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La puerta giratoria de las dinastías políticas

Eduardo Barajas Sandoval

06 de febrero de 2023 - 09:02 p. m.

En algunos países de Oriente, más que en otras partes, la política se considera un oficio de familia. Es algo ancestral que parece circular en el inconsciente colectivo. A nadie se le hace raro que, así como hay familias de agricultores, de albañiles o de comerciantes, también haya familias de políticos. Se trata, dicen, de hacer aquello que se ha visto hacer desde la niñez, cuando las cosas quedan grabadas para siempre. Es frecuente que los maestros supremos sean los abuelos, que enseñan con su sabiduría desde la altura de la experiencia. Conforme a esa lógica, como parte de la cultura nacional, dentro de parámetros democráticos, o de índole autoritaria, miembros de una u otra familia entran y salen, como por una puerta giratoria, hacia y desde los recintos del poder.

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La expresidente de Sri Lanka, Chandrika Bandaranaike Kumaratunga, celebraba que sus hijos, como cosa rara, quisieran escapar de ese destino, pues así serían más felices y cada uno establecería una nueva tradición. Mejor para todos, decía, pues su padre, Salomon West Ridgeway Días Bandaranaike y su esposo Vijaya Kumaratunga murieron asesinados por motivos políticos. Pero ya en 2022 surgieron presiones para que su hijo Vimukhti Kumaratunga entrara en política. Fue un reclamo, seguido de ofertas de apoyo que Vimukhti rechazó, por ahora, para seguir con su oficio de veterinario. Su hermana Yasodhara desea, también por ahora, seguir como actriz. Lo malo es que, si los Bandaranaike – Kumaratunga no siguen, ahí están los Rajapaksas, por ahora expulsados, pero listos a regresar.

Otras sagas asiáticas están en cambio ahora en pleno movimiento en torno del poder, en condiciones, con trayectoria y perspectivas muy diferentes: la de los Marcos, en Filipinas, la de los Pahlavi en Irán, y la de los Nehru - Gandhi en la India. La de los Bhutto – Zardari en Pakistán ya encontrará otra vez su camino hacia la cumbre. En los casos filipino, iraní e indio, cobran vigor modelos de dinastías con pretensiones nuevas pero respectivamente provenientes de una dictadura pura y dura, la de Ferdinando Marcos, de la fórmula monárquica represiva del Sha Reza Pahlavi, y de una difícil pero indudable tradición democrática, que sigue la línea de Jawaharlal Nehru y su hija Indira Gandhi. Ni qué hablar del caso de los Kim en Corea del Norte, elevados por sus áulicos a categoría divina.

La familia Marcos, en Filipinas, puso otra vez a uno de los suyos en la jefatura del estado, esta vez por la vía democrática. Después de más de treinta años desde que su padre fue echado del poder, Ferdinando “Bongbong” Marcos obtuvo una resonante victoria electoral, acompañado en la fórmula, en calidad de vicepresidente, por la hija del presidente saliente, y fundador presumible de otra dinastía, Rodrigo Duterte. Las credenciales de Bongbong están llenas de salpicaduras. A pesar de que para llegar al poder ascendió diferentes escalones de elección popular, el entramado de sus problemas judiciales es bastante complejo y se sale de los límites de su propio país, al punto que pudo ir a los Estados Unidos y reunirse con Joe Biden, sin que se cumpliera una orden de detención en su contra, por cuentas derivadas de la dictadura de su padre, gracias a que el protocolo le facilitó inmunidad diplomática. A pesar de las proclamas de sus logros en los primeros cien días de gobierno, sobre la opinión filipina flotan ilusiones de antiguos beneficiarios de la dictadura y de jóvenes que lo aclamaron con una mezcla de sentimientos de novedad y añoranza inducida, pero también los temores del retorno de un talante de familia que algunos consideran inescapable.

