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Una buena retirada

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Eduardo Barajas Sandoval
27 de octubre de 2009 - 04:41 a. m.
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Sacar ventajas personales de la cercanía familiar con el poder irá siempre en contra del espíritu republicano.

Para respetarlo es preciso dejar de lado las pretensiones individuales al menor asomo de profanación. También lo es movilizarse en defensa de los principios republicanos cuando quiera que alguien atente en su contra.

La posibilidad de presidir el proceso de desarrollo del más importante y simbólico espacio de poder financiero de Francia, a los veintitrés años y sin haber terminado estudios universitarios, estuvo a punto de llevar a Jean Sarkozy a introducir a su país en la lista de las dictaduras y las repúblicas bananeras. Solo que, a diferencia de aquellas, consiguió una movilización generalizada en contra de su pretensión.

A juzgar por las apariencias, el hecho de ser el hijo del presidente de la república habría sido la razón principal de la muy posible elección, de Jean como presidente del consejo que toma las decisiones estratégicas de la vida de “la Defensa”, como se denomina al sector contiguo a París en el que se ha dado rienda suelta, a la par, a la imaginación arquitectónica y al genio de los negocios.

Si bien es cierto que el oficio no es remunerado en forma tradicional, implica sin duda unas atribuciones de poder y un reconocimiento reservados a personas con larga trayectoria política. Lo que significa que quien quiera que aspire a llenar el espacio sea una persona no sólo de buen criterio sino de amplia experiencia y credibilidad.

Por medio oriental que parezca, la tradición de seguir el oficio de los padres no ha dejado de producir, en muchos lugares y en diversas proporciones, efectos acumulativos de entusiasmo y vocación que no tienen por qué ser soslayados. Otra cosa es que los honores y el reconocimiento se merezcan gratuitamente.

Lo que no es aceptable en un sistema republicano es que se reciban los honores, el poder y los privilegios, por el sólo hecho de llevar un nombre determinado. Y lo que resulta escandaloso, en el mismo ambiente republicano, es que para ello se cuente con el impulso de los validos del gobierno y con la bendición del jefe de la familia, que por lo general proviene del silencio que no deja de ser interpretado como una especie de complicidad.

Quien posea talento político y lleve un nombre determinado, tiene paradójicamente que pasar pruebas más duras que el resto de los aspirantes a las posiciones de poder. De lo contrario vivirá siempre bajo la sospecha de ser un mediocre que jamás habría tenido la opción de sobresalir si no fuese por su procedencia.

El que se halle en tal situación debe dar paso por paso, con cuidado y dedicación, para que su formación sea reconocida como más sólida y sus aptitudes sean más creíbles. El ascenso le va a tocar peldaño a peldaño, en términos presentables ante todo el mundo. Y aún así, no dejará de llevar a cuestas la sospecha de su mediocridad, hasta que la despeje con creces.

Lo único que ha quedado demostrado con la renuncia a aspirar por ahora al cargo mencionado es el talento político del joven Sarkozy. Su sentido estratégico se ha puesto de manifiesto. Más le vale seguir sus estudios y acumular reconocimiento por su capacidad de frenar sus propias ambiciones, que pasar el resto de la vida lamentando las equivocaciones de su intrepidez.

Al pretendido heredero del presidente francés ya le llegará su tiempo. Para entonces será posible hacer las cuentas de sus méritos y también ver lo que le queda de herencia de aquel a quien desde temprano ha querido imitar, que por ahora no ha ganado puntos por haberse quedado callado, en lugar de dar una de esas lecciones que sólo se pueden dar desde la cima del poder.

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