La partida de Omar Bongo demuestra que cuando los países se acostumbran a un solo gobernante corren el riesgo de dejar a generaciones enteras en la infancia política, lo que conduce a que la sensación de orfandad cuando llega la ausencia del jefe sea insoportable y la improvisada recuperación del tiempo perdido implique un precio difícil de pagar.
Durante cuatro décadas, Albert-Bernard Bongo Ondimba, llamado Omar desde su conversión tardía al Islam, gobernó Gabón a voluntad y mantuvo a la mayoría de sus conciudadanos convencidos de que era el mejor presidente del mundo y el hombre providencial necesario para que el país no se fuera a pique.
El último brujo, como le llama póstumamente la prensa francesa, representó como nadie el aliado perfecto de la antigua potencia colonial en el mantenimiento de unas relaciones que le dieron la prerrogativa de ser atendido con devoción por todos los presidentes de la Quinta República, ninguno de los cuales se atrevió a correr el riesgo de afectar los vínculos privilegiados con un pequeño país petrolero, de alto valor simbólico dentro de la familia de la francofonía lo mismo que dentro de la familia africana, y en manos leales y amigables.
El autodefinido como hombre de la paz, que tuvo la sabiduría de mantener a Gabón alejado de las catástrofes del Africa Central, conductor de esa especie de emirato petrolero en el Golfo de Guinea, fue considerado como gran maestro por muchos políticos del continente, y muchas veces fue requerido por sus colegas de la comunidad de jefes de estados en crisis para que les diera lecciones privadas de astucia y de capacidad de supervivencia política interna, así como de vigencia internacional.
Curiosamente, y a pesar de sus amores permanentes con Francia, Bongo se tuvo que ir a morir a España, porque la justicia francesa, y unos cuantos cazadores de políticos corruptos, le tenían echado el ojo debido a la fortuna que supuestamente amasó en los calores africanos, a costa de sus coterráneos, que le dieron la propiedad de numerosos inmuebles de lujo e inversiones que no pudo justificar a satisfacción de nadie. En un país con ingresos similares a los de Portugal, en cuarenta años se asfaltaron menos de 25 kilómetros de carretera por vigencia presupuestal, mientras que el patrimonio de la familia creció hasta límites que aún no se han podido establecer.
Los gaboneses se acostumbraron a obedecer a ese muchacho de provincia que a los 32 años fue el jefe de Estado más joven del planeta y que recibió entonces del General de Gaulle el calificativo de “tipo valioso”. Nadie cuestionaba a un Presidente que en 1993 obtuvo en la Capital tantos votos como número de habitantes había en el momento. A punta de propaganda, eso sí muchos vivían satisfechos de tenerlo como una bendición nacional. Sin perjuicio de la capacidad comprobada de represión.
El tema de la sucesión, como era de esperar, siempre fue tabú. Hablar de ello significaba algo así como un atentado moral contra la vida y obra, siempre a punto de ser redondeada, del gran conductor. Para no hablar de la legendaria habilidad de su parte para evadir ese tema y levantar un manto de incógnita sobre sus verdaderos deseos, mientras pasaba los años sostenido por una clase política que no sabía más que servirle y sacar ventaja de la situación.
Dicen eso sí que para mantenerse en el poder encontró periodistas que le ayudaron en su empeño de quedarse, gracias a la forma en la que hicieron eco de las interpretaciones oficiales de cada incidente de la vida nacional, para que las mayorías pensaran, sin reparos, que sólo en las manos de ese conductor la nave iba por la ruta correcta y que no valía la pena arriesgarse a cambiar, porque si no era Bongo, entonces quién?
A su entierro, transmitido por la cadena francesa de 24 horas, fueron a dar Jefes de Estado, encabezados por Nicolas Sarkozy, y todo tipo de figuras de ese mundo político tradicional del Africa subsahariana que los sectores progresistas esperan haya quedado sepultado también. Ahí quedan multitudes llorando y los del círculo del poder buscando sucesor. En vista de la catástrofe que significa el vacío del jefe desaparecido, los primeros en la línea de sucesión son Alí Ben y Pascalina Bongo, los dos hijitos, niño y niña del jefe providencial, ricos ya por supuesto y listos para asumir. Algo parecido a lo de Damasco o Pyongyang.
En Libreville, unos ilusos políticos locales han dicho a la prensa nacional e internacional que Gabón tiene que seguir dando ejemplo al mundo sobre la base del legado de Omar. Con lo cual justamente ponen de presente cómo puede un pueblo llegarse a equivocar y a perder el sentido de las proporciones. Entre otras cosas porque nadie ha dicho cuál es, en el mejor espíritu republicano, la lección por aprender.