Las convulsiones del mundo árabe pueden ser el anuncio de una nueva primavera.
Desde el desmonte del esquema colonial, en la segunda parte del Siglo XX, la mayoría de los países árabes hoy agitados por revueltas internas vivieron el paréntesis del sometimiento a regímenes provisionales. No de otra forma pueden clasificarse esos gobiernos de varias décadas que no correspondían a las tradiciones propias de las naciones árabes, pero tampoco a las del modelo de la Europa democrática. Lo que hoy se ventila es nada menos que el despertar en busca de un esquema político y económico que concilie la cultura y la tradición propias con formas de gobierno acordes con estos tiempos en los que millones de seres antes aislados pueden ser protagonistas de lo que quieran.
Las cuentas de lo que ha pasado en el norte de África, en el Medio Oriente y particularmente en el Golfo Pérsico, a lo largo del último medio siglo, permiten ver nítidamente un período de transición entre el modelo colonial, bajo la regla decimonónica de los europeos y algo que está justamente por venir. Para mantener un estado de cosas menos bueno que el del pacto colonial pero menos malo que el del total distanciamiento, las antiguas potencias colonizadoras se transaron, con ayuda de los emergentes Estados Unidos, por la existencia de una serie de gobiernos longevos, comprometidos por lo general con el orden internacional de la posguerra y garantes de los privilegios derivados de una influencia cultural indudable y del período inmediatamente anterior.
Amigos consentidos en y por las capitales occidentales, personajes como Hosni Mubarak se convirtieron en símbolo de cooperantes agradables, que por un lado supieron mantener el edificio de la distribución internacional del poder y por otro fueron capaces de calmar la efervescencia de pueblos rezagados en muchos casos del tren de la historia por la alianza letal del colonialismo con los pequeños y definitivos poderes locales. Tan evidente es la importancia que hasta hace unos meses tuvieron, que ministros de estado de gobiernos europeos, hoy furiosos en contra de los regímenes desfallecientes, pasaron las fiestas del fin de año cristiano en Túnez o en El Cairo por cuenta de esos amigos incondicionales, hace unas semanas muy apreciados, hasta que estalló la revuelta imparable del más puro y sencillo pueblo.
Regímenes que garantizaron por un rato la estabilidad del sistema y además permitieron el funcionamiento del aparato de la política energética que convenía a los dueños del negocio, obraron sin que importara demasiado la suerte de los pueblos de la gran familia árabe, islámica al mismo tiempo, que salvo contadas excepciones quedaron relegados, hasta entrado el Siglo XXI, a un mundo distinto. Y todos tan felices. Lo que nadie advirtió a tiempo fue el proceso silencioso que entretanto avanzaba sin pausa, y que fue incubando, por la vía de la mezcla explosiva y a la vez maravillosa entre la educación y los medios de comunicación, una oleada de protesta a la que no fue difícil integrar ciudadanos de la más diversa condición, todos inconformes con regímenes incapaces de responder a demandas elementales de progreso y bienestar.
Por primera vez en mucho tiempo, los movimientos políticos en busca de nuevas definiciones no tienen como epicentro, en el mundo árabe, motivaciones ni aberraciones de naturaleza religiosa. Curiosamente los miembros de una u otra interpretación del Islam parecen haber dejado por ahora sus tradicionales diferencias y aceptar el común denominador de reivindicaciones de naturaleza política y económica. Lo anterior indicaría que, como se pudo advertir desde el momento mismo del primer grito a raíz de la muerte de vendedor ambulante de Túnez, lo que se vive no es otra cosa que una coyuntura de grandes definiciones. Con lo cual la idea de conseguirse una Resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para ir a imponer disciplina en uno de los países sumidos en la agitación propia del proceso, parece un remedio casero para contener y controlar lo que puede ser una verdadera metamorfosis, de grandes proporciones, que no se cura a punta de bombardeos con los aviones más inteligentes y asépticos de la historia. Porque lo que los pueblos árabes parecen estar buscando no es otra cosa que más libertad, más igualdad y mucha más justicia tanto económica como social.
Una nueva primavera se anuncia en el ánimo de esos pueblos que tan importantes procesos lideraron antes de caer ante el empuje de la expansión europea. Lo mejor que hoy puede hacerse es comprender el fenómeno contemporáneo en las proporciones más amplias posibles, respetar las peculiaridades propias del proceso y quitarse para siempre la idea de que la barrera del idioma y de las afiliaciones religiosas pone a los árabes en un mundo inferior. Bienvenida esa nueva primavera, en cuanto el mundo será más amable para todos si el proceso de maduración tras las rejas de las últimas décadas llega a producir, una vez más, una de esas contribuciones maravillosas que hace ya varios siglos los árabes hicieron al progreso de todas las civilizaciones.