Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Muchos países han escapado de la extrema desigualdad. ¿Por qué Colombia no?
El alarmante dato de desigualdad que publicó el DANE la semana antepasada no produjo reacción alguna del Gobierno ni de los partidos políticos. Todo siguió como siempre, a pesar de que, con un Gini de 55,6 en 2022, Colombia se ubica en una categoría de desigualdad en la que solo están Namibia, Sudáfrica y Zambia. Ningún otro país del mundo ha registrado un Gini superior a 55 en al menos una ocasión desde 2010. Lo único que mencionaron algunos analistas es que la desigualdad se redujo ligeramente, pues en 2021 el Gini fue 56,3.
Desigualdades como la colombiana son cosa del pasado en casi todo el mundo. En la década de los 90, 28 países tuvieron en algún momento un Gini por encima de 50 y, de ellos, 19 por encima de 55. Pero la mayoría de esos países reaccionaron ante la desigualdad, encontrando eventualmente la forma de corregirla. Con su nueva Constitución, Colombia en 1991 parecía haber tomado el camino correcto. Pero nada pasó; estamos peor que entonces.
Colombia cuenta con algunas condiciones que parecen ser necesarias para escapar de la extrema desigualdad. Una de ellas es que la economía funcione sin mayores sobresaltos, es decir, que haya crecimiento y que la inflación sea moderada. Hasta ahí estamos bien.
Otra condición es que haya amplio acceso a la educación básica, lo que Colombia ha logrado en muy buena medida. Pero no basta con el acceso a la educación; se necesita además que la mayoría de los estudiantes logren desarrollar las capacidades para ser productivos en su vida laboral y los comportamientos para aportar a la comunidad y la sociedad.
Las familias colombianas hacen grandes esfuerzos para que los jóvenes vayan a la universidad. Pero, como ha ocurrido en muchos países, esto no ha ayudado a reducir las desigualdades de ingreso, sino que las ha aumentado. La razón es que las universidades agudizan, en vez de corregir, las diferencias de capacidades que traen los estudiantes. Para quienes vienen de la secundaria con una formación deficiente, el paso por la universidad mejora muy poco sus posibilidades laborales.
Escapar de una situación de extrema desigualdad toma tiempo; no es algo que se logre en un período de gobierno. Típicamente, los países que lo han logrado han persistido en esos esfuerzos al menos ocho años continuos. No hay una fórmula única para lograrlo, como tampoco hay atajos. En América Latina siete países han conseguido reducir la desigualdad fuertemente y en forma bastante sostenida: Argentina, Bolivia, Chile, El Salvador, Paraguay, Perú y República Dominicana. Todos ellos tienen actualmente un Gini por debajo de 45. Estos países han tenido gobiernos tanto de derecha como de izquierda y unos son mucho más prósperos que otros.
Paradójicamente en el mandato de Petro, que fue elegido para hacer justicia social, son pocas las posibilidades de reducir la desigualdad, pues el Gobierno carece de un diagnóstico claro y le está apostando a objetivos equivocados. De poco servirá aumentar la cobertura universitaria si no se mejora primero la calidad de la educación básica. De poco ayudará aumentar las transferencias sociales y los subsidios si están mal focalizados. Menos todavía ayudará fortalecer a los sindicatos y torpedear la inversión privada. Y muy poco servirá promover la economía popular, en lugar de facilitar la formalización del empleo. ¿Hasta cuándo seguiremos tolerando la desigualdad?
