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Una isla a la deriva

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Eduardo Barajas Sandoval
19 de julio de 2022 - 05:01 a. m.
"En Sri Lanka, los desaciertos del modelo económico adoptado y las fallas de su manejo fueron ostensibles. El énfasis en la provisión de bienes importados y el poco estímulo del comercio exterior, todo eso a un ritmo sostenido desde el final de la guerra interna, acabaron con las divisas y las reservas disponibles. A lo cual se agregó la disminución de los ingresos estatales como consecuencia de importantes rebajas de impuestos. Las malas cosechas, fruto de la sustitución de insumos agrícolas importados por productos precarios y primitivos, vino a ser la corona de las tragedias, y obligó a la importación de alimentos que al final ya no había cómo pagar" - Eduardo Barajas Sandoval
"En Sri Lanka, los desaciertos del modelo económico adoptado y las fallas de su manejo fueron ostensibles. El énfasis en la provisión de bienes importados y el poco estímulo del comercio exterior, todo eso a un ritmo sostenido desde el final de la guerra interna, acabaron con las divisas y las reservas disponibles. A lo cual se agregó la disminución de los ingresos estatales como consecuencia de importantes rebajas de impuestos. Las malas cosechas, fruto de la sustitución de insumos agrícolas importados por productos precarios y primitivos, vino a ser la corona de las tragedias, y obligó a la importación de alimentos que al final ya no había cómo pagar" - Eduardo Barajas Sandoval
Foto: EFE - CHAMILA KARUNARATHNE
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El abuso de la apelación “socialista” para encubrir dictaduras o dinastías familiares es una forma brutal de atentar contra la democracia. A todas luces será acomodaticia la idea de que solamente los miembros de una familia encarnan la capacidad de entender las necesidades y los problemas de una sociedad y tienen la potestad de decidir sobre su destino. La usurpación de la voluntad popular por esa vía no solamente es la negación de la libertad sino una forma de eliminarla. Está demostrado que ni siquiera la fuerza bruta de la represión puede mantener para siempre en el poder a un clan de privilegiados. El pueblo que soporte semejante modelo tiene que revisar la idea de su propia dignidad.

En 2005, Mahinda Rajapaksa derrotó en las elecciones por la presidencia de la República Democrática Socialista de Sri Lanka a la presidente Chandrika Bandaranaike Kumaratunga. Concluía así la hegemonía de los Bandaranaike, que desde los años 60 del siglo pasado había jugado un papel muy importante en el gobierno de la isla. Entre otros, Sirimavo, la madre de Chandrika, había sido en 1960 la primera mujer gobernante del mundo y más tarde fue la inspiradora de la transformación de los restos del Ceilán británico en República Socialista, con la nacionalización de la banca, la educación, la industria, el comercio y la educación.

El nuevo clan en el poder fue el protagonista de la derrota militar de “Los Tigres de liberación del Elam Tamil”, que en 2009 puso fin a una guerra civil de 26 años, animada por la aspiración de la comunidad Tamil de contar con gobierno propio. A partir de entonces, los Rajapaksa creyeron contar con todas las “credenciales” para gobernar el país a su manera. El propio Mahinda fue presidente de 2005 a 2015, pero había sido Primer Ministro anteriormente y lo volvió a ser en 2018 y de 2019 a 2022. También fue Ministro de Finanzas de 2005 a 2015 y después de 2019 a 2021, y siempre fue miembro del parlamento. Gotabaya Rajapaksa, hermano menor de Mahinda, fue presidente de la república entre 2019 y 2022, pero antes había sido Secretario del Ministerio de Defensa, lugar clave en la conducción de la etapa terminal de la guerra, entre 2005 y 2015.

Pero el asunto fue mucho más allá de los dos hermanos presidentes. Basil, Namal, Shiranthi, Chamal, Yoshita, Shasheendra, Manoj, Shamindra, Jayanthi y Bimalka, lo mismo que muchos otros miembros de la familia Rajapaksa, jugaron en los últimos años algún papel importante en la vida pública y privada del país, ocupando ministerios clave y la presidencia del parlamento, con la consecuente danza de millones y manejo de corrientes de capital hacia bancos extranjeros. Tejido complejo que obligaba a los diplomáticos acreditados en Sri Lanka no sólo a volverse expertos en sus instituciones sino en el entramado del poder familiar.

