El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

La ilusión nebulosa del centro

Eduardo Barajas Sandoval

03 de mayo de 2022 - 12:01 a. m.

El partido de gobierno, centrista, del presidente Macron, se quedó con la presidencia francesa. Si bien en la segunda vuelta su mayoría fue holgada, el porcentaje de los votos que obtuvo dejó el sabor agridulce de una contribución importante de sufragios “políticamente obligados” de quienes no habían votado por él en la primera ronda y ahora lo hicieron para evitar la llegada de la “extrema derecha” al poder. En su conjunto, si bien el proceso vino a confirmar la supervivencia del centro, con un partido fundado hace apenas cinco años, al tiempo mostró el avance sostenido tanto de una izquierda como de una derecha más radicales que las que tradicionalmente habían dominado el escenario político en la historia de la Quinta República. La derecha republicana, y el Partido Socialista, que se habían alternado en la jefatura del Estado a lo largo de las últimas décadas, apenas consiguieron el 4,78 %, y el 1,75 % de los votos, respectivamente, y fueron incapaces de conseguir siquiera el umbral del 5 % de apoyo ciudadano en las urnas. El fin del bipartidismo francés, se ha dicho.

PUBLICIDAD

En distintos escenarios del mundo occidental no es nueva la impresión de que los partidos políticos tradicionales andan en crisis. Así se deduce de su suerte cambiante a la hora de las elecciones, de los altibajos en el talante de sus líderes, de la baja de caudal de nuevos adeptos, o de la deserción de entusiastas de antes que muestran desencanto, salen en desbandada o no vuelven a atender llamados a apoyar sus proyectos en las urnas. Ante este fenómeno es insuficiente buscar explicaciones dentro del terreno exclusivo de lo político, las teorías de la representación o la circulación de valores ideológicos. En cambio, la insatisfacción y el reclamo de ciudadanos que salen a la calle, como los “Chalecos amarillos”, y que en ocasiones apelan a la fuerza, ayudan a iluminar el panorama al vincular los problemas políticos y sociales con las fisuras, desventajas y contradicciones del sistema económico. Sistema del que se consideran víctimas porque ven depredado su bienestar sin que los políticos tradicionales vengan en su rescate. Sin que nadie asuma de verdad la tarea de corregir las consecuencias sociales negativas que, en medio de sus ventajas en materia de libertad de emprendimiento, puede traer el funcionamiento de uno u otro aspecto no regulado de la economía de mercado, y los abusos, o al menos la indolencia, de algunos de sus protagonistas.

Tampoco es que todos los partidos con cierta antigüedad se hayan ido a pique. Muchos de ellos, a pesar de sus altibajos, son ejemplo de lo que ahora han dado en llamar resiliencia. Se doblan como palmeras en tempestad, pero difícilmente se parten o resultan arrancados de su sitio. Por encima de las ambiciones e inevitables defectos de orden humano de sus orientadores, y sin perjuicio del relevo en su jefatura o de explicables y a veces vigorizantes luchas internas, pasan de lo llano a lo escarpado y tienen siempre algo que decir, acertado o desatinado. Bien que mal, entienden que buena parte de la crisis de la sociedad no proviene aisladamente de la política, sino que procede también de las deficiencias de la economía y sobre todo de la ineptitud de políticos y economistas para conseguir un diálogo fructífero y una relación adecuada entre la libertad económica y una regulación que pueda evitar calamidades sociales que se ponen de manifiesto no solamente en los países periféricos sino en la periferia social interna de los más poderosos.

De todas maneras, los partidos siguen siendo, en su conjunto, buenos filtros para la selección del liderazgo político de cualquier país democrático. Pero su cometido no se limita a proveer de jefes de la administración pública, sino que cumplen sus principales funciones en el epicentro del poder colectivo del parlamento o el congreso. Allí deben animar los debates a nombre y en representación de la gente, controlar a los gobiernos, dar forma a la normatividad al inventar, cambiar o derogar las leyes, además de jugar de pronto un papel constituyente. Sus funciones son tan importantes y necesarias que, si no existieran, no se sabe quién, con fundamento en el poder popular, podría cumplir todas esas funciones. Y ha sido al impulso de esas obligaciones, y por supuesto de ideas determinadas sobre la condición humana, la sociedad, las libertades, los derechos, el papel del estado, la orientación de la economía, y la interpretación de la cultura y la historia, como llegaron a concebir “plataformas” diferenciales de acción política que les convirtieron en polos de atracción y seguimiento devoto por los ciudadanos.

Read more!

Frente a las versiones cada vez más complejas y especializadas del funcionamiento del capitalismo, con refinamientos diseñados para el enriquecimiento de ciertos sectores, y que funcionan al ritmo y bajo reglas tan recónditas y sofisticadas que parecen ficciones, van quedando de lado otros, primitivos e impotentes, que reclaman por la degradación de sus condiciones de vida y quisieran estar integrados, idealmente, a las bondades y no a las inclemencias del ritmo acelerado del modelo. Es frente a todo eso que de pronto los líderes políticos ven las cosas con términos de referencia limitados e insuficientes para atender a las aspiraciones populares. Motivo para el desencanto de seguidores tradicionales, la deserción y la pérdida de apoyo ciudadano. Frente a lo cual, en medio de la confusión y el desatino, surgen ofertas que, desde “el centro del espectro político”, arman “menús”, que toman elementos de diferente índole y procedencia partidista, de derecha e izquierda, para proveer de respuestas hechas a la medida. Fórmula de pragmatismo con énfasis en una oferta calculada para satisfacer una demanda que tiene idéntico ánimo pragmático.

La permanencia de esos ejercicios de alquimia política no puede ser garantizada. Sus proyectos de pronto están llamados a caducar tan rápido como surgieron, porque con frecuencia contienen elementos contradictorios que no pueden dejar para siempre contentos a quienes en un momento se beneficiaron del pragmatismo, pero más tarde no sienten la necesidad ni la obligación de andar al ritmo cambiante que marquen los orientadores del experimento.

La gente busca de verdad nuevas definiciones, otra vez con base en interpretaciones armónicas de la economía, la sociedad y las libertades, entra otras, con la correspondiente pertinencia y credibilidad sobre un futuro sostenible. Y es por eso que resultan fortalecidos, a cada lado, partidos más radicales que los que antes conformaban el espectro político. Partidos que, a manera de sifones, se llevan electores que antes militaban en la derecha o la izquierda tradicionales, que añoran definiciones claras, como antes, y están dispuestos a militar en busca de nuevos propósitos, aún con el riesgo de caer en extremos peligrosos. Ahí aparece entonces el espectro de un reto generalizado que reclama transformaciones de todas las fuerzas políticas. Esa será, seguramente, la tarea que van a acometer todos los partidos franceses en la perspectiva de las elecciones parlamentarias dentro de unas semanas, que son vistas por muchos como la “tercera ronda” de la elección presidencial.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.