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Gobernar y pedir perdón

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Eduardo Barajas Sandoval
01 de junio de 2021 - 03:00 a. m.
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El ejercicio del gobierno exige con frecuencia actos de humildad, reconocimiento de equivocaciones, y cumplimiento de la obligación moral de pedir perdón. No ha habido, ni habrá, gobierno sin equivocaciones, sin desatinos y sin errores que es necesario reconocer, para mantener el respeto y la confiabilidad. Como gobernar no consiste simplemente en dar órdenes y esperar que otros las cumplan, existe, entre otras, la obligación de advertir de dónde viene y para dónde va el proceso de la historia. Al tiempo que se buscan las oportunidades del futuro, no hay que tapar las equivocaciones ni dejar de tener en cuenta las faltas del pasado. Todo esto puesto al servicio de convocar, en lugar de dividir. De proponer, en vez de evadir, y corregir el rumbo perdido.

Emanuel Macron se apareció la semana pasada en Kigali, la capital de Ruanda, y dijo que ahí estaba de pie, con respeto y humildad, al lado de los presentes, y que había ido a reconocer la magnitud de las responsabilidades de Francia en la forma como se desarrollaron los acontecimientos del genocidio que acabó con la vida de más de ochocientas mil personas de la etnia Tutsi, lo mismo que la de moderados de la etnia Hutu, por parte de hordas y milicias de ésta última, entre abril y julio de 1994, en ese país.

A lo largo de casi tres décadas, las relaciones entre Francia y diferentes países africanos han estado marcadas por interrogantes sobre la forma como el gobierno francés habría podido ayudar a evitar el genocidio desatado a partir del momento en el que la aeronave que transportaba al presidente ruandés Juvénal Habyarimana, de la etnia Hutu, y al de Burundi, Cyprien Ntaryamira, también hutu, fue derribada sobre la propia ciudad de Kigali. Hecho que se convirtió en detonante de una operación venganza contra los tutsis, a quienes acusaron de haber disparado el artefacto que produjo el accidente. Acusación negada con vehemencia por estos últimos, con el argumento de que el hecho fue la excusa para una acción de exterminio cuidadosamente preparada para que se llevara a cabo con cualquier pretexto.

Bien se sabía para entonces de la cercanía del presidente francés de la época, François Mitterrand, con el fallecido Habyarimana, que encabezaba acciones para contrarrestar las maniobras de los rebeldes tutsis, agrupados en el Frente Patriótico Ruandés. Ya eran conocidas la organización de milicias y la propagada contra los tutsis, por parte del gobierno, en preparación de un exterminio anunciado. Serie de atrocidades que vino a terminar con la ofensiva del Frente Patriótico, cuando irrumpió en el territorio del país, desde sus bases en Uganda, bajo el mando del hoy presidente Paul Kagamé. Personaje desde entonces en el poder y sobre cuyas credenciales democráticas caben dudas semejantes a las que existieron sobre su antecesor.

Parece evidente que la amistad de Mitterrand con Habyarimana incluía, por supuesto, la animadversión francesa hacia el Frente Patriótico, y que, en el fondo, todo giraba alrededor del intento de mantener una buena relación con el conjunto de los países francófonos, y de la obsesión por mantener a Ruanda, cedida por Alemania a Bélgica en el Tratado de Versalles, fuera de la influencia anglófona de Uganda. Además, el gobierno francés ayudaba al de los hutus, y a sus milicias, con armas y entrenamiento militar.

Al comenzar el genocidio Francia lanzó una operación, bajo el nombre de Amarylis, que buscaba sacar del país a los franceses que allí se encontraran, eludiendo la opción de ayudar a miembros de la comunidad de los tutsis, así fueren mujeres o niños relacionados con expatriados franceses. A lo cual se agregaría el rescate de miembros del gobierno de Habyarimana en medio de la crisis. Encima de todo, cuando terminaba ya el genocidio, Francia lanzó la “Operación Turquesa”, bajo mandato humanitario de las Naciones Unidas, destinada a tomar control militar del suroeste del país, con el argumento de proveer de una zona de seguridad para refugiados, que fue vista por los tutsis más bien como una medida para proteger a los genocidas y detener el avance del Frente Patriótico.