Todo esto hasta que, la semana pasada, cuando inicialmente el Primer Ministro y expresidente y luego el presidente y ex primer ministro, salieron del país huyendo de una arremetida popular que invadió sus palacios oficiales y después quemó sus residencias, y las de otros miembros de la familia, además de destruir un museo organizado para conmemorar a la vista de todo el mundo las glorias y los lujos del clan. Atrás quedaron la admiración y el reconocimiento, al menos de la mayoría étnica singalesa, a los vencedores de la guerra civil. El manejo catastrófico de la economía bajo un régimen que pretendió siempre manejar las cosas por sus propias rutas, condujo sencillamente a la desgracia general.

El gobierno se apresuró a culpar a la pandemia del Covid por la ignición de los descalabros, pues ahuyentó a los turistas que tradicionalmente proveían a la isla la mayor cantidad de recursos. A la pandemia se agregaron atenuados terroristas que han sido reiterados en la historia del país. Pero si bien lo anterior es cierto, los desaciertos del modelo económico adoptado y las fallas de su manejo fueron ostensibles. El énfasis en la provisión de bienes importados y el poco estímulo del comercio exterior, todo eso a un ritmo sostenido desde el final de la guerra interna, acabaron con las divisas y las reservas disponibles. A lo cual se agregó la disminución de los ingresos estatales como consecuencia de importantes rebajas de impuestos. Las malas cosechas, fruto de la sustitución de insumos agrícolas importados por productos precarios y primitivos, vino a ser la corona de las tragedias, y obligó a la importación de alimentos que al final ya no había cómo pagar.

La quiebra de la economía produjo escasez de combustibles, comida y medicinas, y llevó desde abril a la gente a la calle a protestar y a pedir la salida del gobierno, obligado a cerrar servicios y pedir que la gente se quedara en casa, para nada, al tiempo que apeló a la represión, y a la movilización de sus huestes políticas para frenar la protesta. Todo esto mientras en el frente exterior la reputación del país quedó por el suelo y las famosas calificadoras de riesgo ahuyentaron la inversión extranjera. Bajo ese estado de cosas se produjo la salida de los Rajapaksa, que no arregla la tragedia que su gestión produjo en esa isla que han dejado a la deriva.

El último acto de gobierno del presidente fugitivo fue el de llamar a Ranil Wickremesinghe y entregarle el timón de un estado prácticamente disuelto. Ranil ha sido una especie de “comodín” que ha ocupado diferentes ministerios al que llaman a actuar como bombero, que nunca ha podido terminar lo que comienza, y todo lo que pudo hacer fue pedirles a las fuerzas armadas que “hagan lo que sea para restaurar el orden”.

Ahí están los acreedores y los prestamistas, los países del G7, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, todos tan detestados como indispensables cuando un país se ha salido del redil del funcionamiento de la economía internacional, viendo a ver cómo ayudan a Sri Lanka a salir de la catástrofe.

Cualquiera que sea la sofisticación de la fórmula a la que lleguen, la nueva procesión ya se conoce: un país endeudado por generaciones, como fruto del experimento de un modelo económico descarriado y pretencioso, que de socialista democrático no tuvo sino el nombre, mientras se desarrollaba el festín de una sucesión de familias aferradas al poder, para rematar con el delirante impulso de los Rajaspaksa, que lograron acapararlo todo en nombre de una voluntad popular inexistente y en beneficio propio.

En eso va, sin rumbo, ese país productor de tés de aromas refinadas, donde en un templo de Kandy guardan un diente de Buda, llevado a Ceilán para esconderlo, y donde antes de la tragedia del nepotismo florecieron a lo largo de muchos años propuestas de poder popular. Proyectos democráticos que no se pudieron realizar, comenzando por la ineptitud para encontrar un modelo que incorpore adecuadamente a la minoría Tamil, marginada desde cuando el Imperio Británico llevó trabajadores de esa etnia desde el sur de la India a manejar las plantaciones de té, que reemplazarían una aventura cafetera que las plagas destruyeron.

Mientras políticos, acreedores y prestamistas, encuentran alguna fórmula para que ese país vuelva a ser viable, seguirá el espectáculo diario del deporte más barato y lleno de ilusiones del mundo, que se aprecia en Colombo desde el corredor externo del legendario Hotel Galle Face: el de los niños que en las tardes corren a armar sus “wickets” con palitos rústicos para llevar a cabo, con bates caseros, el ritual de decenas de juegos de críquet paralelos en la explanada contigua al malecón, hasta que anochece.

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