Vaclav Havel, desde la cumbre del poder, escribió en unas vacaciones de verano una especie de testamento político en el que subraya las responsabilidades múltiples de los gobernantes, que exceden los campos tradicionales de dar órdenes e implican deberes de liderazgo en los órdenes moral y cultural.
Cuando los checos pudieron salir del túnel de su aventura forzada en el campo soviético, tuvieron la buena idea de poner en la presidencia a un pensador, en lugar de llamar a un jefecito político a que hiciera más de lo mismo. Era una época de definiciones. Había que hallar no sólo las fórmulas adecuadas para las nuevas instituciones políticas, sino definir el talante de la nueva era de una sociedad que debía aprender a vivir en un contexto de libertades y opciones políticas por estrenar.
Havel confesó que jamás había querido abandonar esa deliciosa independencia de los escritores, en este caso desde el ángulo de los dramaturgos, que les permite a los intelectuales decir lo que piensan, sin temor a quedar desacomodados frente a las clasificaciones de corral que se acostumbran en el mundillo de la clase política. Pero no pudo dejar de aceptar la presidencia, que le fue otorgada por el voto popular no en razón de sus habilidades de manipulador, sino como un reconocimiento a sus dotes de unificador, ubicado por encima de pequeñeces.
Como lo dejó consignado en aquel testamento, mal habría podido un luchador de su trayectoria negarse a participar en la creación de algo mejor, después de tanto haber criticado los defectos del régimen comunista. Pero, antes de reponerse de la sorpresa de su elección no buscada, propuso que el período de su mandato fuese de dos años, con el objeto de que las definiciones institucionales fuesen tomadas prontamente. Estimó además que, una vez diseñada la nueva arquitectura del Estado, era conveniente que hubiese nuevas elecciones, para que entonces sí, con partidos de perspectivas más claras y sin apego a personalidades cautivadoras de simples emociones, los ciudadanos eligieran lo mejor que pudieran, entre quienes hicieran las mejores propuestas.
Como quiera que los buenos compositores de obras de teatro son tal vez, desde Esquilo, los conocedores más profundos del alma de los pueblos, Havel se fue de una vez a lo más profundo, y sin perjuicio de que versados abogados, economistas y burócratas le ayudaran a manejar las cosas del día a día, se dedicó a trabajar en lo que es el oficio de los grandes líderes. Entonces, en lugar de demostrar esa capacidad fútil de estar en todas partes, que tanto gusta exhibir a los caudillos de opereta, le hizo a su pueblo consideraciones y propuestas destinadas a darle aliento de largo plazo al alma. Lo cual no es poca cosa, porque de nada sirve dar órdenes a diestra y siniestra, contradiciéndose a cada rato, inventando interpretaciones alocadas de los problemas, sin que nadie sepa cuál es el rumbo que se lleva.
A sabiendas de que uno puede quedar como un iluso al mencionar ciertos temas cuando está actuando en la palestra de la política, el Presidente inició su documento con un capítulo sobre política, moral y civilidad. Quien quiera que, a cualquier nivel, actúe en política, debe saber que tiene una alta responsabilidad en relación con la condición moral de la sociedad; esta fue la premisa sencilla y contundente con la que inició su reflexión. Sin desconocer que por lo general política y moralidad se consideran incompatibles, y que sólo soñadores incautos piensan lo contrario, Havel insistió en que es deber de los políticos buscar los mejores estándares morales como elemento de fortalecimiento social.
Según el expresidente checo, los políticos deben comprender que el mundo se puede cambiar con la fuerza de la verdad, el poder de la palabra honesta, la dinámica del espíritu libre, la conciencia y la responsabilidad, sin apelar a las armas, sin dejarse llevar por la libido del poder y sin convertir el ejercicio de la política en una práctica permanente de manipulación. De allí se deduce que al gobernante no le mejorará su categoría el ser apenas jefe de una fracción apasionada que busca favorecer a sus amigos y acabar con sus enemigos, porque con ello no sólo divide y polariza a su propio pueblo sino que provoca y estimula una reacción similar, que cuando se vuelve recurrente sólo sirve para descomponer los cimientos de la sociedad.
Los avivatos que hacen alarde de habilidad para proponer todo tipo de reformas de las reglas de juego en busca de evasiones, inmunidades, absoluciones o prórrogas, y que sin un ápice de vergüenza ignoran las responsabilidades políticas y morales que se derivan de sus actos, se reirán de otras de las propuestas de Vaclav Havel y lo despreciarán por su ineptitud para formular más bien un catálogo de prácticas falaces y efectistas de esas que buscan justificarlo todo, inclusive las propias contradicciones.
En todo caso las propuestas del checo buscan los espacios fértiles del alma de los ciudadanos como seres políticos y tienen que ver con el establecimiento de unos estándares morales elevados. Por importante que sea el manejo de la economía, ese no es el único reto de un gobernante, porque le corresponde algo no menos importante como lo es hacer todo lo posible por mejorar el nivel cultural de la vida cotidiana. Sin una corona en el bolsillo, dice, los estándares culturales se pueden elevar. Y no es necesario esperar a que todo el mundo sea rico para que esto se pueda dar.
La propuesta, lo advierte, no es la de obtener un paraíso terrenal. Pero eso no quita que una sociedad aspire a que en la práctica de los encuentros de cada día mejoren las relaciones entre poderosos y débiles, sanos y enfermos, jóvenes y viejos, empresarios y consumidores, mujeres y hombres, maestros y estudiantes, oficiales y soldados, policías y ciudadanos. Y que todos eleven la calidad de su relación con la naturaleza, particularmente con los animales, la atmósfera y el paisaje, lo mismo que con las ciudades, los jardines, la publicidad, la moda y hasta el entretenimiento.
Todo esto, promovido por líderes cargados de autoridad moral, servirá mucho más a una sociedad que el improvisado espectáculo de teatro de unos cuantos charlatanes.