Los políticos que mejor entienden su oficio son sinceros con ellos mismos, y con la gente; no se consideran omnipotentes, ni eternos, ni sabelotodo, ni inagotables, ni irreemplazables. Además, suelen tener el buen criterio de saber cuándo se retiran, aunque siempre será difícil, aún para ellos mismos, poner en blanco y negro la gama completa de las razones de su decisión. Como el horizonte de la vida da las naciones es variado y cambiante, y como hay procesos de buen o mal pronóstico, la salida de un político o de un gobernante se puede interpretar en cualquier sentido. A ello contribuye el hecho de que siempre habrá problemas por resolver, causas ganadas y causas perdidas, amistades y apoyos cambiantes, y alguien en espera de su turno para tomar el relevo.
Cuando Alex Salmond renunció al cargo de Ministro Principal, jefe del gobierno autónomo de Escocia, en septiembre de 2014, ante la derrota en el referendo que buscaba la independencia respecto del Reino Unido, nadie dudó sobre quién le sucedería: Nicola Sturgeon. Ahora, cuando ella se retira súbitamente del mismo cargo, no existe la misma claridad sobre su reemplazo. Nadie se ha atrevido todavía a postularse para tomar su lugar. Si bien se sabe que no hay nadie irreemplazable, hay espacios políticos difíciles de llenar, máxime en coyunturas complejas.
El propósito esencial del Partido Nacional Escocés, en cuyo nombre han gobernado Salmond y Sturgeon, es el de la independencia. La Ministra Principal saliente se encargó de llevar esa bandera a partir del resultado mismo del referendo del año 14, con el 55,42 % de los votos en contra. Su idea de plantear ante la Corte Suprema del Reino Unido la propuesta de reconocer la opción de realizar un nuevo referendo en octubre del presente año, “para que se respetara la democracia escocesa”, fue tajantemente negada. Motivo por el cual el partido, con ella a la cabeza, buscó caminos alternativos, acomodaticios, como el de convertir las próximas elecciones generales del Reino Unido en una especie de referendo de facto sobre la voluntad independentista de los escoceses. Aunque se sabe que si el resultado fuese favorable a esa causa, no sería legalmente válido.
La Escocia que no pudo ser conquistada por el Imperio Romano, llamada Caledonia, terminó unida a Inglaterra a principios del Siglo XVIII, en virtud de una combinación de factores dentro de los cuales figura el monumental fracaso de fundar una nueva Caledonia, en nuestro golfo del Darién. Así terminó una era de independencia que había permitido a los escoceses antiguos vivir en contacto con los pueblos escandinavos y aventurarse a su gusto desde en Báltico hasta el Caribe para comerciar, conquistar o guerrear. Desde 1707, y hasta hoy, la unión con Inglaterra fortaleció los lazos económicos entre los dos países y creó también vínculos políticos, al punto que varios primeros ministros, como Tony Blair y Gordon Brown, nacieron en territorio escocés.
En medio de todo, la llama del fervor por la recuperación de poderes, e inclusive por la independencia, jamás se ha extinguido en Escocia. En virtud de ello, y a pesar de que el jefe del estado sea el rey británico, que el poder ejecutivo supremo lo ejerza el Primer Ministro desde Downing Street en Londres, y el legislativo el Parlamento de Westminster, Escocia es una de las regiones nacionales de Europa que mayores conquistas ha logrado hasta ahora en materia de “devolución” de poderes. De ahí la existencia de un revivido Parlamento propio, el de Holyrood, que aunque no puede exceder los poderes del de Westminster, tiene autonomía para el manejo de temas puntuales. La mayoría de ese parlamento propone al rey la designación de un “Ministro Principal” que encabeza la administración escocesa, dentro de los límites de diferentes “Scotland Acts”, siendo fundamental el de 1998, resultante de un referendo de 1997, aprobado en favor de la devolución.
La mayoría arrolladora del Partido Nacional Escocés en el Parlamento de Holyrood, lo mismo que dentro de la representación escocesa en el de Westminster, refleja al menos hasta ahora la proporción del apoyo a sus causas. El electorado escocés fue contundente al manifestarse en contra de la salida de la Gran Bretaña de la Unión Europea. Aún más, el brexit se convirtió en motivo adicional para alimentar idea de que una Escocia independiente buscaría ser admitida en la Unión.
Frente a las dificultades de cumplir con todos esos anhelos, la Ministra Principal ha advertido que “nos encontramos en un momento crítico”. Lo cual significa que, a quien quiera que la reemplace, corresponderá liderar la discusión sobre la estrategia a seguir, cuando muchos dudan de la aventura de avanzar en la idea del “referendo de facto”, con lo cual Escocia podría vivir una experiencia parecida a la de Cataluña, que terminó en desastre político e institucional.
La trayectoria del gobierno escocés no ha estado exenta de problemas en los últimos años. El liderazgo de la Ministra Principal se ha visto afectado por la situación general de la Gran Bretaña luego del brexit y los descalabros de los gobiernos conservadores de Londres, cuyas políticas afectan a todo el Reino Unido y cuyos efectos ella ha tenido que manejar en la cotidianidad escocesa. Al tiempo, la idea de la independencia puede haber perdido apoyo en el contexto británico de insatisfacción por las decisiones drásticas, como el brexit, que hace que muchos no estén dispuestos a apoyar otra vez propuestas políticas radicales.
Para la autonomía escocesa, y sus voceros, fue un duro golpe el hecho de que Londres desconociera decisiones que se suponían autónomas en materia de identidad de género. Y no han faltado cuestionamientos por asuntos financieros del partido, cuyo administrador es el esposo de la jefe, y quien hizo un préstamo cuantioso a la organización política con fondos de procedencia confusa. También falta por aclarar el destino de fondos aún más cuantiosos, acopiados con el fin de financiar la campaña de un nuevo referendo.
Al retirarse, Nicola Sturgeon no solamente ha reconocido que el trabajo de un gobernante es de todas las horas y que ocho años de labor equivalen a una carga de fatiga no solamente para ella, sino para la gente bajo su liderazgo, y para la opinión pública. Reconoció que, por cada persona que gustara de ella a estas alturas, habrá otra que no tiene el mismo entusiasmo. Y admitió que sus ideas sobre diferentes materias requieren de un debate que, con su presencia, no se beneficiaría de mayores opciones de innovación. Por lo cual encontró mejor dejar el espacio para que, entre otros, aquel asunto tan delicado, razón de ser del partido, se pueda debatir de manera más amplia, bajo un nuevo liderazgo.
Ahí queda la herencia política de una mujer respetada y admirada por propios y extraños, con luces y sombras, que supo llevar la vocería de su país y llegó a ser símbolo del mismo en medio de turbulencias. Alguien que deja la huella de un liderazgo claro, enorme capacidad de trabajo y ejercicio efectivo de contrapeso a los poderes centrales, que tiene la lucidez de facilitar que quien tome el relevo pueda refrescar ideas y propósitos, en lugar de continuar en la tibieza o el fragor que terminan por adormecer o esterilizar los espíritus, como les gustaría a los demócratas fingidos.