Con la llegada del Frente Patriótico Ugandés al poder se produjeron cambios importantes como el de la adopción del inglés como lengua de enseñanza en las escuelas, para reemplazar al francés. E inclusive Ruanda se sumó a la Comunidad Británica de Naciones. Todo esto acompañado del discurso oficial de acusación a Francia por “haber jugado un rol activo en la época del genocidio”. Proclama que causó justificada preocupación en Francia que, si bien estimó que se había podido equivocar en cuanto a su actitud en el momento de la tragedia, no fue ni propiciadora ni cómplice de la misma.

El presidente Macron, preocupado por restablecer la amistad y la credibilidad de Francia en el espacio político, económico y cultural del Africa, ordenó en 2019 la conformación de una comisión encargada de estudiar el tema de las actuaciones de su país en la época y con motivo del genocidio, y de presentar un informe que sirviera de base al esclarecimiento de la verdad. La misión fue encomendada a un grupo de historiadores, presididos por Vincent Duclert. Pero no fue la única, pues por su parte el gobierno de Kagamé acudió a una firma de abogados estadounidenses, Levy Firestone Muse, para que elaborara un informe con el mismo objetivo.

Los informes de las dos comisiones coinciden en afirmar que, si bien a Francia le cabe responsabilidad por omisión y ceguera ante hechos que pudo advertir, no participó de manera alguna en los actos propios de genocidio. Eso fue lo que lo que precisamente fue Macron a reconocer, sin perjuicio de que los detalles de los informes demuestren que no hay recuento perfecto ni exhaustivo en casos de semejante complicidad. Y sin perjuicio de que falte por establecer si muchos responsables de atrocidades, que viven hoy en Francia, sean llevados a la justicia.

La semana pasada, en el sitio mismo de memoria del genocidio, Macron fue más lejos que cualquiera al reconocer una responsabilidad en el sentido de que Francia no entendió que, pensando en evitar una guerra civil o un conflicto regional, terminó de hecho, del lado de un régimen genocida, al ignorar las señales de alerta de observadores lúcidos, por lo cual le cabe responsabilidad abrumadora en un proceso que terminaría en lo peor.

El acto de presencia, y el discurso del presidente francés, evidencian condiciones indispensables del buen gobernante. Saber enmendar los yerros propios y aún los de quienes le antecedieron. Tener el coraje de pedir perdón, de reconocer de manera escueta las faltas cometidas, en lugar de ocultarlas. Porque la grandeza de un gobernante no radica en ser contundente, sino en ser capaz de corregir.

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Julio(87145)02 de junio de 2021 - 12:12 a. m.
Siento que implícitamente usted está esperando esa altura y decencia de este remedo de gobernante que tiene Colombia. Eso no es posible, pues lo que usted sueña solo lo hallará en un estadista, y en Colombia, en este preciso momento, no es el caso.
Eduardo(00883)01 de junio de 2021 - 11:06 p. m.
Se imaginan a un matarife pidiendo perdón?.....demoraría su discurso varias horas por tanta masacre, falsos positivos y demás yerros, ....perdón era solo un sueño.....
eudoro(79178)01 de junio de 2021 - 09:41 p. m.
Excelente columna Eduardo, por suerte soplan vientos refrescantes de personajes con talla de Estadistas, como sucedió hace poco con Alemania sobre el genocidio de Namibia.
Atenas(06773)01 de junio de 2021 - 03:03 p. m.
Lo típico d Francia, abrir las puertas pa q' otros hagan el trabajo sucio. O posar d postrada humildad mientras sacan la mejor d las tajadas, como al final d la segunda guerra mundial, el Gral Ch. de Gaulle q' mucho bombo se daba, del alto mando gringo le dijeron q' mejor callara q' gran favor le hicieron d no tener q' madrugar a aprender alemán. En España dicen: d los franceses guárdanos, Señor.
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