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Ideologías, identidades e intereses son los tres grandes motores de la política. El político exitoso sabe cómo movilizar las tres íes para ser elegido. Pero eso no es suficiente para gobernar, pues hay que pasar de las íes a las realidades.
Ideologías, en este contexto, son las creencias que tenemos sobre cómo debería ser la sociedad y sobre las estrategias o políticas para conseguir una sociedad mejor. Por ejemplo, Petro cree que la economía funcionaría mejor y la sociedad sería más justa si hubiera más Estado y menos empresas con ánimo de lucro. En su ideología, los sindicatos y la “economía popular” deberían tener mucho más poder, mientras que los gremios y las grandes empresas deberían ser marginados de la conducción de la economía y de la provisión de los bienes y servicios más esenciales.
Todos tenemos ideologías, que hasta cierto grado pueden estar fundamentadas en la evidencia y el conocimiento. Quienes tienen mejor formación científica están dispuestos a poner a prueba sus ideologías para que sean una representación más disciplinada, coherente y factible de la realidad. Quienes tienen más pensamiento mágico —es decir, la gran mayoría de los colombianos— no están dispuestos a poner a prueba sus ideologías: les basta con que estén a tono con su educación, sus intuiciones o con lo que han oído decir a otros. Para que los políticos puedan convencer al electorado de sus propias ideologías ayuda mucho sazonarlas con emociones y servirlas en un plato mesiánico. Petro insiste a menudo en que el electorado ya votó a favor de sus ideologías y que por lo tanto no es legítimo criticarlas ni oponerse a ellas.
La segunda i son las identidades, que pueden ser étnicas, regionales, culturales, religiosas o de género, entre muchas otras. Para fines políticos, las identidades que importan son las que nos hacen sentir parte de un grupo que se considera diferente, que cree merecer más de lo que tiene y siente que ha sido degradado, humillado, explotado o ignorado.
Todos tenemos identidades: el truco para los políticos es movilizarlas con tal pasión que los reclamos identitarios sean inapelables y quien se oponga a ellos se vuelva parte de los “otros”, esos que nos han degradado, humillado, explotado e ignorado. El éxito electoral de Francia Márquez se basó en las identidades: “Soy porque somos”. Su mayor logro hasta ahora ha sido la creación del Ministerio de la Igualdad, que más bien podría llamarse el Ministerio de las Identidades o de las Diferencias. Petro apela mucho menos a las identidades, excepto para ponerles algo de realismo a sus ideologías.
La tercera i son los intereses, que comprenden no solo los intereses económicos, sino cualquier tipo de beneficio que pueda derivarse de las políticas. Los puestos públicos, los subsidios y los contratos son ejemplos de intereses particulares que pueden movilizar al electorado. Pero también pueden movilizar al electorado intereses más generales, como la generación de empleo, la seguridad o el acceso a la salud. El problema es que la mayoría de la gente entiende muy poco sobre los intereses más generales. Quienes mejor entienden todo tipo de intereses, particulares y generales, son los empresarios exitosos (de ahí que sean exitosos). Para un buen empresario, las ideologías y las identidades de los políticos son bastante irrelevantes: lo que importa es si los políticos toman decisiones que los benefician a ellos o a sus empresas.
Cuando los economistas incursionan en la política, tienden a creer que los intereses son el motor fundamental de las afiliaciones y actitudes políticas. Incluso tienden a creer que con algo de esfuerzo didáctico puede educarse al electorado para que descubra la ideología “correcta” y para que no interponga las identidades en sus decisiones políticas. Sobra decir que las apuestas políticas de estos economistas metidos a políticos no suelen ser muy exitosas. En las últimas elecciones presidenciales fracasaron rotundamente unos cuantos economistas. La excepción fue Petro, que en realidad no tiene la disciplina mental de la profesión ni el conocimiento sobre políticas públicas de varios de los economistas que aspiraban a ser elegidos.
Las tres íes importan mucho durante las campañas electorales, pero no bastan a la hora de gobernar. Para que la capacidad de gobernar sobreviva más allá de los primeros meses de entusiasmo y esperanza, es necesario que el Gobierno les demuestre a los electores que estaban en lo correcto. Es decir, los electores necesitan ver que la ideología en la que creyeron se materializa en políticas que ayudan a cambiar las cosas en la dirección esperada. Los electores tienen que ver además que los grupos marginados son tratados mejor y consiguen progresar. Los electores tienen que recibir alguna demostración de que están mejorando sus propias condiciones de empleo, ingresos, seguridad y acceso a la salud y otros servicios.
Cuando llega este momento de la verdad ya no importa mucho que el gobernante sea capaz de repetir con emoción el dogma ideológico, ni que siga denunciando a los responsables de marginar a unos grupos u otros, ni que siga lamentándose por las malas condiciones económicas o de seguridad de los ciudadanos. Si no puede entregar resultados, las tres íes se le vienen en contra, pues queda en evidencia que todo era cuento. Ese es el fiasco Petro.
