El ejercicio del poder popular, impulsado por los jóvenes contra gobiernos autoritarios, se sale del mundo árabe. Se convalida la eficacia de los medios contemporáneos de comunicación como vehículos políticos de gran capacidad. De pantalla en pantalla de computador surgen movimientos animados por ideales nuevos, que corresponden a generaciones que no están dispuestas a esperar y mucho menos a contentarse con promesas retóricas.
El hecho de que miles de jóvenes hayan tratado de congregarse en Azadi, Plaza de la Libertad, epicentro de la capital iraní, con la consigna de apoyar los movimientos populares que recientemente acabaron con los regímenes de Túnez y Egipto, tiene un significado sobresaliente y es una advertencia mayor. Si se le agrega la reciente detención domiciliaria de los líderes de la oposición que disputaron la presidencia en contra del candidato vencedor, y reelegido, en las últimas elecciones, se configura un cuadro que da mucho para pensar.
Salta a la vista la pregunta de si el contagio, positivo, de las revueltas contra los regímenes longevos y autoritarios del norte de Africa, puede hacer transición fuera del mundo árabe. La idea de una manifestación, sugerida por líderes de la oposición, para expresar solidaridad con los movimientos populares de la región, entendida en su sentido más amplio, y en particular en apoyo de quienes en Túnez y Egipto acabaron con regímenes autocráticos y produjeron cambios hasta hace poco impensables, deja ver el ánimo de promover movimientos similares al interior de la sociedad iraní.
La carta que en solicitud de permiso para tal manifestación dirigieron al Ministerio del Interior Mir Hossein Mousavi y Mehdi Karroubi, puso automáticamente en alerta y en estado de preocupación a los responsables del orden público en Teherán. Multitudes iraníes gritando en la plaza pública en apoyo de las muchedumbres que dieron al traste con los gobiernos de Zine al-Abidine Ben Ali y de Hosni Mubarak, fácilmente podrían terminar cambiando el discurso y expresando ideas diferentes de las originalmente invocadas para celebrar la reunión.
La negativa de las autoridades, como era de esperarse, y el arresto de los dos proponentes de la demostración, lo mismo que de una decena más de sus colaboradores, ponen de presente la intranquilidad del gobierno y, de paso, tienden a fortalecer, sin quererlo, los argumentos de quienes quieren manifestarse precisamente contra las limitaciones a la libertad de expresión, que son por lo general jóvenes que se asoman al mundo por los canales de Internet y pueden comparar lo que pasa en otros lados con la situación interna de su país.
Pero lo que es más significativo es el hecho de que, a pesar de la prohibición, la plaza de la libertad fue escenario de demostraciones, y también de actos de represión, que de alguna manera se convierten por ahora en remedo de lo que pasó ya durante los primeros días de la revuelta en El Cairo. Lo que permite pensar que el ejercicio del poder popular parece encontrar, otra vez impulsado por los jóvenes, un nuevo escenario, que de prosperar en Irán constituiría la primera extensión del proceso revolucionario actual más allá de las fronteras de los países árabes.
La aparente extensión del fenómeno convalidaría la eficacia política de los medios contemporáneos de comunicación como vehículos capaces de propiciar movilizaciones que no solamente se deben medir por el número de personas que salen a la calle a desafiar regímenes de conocida inflexibilidad, sino que de pronto tienen proporciones mucho mayores, en cuanto vinculan al proceso a un número ilimitado de simpatizantes a través de las pantallas de computador.
El escenario de Irán es una línea definitiva que permitirá establecer la universalidad del fenómeno político de rebelión de nuestros días, representado en la fuerza tradicional del poder popular, esta vez multiplicada por la capacidad de los medios de comunicación. Lo que hace pensar que, así como la imprenta en su momento se convirtió en protagonista político de transformaciones, estamos a la entrada de una etapa similar, en un mundo que se hace cada vez más pequeño, lo que permite pensar en giros insospechados de los que nadie se puede declarar exento. Lo deseable es que el resultado sea el de transformaciones democráticas y no el del cambio de turno de sistemas limitantes de las libertades ciudadanas que con tanto esfuerzo se han conquistado en ciertos países y al que todos tienen derecho a aspirar.