28 Apr 2021 - 3:00 a. m.

Luz verde para Annalena

Después de escoger entre la experiencia y la renovación, los electores siempre tendrán motivos para arrepentirse. El panorama de las elecciones generales alemanas del presente año trae la novedad de una aspirante que ha hecho carrera política poco convencional. Tenía menos de diez años cuando cayó el Muro de Berlín. No ha sido ministra y no ha administrado siquiera un pequeño almacén. Sus credenciales son otras y ofrece a los electores, con optimismo, un futuro renovador.

En contraste con lo que acaba de pasar en los Estados Unidos, donde los candidatos eran septuagenarios, la candidata alemana Annalena Baerbock tiene apenas un poco más de la mitad de la edad de cualquiera de ellos, más experiencia política que Trump y una tercera parte de la de Biden. Deportista, estudiante de derecho público e internacional, y madre de dos hijas, fue escogida de manera unánime como la candidata oficial de Alianza90/Los Verdes a la jefatura del gobierno federal.

A diferencia de lo que suele suceder en democracias encriptadas, como la nuestra, donde las candidaturas comienzan con una lista arbitraria de personalidades que se somete a encuestas bien o mal hechas, la candidatura de Annalena sale del seno de un partido con proyecto conocido y claro, sometido al debate público, con democracia interna, que elige a sus dignatarios por sus méritos. Méritos dentro de los cuales figuran su talento y, por qué no, su carisma.

La apreciación de los votantes, a la hora de escoger, no se centrará entonces exclusivamente en la personalidad de la candidata, sino que tendrá en cuenta el contenido minucioso del programa de su partido. Un partido que irrumpió en el escenario en los años ochenta, como colector de causas de protesta de generaciones de estudiantes y nuevos pensadores sobre temas sociales y ambientales, cuyo tratamiento advirtieron como indispensable. Entonces apenas llegó a superar el 5% de los votos necesarios para ir al parlamento. Ahora, en encuesta del 25 de abril, ha llegado, por primera vez, a superar a todos los demás partidos del espectro político, según sondeo promovido por el periódico Bild am Sonntag.

Las ofertas de los verdes coinciden con la índole del partido, orientado a modificar la estructura de las fuentes de energía, reducir la contribución al deterioro ambiental, bajar los gastos de defensa, de pronto ser más audaces y salir del dogma del no endeudamiento, poner límite a la velocidad en las carreteras, modificar el ambiente en las escuelas, hacer el país más justo, acopiar mejores recursos para el cuidado social, el avance en la digitalización del gobierno y de cuanto se pueda en la vida cotidiana, y entender el país en su diversidad y sus dimensiones cosmopolitas.

El avance del partido de Annalena Baerbock se ha producido en el contexto de un proceso de desgaste de los partidos tradicionales, acentuado con las exigencias del manejo de la pandemia. El hecho de que en los últimos períodos parlamentarios ninguno de ellos haya obtenido mayoría suficiente para gobernar por su cuenta, y que les haya tocado aliarse, ha acentuado su cercanía y borrado no pocas de sus fronteras. En cambio, los verdes, libres de alianzas, han podido incorporar a su proyecto elementos que le vienen a dar al partido un vigor de renovación muy oportuno en este momento político, reflejado en el desplazamiento de apoyo ciudadano. Desplazamiento que, en el caso de los más radicales de cada lado, se ha producido hacia partidos de extrema que también forman parte del espectro político.

El CDU, Democracia Cristiana, que ha representado el centroderecha en las divisiones convencionales de afiliación partidista cada vez más borrosas, ha provisto a Alemania de varios gobiernos memorables, como los de Konrad Adenauer, Helmut Kohl y la propia Angela Merkel, que ha dominado el escenario desde 2000 y ejercido el gobierno desde 2005, sufre ahora las consecuencias normales del desgaste propio del ejercicio del poder. Ello es explicable después de haber tenido que tomar medidas frente a fenómenos como el de la inmigración, liderar al grupo europeo ante dificultades económicas de algunos de los miembros de la Unión, darle nuevo contenido a la amistad francoalemana, resistir el embate del Brexit y toda una serie de dificultades acentuadas por las desviaciones de su proyecto político, que ha implicado el manejo de la pandemia.

Por su parte, el Partido Socialdemócrata, centroizquierda, pasa por el desierto de la inutilidad y la incomprensión. Después de haber gobernado con brillo y eficiencia con cancilleres como Billy Brandt y Helmut Schmidt, y de haber protagonizado momentos culminantes de la vida del país a lo largo de la postguerra, y a pesar de las conquistas sociales obtenidas, así como de ejercer ahora mismo ministerios definitivos como finanzas, trabajo y familia, no encanta por su cuenta a los electores. Es posible que las reformas de ablandamiento de su programa adoptadas por Gerhard Schröder hayan producido desencanto entre sus huestes tradicionales. Por eso anda, como los demás de su género en el contexto europeo, en busca de nuevos contenidos y de nuevas propuestas.

Tal vez tenían razón los jóvenes y el candidato a la última elección, Martin Schulz, en el sentido de que, para los socialistas, sería preferible atravesar el desierto, para tener qué ofrecer como verdadera alternativa, en lugar de sumarse, otra vez, como terminó haciéndolo, a una coalición con su contradictor histórico, que encabezaría el gobierno que está por terminar. Olaf Scholz, su candidato de ahora y actual vicecanciller, todo lo que tiene que ofrecer es la experiencia en la conducción de los asuntos del estado. Pero ya se sabe lo que pasa cuando desde otros campamentos llega la oleada de un liderazgo carismático que cautiva a los electores, en este caso con propuestas innovadoras y sensatas.

En el fondo de la campaña, y ante las exigencias de la pospandemia, los electores deberán decidir si les entregan el timón a veteranos, concentrados en los temas que vuelvan a poner al país en la pista, o apoyan a alguien que se va a estrenar en el ejercicio del arte de gobernar. Por ahora va adelante la candidata que lleva el sello de la renovación, con el carisma cautivante de mujer de acción, que reconoce sus limitaciones frente a la mirada ortodoxa de la política, y saca ventaja de las ilusiones que puede traer la idea del comienzo de un capítulo nuevo. Es como un tsunami que, así como se puede desvanecer a lo largo de los cinco larguísimos meses de campaña, también puede llegar al poder.

La sabiduría, el instinto y también la fortuna de los pueblos son convocados a hacerse presentes con motivo de cada elección. Por más que los programas sean claros y las personalidades definidas, la escogencia llevará siempre un toque de aventura. Una cosa es proponer y otra gobernar. De manera que en este caso no solamente se hará evidente el buen juicio de los electores alemanes, sino su intuición y la respuesta del destino. Ya verán después de qué se van a arrepentir.

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