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¡Vamos Argentina! no quiere decir vamos Cristina, sino el grito de apoyo a una nación golpeada por factores internos y externos que no le hacen justicia.
Asentada sobre una geografía que la convirtió en la promesa más grande del mundo al comienzo del Siglo XX, Argentina ha resultado enredada en unos problemas que configuran la letra larguísima de un tango lleno de nostalgia y tristeza. Lo más justo con ese pueblo en ese escenario sería que lograse lo que pudo ser, lo que añora y lo que puede llegar a ser. Porque a pesar de todo el futuro merece ser promisorio.
Con motivo de la crisis de principios del Siglo XXI, y para hacer más llevadera la carga de las obligaciones surgidas de la “reestructuración”, Argentina ofreció a los poseedores de bonos de su deuda el pago regular de intereses sobre la base de que ellos aceptaran una reducción de algo más del setenta por ciento del valor de sus inversiones. Casi todos los acreedores aceptaron el trato, menos un grupo reducido, pero significativo, de representantes de “fondos de cobertura”, es decir de aquellos inversionistas privilegiados que a la vez corren riesgos de inversiones aleatorias, por ejemplo al comprar bonos de países en desastre. El nombre de dichos fondos, vale la pena decirlo, es embaucador, porque en el lenguaje cotidiano se les llama “fondos buitre”, es decir carroñeros o rapaces por lo menos, con todo lo que ello pueda significar.
A partir de entonces se inició una larga batalla legal en la que el Gobierno Argentino trató de evitar el pago a quienes no quisieron entrar en el acuerdo. El argumento era que los Fondos ya habían comprado su parte de la deuda con un enorme descuento luego de la crisis de 2001 y no habían aceptado ninguna oferta de arreglo posterior. Dicha batalla resultó perdida cuando la justicia de los Estados Unidos determinó hace poco que, a estas alturas, Argentina no tenía la razón y debe pagar la totalidad de sus obligaciones. Y lo que dejó frío a todo el mundo es que la Corte Suprema americana se negó a considerar una apelación para tratar el tema y darle de pronto una salida diferente.
Abocada a pagar tanto los intereses normales de su deuda como la suma total a los buitres, Argentina ha entrado otra vez en una crisis que vuelve a poner de presente la dramática combinación entre factores complementarios. Se trata del cruce de los desaciertos del manejo interno, de antes y de ahora, y la voracidad de quienes flotan en busca de beneficios por entre los nubarrones en aquellos países donde la gente de la calle es la que termina sacrificada. Como ha sucedido y seguirá sucediendo en tantas partes, mientras el mundo siga abierto a la inclemencia de factores financieros propios de la etapa “avanzada” de su desarrollo económico.
Difícilmente se podría navegar por fuera del mar, dice con ironía un viejo adagio del Mediterráneo oriental. Es decir que no es fácil salirse del medio, y del sistema. Todo parece indicar que, si no se quiere naufragar o quedar tirado inútilmente en la orilla, estamos obligados a luchar para flotar, pero metidos en el agua. Lo que no quita que se deban hacer esfuerzos por mejorar las reglas de la navegación, para evitar, en lo posible, quedar sometidos a la inclemencia de las tormentas.
En diciembre de 2001, por los días de la crisis de entonces, madre de la de ahora, y de los retiros masivos de cuentas bancarias, Carlos Fuentes, que mantuvo con Argentina un afecto de toda la vida, se preguntaba en un escrito de confesión de tristeza sobre América Latina cuando volaba sobre la pampa: “..¿Qué han hecho los argentinos de Argentina?.. ¿Por qué teniéndolo todo, han acabado sin nada?... ¿Cómo es posible que uno de los países más ricos del mundo esté al borde de la quiebra?”
Dentro de las respuestas que se han intentado sobresale la que considera que el pueblo argentino no ha terminado de convencerse de que puede ser superior a sus dirigentes. A ella hay que sumar, como en Grecia para no ir más lejos, que con las “ayudas” típicas del sistema financiero nadie puede de verdad salir a flote a lo largo de la vida de varias generaciones. Si en lugar de la mezquindad de los carroñeros pudiesen existir métodos que sin llegar a convertirse en obras de caridad eviten el sacrificio de pueblos enteros y les den una oportunidad de salir adelante en condiciones más justas y humanas, países como Argentina tendrían de verdad la oportunidad de ser lo que pueden y lo que merecen.
