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Enseñanzas del COVID

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Eduardo Lora
21 de mayo de 2026 - 05:05 a. m.
“Deberíamos reflexionar más sobre las lecciones del COVID-19 para llegar mejor preparados a otra eventual pandemia”: Eduardo Lora.
“Deberíamos reflexionar más sobre las lecciones del COVID-19 para llegar mejor preparados a otra eventual pandemia”: Eduardo Lora.
Foto: AFP - RAUL ARBOLEDA
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El drama del crucero MV Hondius le ha recordado a toda la humanidad la experiencia del COVID. El nuevo virus —el hantavirus—, que se originó en Argentina, contagió a individuos de cinco nacionalidades y puso en riesgo directo a personas de otros 15 países. De transmitirse más fácilmente entre humanos, habría dado origen a una pandemia mundial pavorosa, puesto que mata a una de cada tres personas infectadas.

Todo indica que, afortunadamente, el hantavirus no dará lugar a una pandemia. Pero no puede descartarse la posibilidad de que, en un futuro no muy remoto, aparezca otro virus que la propicie. ¿Sabríamos qué hacer? Sorprendentemente no, pues no hemos asimilado las lecciones del COVID, a pesar de que son muy claras, como lo revela el excelente libro In COVID’s Wake: How Our Politics Failed Us de los profesores de ciencia política de la Universidad de Princeton, Stephen Macedo y Frances Lee.

Cuando apareció el COVID, los especialistas en esta área de la salud pública tenían bastante claro que las llamadas “intervenciones no farmacéuticas” (INF) eran muy poco eficaces para reducir el impacto de ese tipo de virus en grandes poblaciones. Se sabía con bastante certeza que los confinamientos masivos y las medidas de aislamiento social generalizado no eran los mejores instrumentos para enfrentar una pandemia. Una vez que los casos empezaran a extenderse, lo único sensato sería proteger a las personas más vulnerables por su edad o por sus “comorbilidades” y adecuar los servicios de salud para atenderlos oportunamente en unidades de cuidados intensivos cuando fuera preciso. Eventualmente, la población afectada adquiriría “inmunidad de rebaño” mediante la recuperación de un número suficientemente grande de personas infectadas y/o gracias a una vacuna.

Sin embargo, las autoridades de salud pública más respetadas internacionalmente, como la Organización Mundial de la Salud, súbitamente se declararon favorables a las INF. Paradójicamente, en ello influyó mucho la supuesta efectividad de las medidas que se estaban tomando en China, sobre todo en Wuhan, donde se originó el contagio accidentalmente en un laboratorio (según lo sugiere la evidencia más rigurosa de que se dispone ahora).

Dominados por el pánico y por una demanda colectiva por “hacer algo”, los gobiernos de la mayoría de países cerraron filas alrededor de estas medidas. En cuestión de pocas semanas a partir de principios de marzo de 2020, hasta en los más recónditos lugares del mundo se impusieron confinamientos masivos, y se establecieron mecanismos para identificar y rastrear a los posibles portadores del virus. Se declaró una “guerra contra el COVID” que no dejó espacio al disenso ni a la reflexión.

Sin haber analizado las implicaciones, se impusieron sacrificios enormes a todo aquel que no pudiera trabajar desde su casa frente a un computador. De la noche a la mañana quedaron sin trabajo la mayoría de los trabajadores de todas las ocupaciones no intelectuales, excepto aquellos considerados “trabajadores esenciales” para el bienestar de los recluidos frente a sus computadores y para la sobrevivencia de los contagiados. Para aliviar semejante inequidad, en Colombia y muchos otros países se implementaron programas masivos de transferencias para los pobres y de subsidios crediticios y fiscales para que las empresas formales pudieran continuar pagándole salarios a sus empleados.

Pero la pérdida de ingresos fue apenas una de las consecuencias negativas de los confinamientos: además, se dispararon las enfermedades mentales y la violencia intrafamiliar, se descuidaron otras enfermedades y cuidados preventivos, se abandonó a su soledad a los más necesitados de compañía y, quizás lo más grave de todo, se interrumpió durante meses la educación presencial en escuelas, colegios y universidades. Colombia tuvo uno de los cierres más extensos del mundo: sólo fue en enero de 2022 que el 100 % de las instituciones públicas retomaron la presencialidad plena.

Al analizar retrospectivamente todo esto, se llega a la dolorosa conclusión de que habría sido mejor no haber adoptado esas INF masivas. Y por tres razones. Primero, porque no tuvieron ningún efecto discernible en la mortalidad del COVID, que varió mucho entre países y regiones por razones distintas a la severidad de las INF. El mejor ejemplo es Suecia, país que se resistió a la locura de los confinamientos y el rastreo masivo de casos y en donde, a fin de cuentas, bajó la mortalidad durante la pandemia.

La segunda razón es que el confinamiento fue una medida muy inequitativa, como lo son siempre las medidas dictatoriales. Las voces de los pobres no fueron tenidas en cuenta o, al menos, no con la seriedad que requerían. No es sorprendente por eso que la pandemia haya contribuido en muchos países al descrédito de la ciencia, la sorna de las autoridades de salud y el desprecio tanto de los expertos como de las élites en general. En Colombia estos sentimientos negativos alimentaron el “estallido social” de 2021 y avivaron la polarización ideológica y política.

Y la tercera razón es que todos estos efectos negativos han dejado heridas y cicatrices económicas y sociales difíciles de curar. La generación que perdió casi dos años de vida escolar cargará con ese retraso educativo y social el resto de sus vidas. El rencor por la inequidad incidirá de por vida en las actitudes políticas de mucha gente. Aunque muchos hayan olvidado ya todo lo que pasó en la pandemia, todos seguiremos sufriendo sus consecuencias.

Deberíamos reflexionar más sobre las lecciones del COVID, en parte para reparar mejor lo que se hizo mal, y en parte para llegar mejor preparados a otra eventual pandemia.

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