dispuesto a afrontar.

Las acciones encaminadas a lograr tiempos adicionales pueden tomar, en este caso, varias formas. La más elemental es la de modificar las instituciones para que, con el argumento inapelable de la satisfacción popular, un congreso al que hay que convencer de la utilidad y la facilidad de los cambios normativos termine por hacer los ajustes del caso, en muchas ocasiones a cambio de una tarifa política que el gobernante pagará a lo largo de la prórroga.

No faltarán quienes acudan a mecanismos como el del clamor popular directo, que al ritmo de las oleadas de una popularidad, espontánea o cuidadosamente construida, de pronto consiguen superar de una vez las disputas internas de los partidos y evitar las negociaciones políticas típicas de los procesos de reajuste, para obtener el premio de un tiempo más por la voluntad mayoritaria de la nación.

En últimas, queda siempre un recurso sencillo, que es el de apartarse por un período del ejercicio formal del poder, para luego regresar. Caso en el cual el comisionado para mantener todo en orden se convierte a los ojos de todos, aún de él mismo, en un cuidandero a quien se le mide más por su fidelidad que por su creatividad. Tal vez esto sea lo que sucede en el caso de Rusia, hoy a cargo de un Presidente que parece estar llenando el espacio lo mejor que puede, mientras regresa a la oficina Vladimir Putin.

La maximización de la figura tuvo lugar tal vez en México, justo en la época del “maximato”, esto es de la primacía indiscutible de don Plutarco Elías Calles, cuando de pronto asumió la presidencia don Pascual Ortiz Rubio, como para cuidarle el puesto, lo que motivó la aparición, en la pared del entonces castillo presidencial, de un graffiti que decía: “aquí vive el Presidente y el que manda vive enfrente”.

Como es apenas humano, no hay garantías para que funcione en todos los casos el sistema del cuidandero. Porque la historia también está llena de sorpresas que demuestran cómo al que firma los decretos le puede afectar exactamente el mismo síndrome que afectó en un principio a su jefe y predecesor.

edubaras@yahoo.com

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