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23 Nov 2021 - 4:59 a. m.

El “séptimo rey de Etiopía”

Un galardonado con el Nobel de Paz es ahora beligerante de una guerra civil. Una guerra despiadada que desde hace un año desestabiliza aún más al Cuerno de Africa: soldados del gobierno federal y guerreros locales se disputan el control de la región de Tigray, al norte de Etiopía, en la frontera con Eritrea.

Dentro de los protagonistas de esa escalada violenta, que ya se extiende a otras regiones y va dejando una huella de escombros de tragedia fabricada por políticos vengativos, resabiados, vanidosos e intransigentes, figura el primer ministro etíope Abiy Ahmed. Y pensar que el mismo Abiy dijo hace dos años, al recibir el Premio Nobel de Paz, que “la guerra es la imagen del infierno para todos los involucrados”. Frase representativa de una realidad de la cual, no solo como campeón de la paz, sino como persona sensata, debería hacer todo lo posible por alejar a su propio pueblo.

En su discurso de Oslo, en 2019, el galardonado dijo también, con aire compungido y tono conmovedor, que “…hay quienes nunca han visto la guerra pero la glorifican y la romantizan, no han visto el miedo, no han visto la fatiga, no han visto la destrucción ni la angustia, ni han sentido el triste vacío de la guerra después de la carnicería”. Contó además que de joven tuvo que vivir la guerra de su país con Eritrea y relató detalles que hicieron estremecer no solamente las sensibles entrañas de los noruegos, como el espectáculo de “hermanos matando a otros hermanos en el campo de batalla, y ancianos, mujeres y niños temblando de terror”.

Abiy Ahmed parece haber sido un invento de sectores dirigentes de Etiopía que decidieron aceptar y promover el ascenso de una figura joven, funcionario de inteligencia, para llevarla al poder y dar la impresión de una renovación que en el país se venía pidiendo a gritos luego de muchos años de dominio del Frente de Liberación Popular de Tigray, conocido internacionalmente como TPLF por sus iniciales en inglés, que hizo lo que pudo, y lo que quiso, en busca del crecimiento económico, sin tener en cuenta derechos elementales.

Una vez en el poder, Abiy se vio en la “obligación política” de modificar una coalición que el TPLF había organizado en torno a sí mismo, al que había llamado Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope, y organizó un nuevo Partido de la Prosperidad que en realidad es una alianza de la que excluyó de manera fulminante al TPLF.

Este último, al verse excluido del poder federal, montó tolda aparte en la región de Tigray. En consecuencia organizó, contra las órdenes del gobierno federal, fundamentadas en la contención de la pandemia, unos comicios regionales que desataron la ira disciplinaria de Abiy, quien con la excusa de que habían atacado a las tropas federales en la región decidió imponer el orden por la fuerza. Pero es tarea no se ha podido cumplir y más bien ha degenerado en un conflicto sucio, que ha sembrado todo aquello que el laureado repudiaba en su discurso de Oslo.

Por supuesto que nadie puede culpar a una sola persona, qua apenas pasaba los cuarenta años al llegar al poder, de los males acumulados de una historia milenaria, y mucho menos esperar de él todas las soluciones, como si el arreglo de la vida de las naciones dependiera siempre de iluminados, así fueren excepcionales de verdad. Pero eso no excusa el primer ministro de la obligación moral de ser consecuente con la causa por la que fue galardonado, en lugar de utilizarla como patente equivocada para tomar parte en una guerra fratricida.

Hoy por hoy las tropas federales, al mando de Abiy, y las de Tigray, se disputan no solamente el poder en la región, sino poco a poco en otras zonas del país. Las Naciones Unidas denuncian una profunda y severa crisis humanitaria con miles de civiles muertos y más de cinco millones en necesidad de asistencia para sobrevivir. El desplazamiento es masivo y desesperado. Cientos de miles de niños se ven condenados, al paso que van las cosas, a una irreparable malnutrición, según la UNICEF. Las atrocidades son inenarrables e incluyen toda la lista de violencia contra las mujeres, ejecuciones arbitrarias, saqueo de cuanto sea posible, desbandada de poblaciones enteras y todo tipo de trabas para la tarea de organizaciones humanitarias.

El gobierno de Eritrea se ha puesto del lado del de Etiopía en contra de los rebeldes de Tigray, sus vecinos y enemigos históricos, y al tiempo saca ventaja de su nueva posibilidad de moverse otra vez por territorio etíope a sus anchas. La frontera entre Etiopía y Sudán se resiente y tropas de uno y otro país ignoran los trazados y mantienen viva, con hechos, una indefinición histórica y perjudicial. El mismo Sudán, y Egipto, reviven su molestia hacia Etiopía por el manejo de los recursos hídricos del Nilo Azul, afectados por la construcción de la ahora llamada “Represa del Renacimiento”, en territorio etíope, que les puede afectar.

Diferentes observadores de la comunidad internacional se preguntan cómo se pudieron equivocar, lo mismo que los noruegos que adjudican el Premio Nobel, al exaltar a un personaje que, a juicio de personas de reconocida sensatez, que dicen conocer su trayectoria, ha sido más un calculador ambicioso de su propia promoción personal que un verdadero campeón de la paz.

La inquietud más preocupante proviene de quienes afirman que advirtieron a tiempo cómo el acuerdo de paz entre Etiopía y Eritrea, fundamento del otorgamiento del Premio, habría tenido como motivación una alianza entre Abiy Ahmed y el presidente eritreo Isaías Afwerki para confrontar al enemigo histórico común de Tigray. Así que, según ellos, nada de propósito serio de paz, sino oportunismo típico de animales políticos capaces de cualquier cosa para conseguir lo que verdaderamente buscan.

Claro que los contradictores, en todas partes, y más en medio de confrontaciones armadas y en torno de personajes polémicos, son capaces de decir cualquier cosa. Pero también es cierto que los laureados con el máximo premio de la paz deberían ser consecuentes, en toda instancia, y por el resto de sus vidas, con el valor simbólico de esa distinción, que precisamente los pone como ejemplo para el mundo. Y en esa lógica no es aceptable que así no más se involucren en una guerra que lleva todos los elementos denunciados por ellos mismos en su discurso ritual al recibir el galardón.

En medio de todo, y para subrayar el talante y advertir sobre posibles nuevas sorpresas del primer ministro, alguien ha recordado que, en su discurso de investidura ante el Parlamento, en 2018, Abiy dijo, a la manera de esos chistes que echan en ocasiones solemnes los anglosajones, que su madre le advirtió a los siete años que, a pesar de su origen humilde, algún día llegaría a ser el séptimo rey de Etiopía. Con lo cual sus enemigos buscarían refrendar la caricatura de un animal político que de pronto no merecía el Nobel de Paz.

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