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El hijo del Sha Reza Pahlavi, que ha vivido la mayor parte de su vida en el exilio, resultó ahora siendo protagonista y beneficiario de una campaña en línea que busca convertirlo en portavoz del movimiento de protesta, desde el exterior, contra la brutalidad de la represión hacia las mujeres en Irán, apenas comparable, y bajo modelo similar al de la represión generalizada que caracterizó en su momento al gobierno de su padre y alimentó los argumentos de la revolución islámica que terminó en la república teocrática de hoy. La idea de su representación, que ha recibido el apoyo de casi medio millón de personas, entre ellas la abogada iraní Premio Nobel de la Paz Shirin Ebadi, ha despertado otra vez sentimientos adormecidos en favor y en contra del personaje, y de la dinastía que representa. Aunque él ha afirmado que no aspira a ningún cargo político, la hipótesis de una improbable representación de los opositores al régimen, significa un retorno al escenario, de consecuencias por ahora imprevisibles. Pero ahí están otra vez los Pahlavi.

Rahul Gandhi, hijo, nieto y biznieto de primeros ministros de la India, imita ahora a su legendario bisabuelo Jawaharlal Nehru en recorridos que incluyen largas caminatas por lo más profundo del país, rodeado de un esquema de seguridad cuyo objetivo es impedir que corra la suerte de su padre, Rajiv, y de su abuela, Indira, ambos asesinados en pleno ejercicio de sus funciones.

La tarea de Rahul es la de recuperar el poder para el histórico Partido del Congreso, que debe enfrentar a los conservadores del primer ministro Narendra Modi, del partido nacionalista Bharatiya Janata, que ya derrotó a Gandhi en las elecciones de 2014 y sacó a su partido del poder. A pesar del esfuerzo de Rahul, una cierta y explicable sensación de fatiga parece afectar al electorado, en un país que vive todavía bajo el hechizo de un primer ministro cuya popularidad será difícil de combatir. Con el item adicional de que el heredero de los Nehru-Gandhi no parece tener las dotes extraordinarias de su bisabuelo ni la vocación nítida de su abuela, sino más bien una especie de “resignación” a seguir con el oficio de la familia, como su padre, que originalmente era piloto de aerolínea.

Lo cierto es que, en diferentes lugares de oriente, sigue abierta la puerta giratoria de las dinastías políticas. Sea cual fuere el resultado del retorno de aspirantes a continuar con tradiciones dinásticas, el fenómeno tiene que ver con aspectos profundos e interesantes no solamente de la cultura sino de la memoria de esos pueblos, y de lo arraigado de sentimientos de la dependencia o la aceptación inocente de cierto modelo de liderazgo. Como si en el fondo de lo que han dado en llamar el inconsciente colectivo de ciertos países la tarea de gobernar fuese una de aquellas asignadas a un grupo familiar, no solamente en el caso de la monarquía sino más allá o más acá.

De todas maneras, es inevitable que con motivo del retorno de los vástagos de familias tradicionales de gobernantes, cualquiera que haya sido su conducta, aparezcan sentimientos de damnificados que se lamentan o beneficiarios que se regocijan. Es como una vuelta de la historia al pasado por la vía del atajo. Aunque resulta apenas explicable que aparezcan los temores, o también las ilusiones, de que el futuro pueda modificar la idea que se tenga del pasado. Previa, eso sí, una especie de juicio histórico que tiene tantas versiones como quien se interese por el asunto.

El apego, o la aceptación de las dinastías, podría ser muestra de una especie de esterilidad para la renovación política. Pero si el proyecto de retorno de vástagos de anteriores protagonistas se realiza en una competencia abierta, no se les puede negar, en una verdadera democracia, el derecho de intentarlo. Siempre y cuando exista para todos la oportunidad de concursar por el poder, con argumentos de cosecha propia. Cerrarles el paso equivaldría a entender que la tarea de gobernar se desempeña para beneficiarse y no para servir, y eso no es democrático.

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Lo que resulta importante, ante el fenómeno, como lo exigen al menos en el caso de la India, es que la oferta política sea propia y no implique una vuelta tosca al pasado sino un paso hacia adelante. Sin perjuicio de que, inevitablemente, la exigencia sea cada vez más alta, porque así es como los pueblos consiguen superar las desviaciones de su trayectoria.

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