El peso político de los reclamos hechos desde el antiguo tercer mundo, respecto de problemas globales, no depende de su estridencia sino de su carga de razón, de su capacidad de seducción y de la viabilidad de las propuestas que se formulen. No basta con denunciar. Tampoco sirve hacer anuncios o conminaciones que emocionan a la galería interna pero no mueven ni conmueven a nadie en el escenario complejo del desorden internacional. La recurrencia de amenazas universales comienza facilitar, afortunadamente, nuevas audiencias de encuentro entre el llamado Norte y el llamado Sur. De un diálogo sin la arrogancia, las destemplanzas ni los radicalismos del pasado, algo útil puede salir.
El proceso del calentamiento global, que no conoce fronteras, la contaminación creciente de bienes y espacios comunes a la humanidad, como la atmósfera y los mares, la necesidad de fuentes alternativas de energía, la pandemia, las migraciones, e inclusive el retorno de la guerra con peligro de conflagración de talla mundial, son problemas que obligan a dialogar de manera más inclusiva sobre la forma de tratarlos.
Cada vez queda más claro que las instancias tradicionales, propias del orden mundial surgido de la Segunda Guerra Mundial, no sirven, como debieran, para atender las necesidades de más de siete décadas más tarde. El mundo ha cambiado demasiado desde entonces y precisamente los problemas mencionados han acabado por demostrar que, desde el punto de vista institucional, nos seguimos todos diciendo mentiras con un sistema por demás bloqueado conforme a sus propias reglas.
Como la vida política, y las relaciones de poder, jamás se detienen, producen situaciones de crisis cada vez más inmanejables dentro de los esquemas tradicionales. Lo bueno es que, al tiempo, esas mismas dinámicas sin pausa pueden generar poco a poco mecanismos de encuentro que sirven para tratar temas de interés común sin la rigidez de reglas hechas para otra época.
El Foro Económico Mundial de Davos, reunido este año bajo el lema “Cooperación en un mundo fragmentado”, se ha ocupado de ir cada vez más allá de los asuntos empresariales y macroeconómicos tradicionales. En su agenda figuraron la idea de impulsar la construcción de un mundo más sostenible e inclusivo, y temas específicos como la transición energética y el impacto de flagelos que afectan a todos los continentes. Cada vez van a la reunión más jefes de estado y de gobierno, representantes de empresas, orientadores de medios de comunicación y líderes de la sociedad civil que plantean puntos de vista en un ambiente imparcial.
La Conferencia de Seguridad de Múnich cabía hace unos años en una habitación del Hotel Bayerischer Hof. Allí, en el ambiente distendido de la reunión, estuvo Vladimir Putin en 2007. Criticó “el monopolio de los Estados Unidos en las relaciones internacionales”, y presentó sus temores sobre la expansión de la OTAN. En esa época lo que se dijera en la Conferencia no tenía mayor trascendencia. Muchos miraban además a Rusia como una potencia regional con bombas atómicas y en trance de buscar su nuevo destino. Ahora la reunión anual se ha convertido en un foro de primer orden para efectos de discutir sobre temas estratégicos que, bajo los destellos de la guerra de Ucrania, adquieren relevancia y llaman a reflexiones de trascendencia mundial, con actores hace algún tiempo insospechados, como representantes del Sur.
Las discusiones de esos foros, y las de otros no tradicionales dentro del sistema de las Naciones Unidas, como COP 27 sobre cambio climático, muestran cómo poco a poco los países del Sur tienen ahora más que decir que hace unas décadas, cuando concurrían a quejarse y a echarles a otros genéricamente la culpa de sus desgracias. Su discurso es más elaborado, tratan con propiedad los temas globales desde su perspectiva, y exigen, sobre bases razonables, formas más equilibradas y universales de manejar problemas producidos principalmente por otros y cuyos efectos tienen que sufrir. Ese tono, menos altisonante y pendenciero está dando por ahora el resultado de que su discurso no solamente se escuche, sino que se les mire con un poco más de respeto y se entienda la lógica de sus fundamentos y la urgencia de una cooperación Norte - Sur como elemento indispensable para el manejo adecuado de los problemas globales.
Christoph Heusgen, antiguo consejero de Angela Merkel y encargado de presidir este año la Conferencia de Múnich, celebró la concurrencia de países que antes no asistían, y que le dio al encuentro un carácter diferente de la tradicional reunión de la dirigencia de la defensa y la política exterior de los países del “Norte”. Ahora estuvieron presentes y se hicieron escuchar voces que transmiten puntos de vista de lo que ahora han dado en llamar el “Sur Global”. Una mesa dedicada al tema de la cooperación Norte – Sur, Sur – Norte, permitió que se hicieran presentes las críticas a ese “orden mundial” que no facilita la referida cooperación en términos justos y deja en manos del Norte el establecimiento de las condiciones de una relación que debería ser de doble vía, bajo condiciones de beneficio común.
En tono distinto del de la euforia libertaria de representantes de países del Sur que otrora se manifestaban con estridencia, el presidente de Ghana, Nana Akufo-Addo, recordó en Múnich que la mayor parte de las instituciones políticas que gobiernan el mundo de hoy fueron creadas para resolver problemas europeos, relacionados con el renacer del continente luego de la devastación de la Segunda Guerra Mundial. Denuncia serena y objetiva que aparentemente ahora es escuchada con mayor respeto, atención y preocupación. Tal vez porque crece la conciencia de que el mundo no puede funcionar bien si los países del Sur siguen por fuera del marco institucional y de la discusión política central de la postguerra, como si no hubiera pasado ya casi un siglo a lo largo del cual se han presentado, de hecho, tantas mutaciones políticas, sociales y culturales, mientras predomina una visión “euroatlántica” de la historia que vamos haciendo como humanidad. Algo que el canciller alemán vino a reconocer al citar al Ministro de Relaciones Exteriores de la India, cuando dijo que ha predominado la idea de que “los problemas de Europa son los problemas del mundo, pero los problemas del mundo no son los problemas de Europa”.
Algo se ha comenzado a mover en una nueva dirección. Nada está asegurado. El nuevo discurso del Sur todavía no se ha abierto paso al punto de ser definitivo en el diseño del orden del Siglo XXI. Parecería, no obstante, que por fin estuviéramos saliendo del Siglo XX. Que fenómenos universales obligan ahora a todos a ponerse de acuerdo, para sobrevivir. Que a pesar de que el concepto del Tercer Mundo haya quedado atrás, y que los referentes de los “No Alineados” hayan desaparecido, más de la mitad de la población del planeta reclama por el reconocimiento de su significación.
El buen resultado de los nuevos esfuerzos depende de la habilidad de nuestros representantes para hacerse escuchar, sin actitudes ni figuras retóricas propias del folclor, sin el sobredimensionamiento que conduce equivocarse, sino con sabiduría, conocimiento, realismo y sentido histórico. Así se podrá establecer un diálogo que conduzca a fortalecer esa cooperación que ahora muchos reconocen como necesaria. También se podrá transformar adecuadamente la institucionalidad internacional.
Mientras tanto, esos foros informales que permiten manifestarse, debatir, establecer coincidencias y fortalecer lazos, sin los cálculos propios de la actuación en el seno de organismos rígidos, siguen prestando un favor muy grande a la circulación de ideas, el conocimiento mutuo, y el tono del mundo del futuro. Aprovechar ese clima es un reto para fervoroso liderazgo del Sur. Y una obligación para el hasta ahora altivo, egoísta, ignorante y despistado liderazgo del Norte.