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Aunque a cada uno de ellos le moleste profundamente, Nicolás Maduro y Donald Trump tienen unas cuantas cosas en común.
Los gestos, las palabras y los actos chocantes forman de vez en cuando parte de la comedia de la política. Sus protagonistas son por lo general personajes que se salen calculadamente de lo convencional, no solamente para llamar la atención, sino para canalizar sentimientos que no afloran en el debate tradicional. Una vez tomado ese rumbo, las cosas difícilmente pueden cambiar, porque la transgresión coloca a sus protagonistas en una posición que no tiene salida fácil, en la medida que se vuelve su marca y su propio instinto les lleva a huir hacia delante de manera que, para ser consecuentes, a cada paso se ven obligados a ir más al fondo en sus extravagancias.
Idi Amín Dadá, presidente de Uganda, irrumpió en 1977 con la ostentosa auto proclamación de “Conquistador del Imperio Británico” y “heredero del trono de Escocia”. Ne Win, en Birmania, bajo los efectos de una mezcla de “marxismo, nacionalismo y budismo”, tan acomodaticio como el “socialismo bolivariano”, se bañaba en sangre de delfín para asegurar su longevidad, pasaba los puentes en reversa para no atraer el infortunio, decidió que de un día para otro los vehículos circularan por la derecha y no por la izquierda, para seguir el consejo de una hechicera, y declaró de mala suerte los billetes corrientes para dejar en ceros los ahorros de todo el mundo y establecer una nueva moneda dentro de la lógica de la primacía de su número de suerte, que era el nueve.
En los países donde el poder se busca, o se pierde, por la vía de las elecciones, a los políticos altisonantes les anima la ilusión del contagio de su forma de ver las cosas. Y lo consiguen entre seguidores que los encuentran “francos y abiertos”. Triunfan en el ánimo de seres elementales que se ven representados en ellos y les admiran por hacer públicas “verdades” de esas que algunos pueden expresar solamente cuando se toman unos tragos. Despiertan la admiración de fanáticos ocultos que jamás se habían atrevido a decir lo que los predicadores impúdicos pregonan abiertamente a los cuatro vientos. Congregan a unos cuantos sañudos que se desbocan cuando alguien abre las compuertas de su molestia ante grupos sociales, o fenómenos históricos, para los cuales los adalides del choque proponen medidas que arreglan de un tajo problemas complejos.
Una de las expresiones más rentables de la política del choque es la de emprenderla contra los extranjeros, o contra grupos sociales integrados de hecho, e inclusive legalmente, a una nación que no es la de su origen. Para ello se abusa del derecho a expulsar a los ilegales y se arma un discurso que termina por conseguir adeptos que creen que al aplicar toda la fuerza del Estado contra unos foráneos indeseables y mostrar los colmillos ante los gobiernos extranjeros de donde proceden, se van a arreglar los males locales. En la lista de estas acciones figura la deportación de dos millones de mexicanos, que fueron sacados de los Estados Unidos con motivo de la Gran Depresión de los años 30. También figura la expulsión de más de un millón de mexicanos en 1954, bajo la “Operación Wetback”, para calmar la histeria de algunos sectores por su presencia en la Unión Americana.
Donald Trump y Nicolás Maduro están hermanados por su condición de políticos de choque. El uno quiere sacar a los mexicanos ilegales de los Estados Unidos; el otro quiere sacar a los colombianos de Venezuela. Ambos quieren cerrar fronteras de longitud descomunal. Ambos tienen fobias, o mejor sienten menosprecio por personas de una u otra nacionalidad, estrato económico, creencia política o condición sexual. Ambos insultan o retan a gobernantes extranjeros en forma desobligante, no usual aún en los peores momentos de las relaciones internacionales. Ambos se pagan, en su actitud agresiva, del músculo económico del que han dispuesto, el uno por cuenta de su emprendimiento exitoso, el otro por cuenta de la reserva petrolera de su país.
Bien cierto es que las fronteras entre los correspondientes países son extensas, desordenadas y permeables. Y que en la colombo - venezolana dominan e imponen su ley, de ambos lados, actores irregulares que suplantan al Estado, en el caso colombiano, o lo “malrepresentan”, en el venezolano. Pero el arreglo del problema mal puede venir de la amenaza de expulsión y de la recriminación pública y el reto en tono destructivo a los gobiernos o actores políticos del otro lado. Promover el discurso para sacar mexicanos o amenazar colombianos como fuente de todos los males y usar, como lo hace Maduro, las fuerzas militares para echar por entre los ríos a unos “hermanos” desarrapados e indefensos, después de haber marcado sus sitios de habitación con señales similares a las que usaron los nazis para evacuar a los judíos, transgrede principios elementales de la decencia y del trato debido a los seres humanos.
Trump hace populismo con la idea de emancipación de los códigos de lo “políticamente correcto”, que estarían asfixiando a los conservadores republicanos. Maduro hace populismo con el ánimo de emancipación del yugo de lo “tradicionalmente dominante”, que después de 200 años no ha permitido acabar con la injusticia social en Venezuela. El uno desde una pretensión de derecha, y el otro desde una de izquierda, se juntan como si fueran socios de la misma empresa. Una empresa animada por las fobias, el canturreo y los odios de unos “empresarios” escuetos y agresivos, que carecen de la magia de aquellos encantadores capaces de presentar sus ideas con gracia y ganarse el reconocimiento de propios y extraños por la sensatez de sus propuestas y el ejemplo del respeto hacia todos los demás en los diferentes episodios de la comedia que protagonizan.
