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En Colombia está haciendo carrera un relato alarmista. Supuestamente estamos frente a una tragedia demográfica porque la tasa de fecundidad se ha desplomado: las mujeres están teniendo apenas la mitad de la cantidad de hijos que deberían traer al mundo para evitar el descenso de la población. Como resultado, ya se están cerrando colegios, está cayendo la matrícula universitaria y, lo peor, se está acercando el día en que las pensiones serán impagables pues no habrá suficientes jóvenes que “sostengan” a los viejos. Pero no se ve la otra cara de la moneda: las oportunidades que abre esta caída de la fecundidad en un país que durante décadas se quejó –con razón– de tener demasiados hijos para tan pocos recursos.
El punto de partida es incómodo: el país se urbanizó y se educó, sin llegar a ser productivo ni solidario. Tuvimos una transición demográfica rápida sin haber construido un Estado de bienestar sólido ni una economía suficientemente productiva. Cuando había muchos niños, decíamos que el problema era la “explosión demográfica”; ahora que hay menos, el problema parece ser la “bomba de tiempo del envejecimiento”. Quizás el problema central no es el número de personas, sino la incapacidad de adaptar las instituciones a la realidad demográfica de cada momento.
Sí, hay desafíos reales. Una fecundidad demasiado baja durante mucho tiempo implica más personas mayores, sistemas de pensiones tensionados y transformaciones profundas del mercado laboral y del consumo. Ese es el debate que ya viven Japón, Corea o varios países europeos. Ignorarlo sería irresponsable. Pero usar esos riesgos como excusa para pedir más nacimientos –sin cambiar nada más– es una forma elegante de no tocar intereses: en vez de establecer un sistema de seguridad social en cuidados, salud y pensiones para los tiempos actuales, culpamos a las mujeres por no tener más hijos.
En Colombia, la caída de la fecundidad abre, al menos, tres grandes oportunidades. Primero, la oportunidad educativa. Si hay menos niños, no tiene sentido aferrarse a la idea de “llenar” escuelas y universidades como si el éxito fuera ocupar los viejos pupitres. El objetivo razonable es mejorar la calidad: más maestros por estudiante, mejores infraestructuras, más jornada única real, más acompañamiento socioemocional. Que cierren algunos colegios o que bajen los cupos universitarios no es, en sí mismo, una catástrofe; es una invitación a reconvertir capacidad ociosa en calidad y en formación continua para adultos, en vez de seguir compitiendo por cohortes juveniles que simplemente ya no existen.
Segundo, la oportunidad para la igualdad de género y el trabajo de cuidado. La fecundidad baja no cayó del cielo: es resultado de más educación femenina, más acceso a anticoncepción, más aspiraciones laborales y menos tolerancia a la maternidad forzada. En vez de lamentar que haya “pocos niños”, podríamos preguntarnos cómo aprovechar este momento para crear un sistema de cuidados que libere tiempo a las mujeres, reconozca a quienes cuidan y prepare al país para una población más envejecida.
Con menos nacimientos, el cuidado deja de estar concentrado en la niñez y se desplaza hacia adultos mayores y personas con discapacidad. Eso exige políticas, no nostalgia: centros de cuidado, atención domiciliaria, protección social adecuada para quienes han dedicado años de su vida al cuidado de otros, servicios públicos que sustituyan el trabajo gratuito de las mujeres. Menos hijos puede significar más libertad, más participación económica femenina y, sobre todo, más reconocimiento de sus esfuerzos en todas las actividades del cuidado y la salud.
Tercero, la oportunidad fiscal y productiva. Un país con menos dependientes jóvenes puede, si se lo propone, invertir más por persona: en salud, en educación, en infraestructura, en transición energética. Los beneficios del llamado “bono demográfico” no resultan de tener muchos jóvenes, sino de que haya más trabajadores en empleos de alta productividad, incluso más allá de las edades legales de jubilación. Esto exige reformas impopulares (pensiones, impuestos, mercado laboral), pero no tiene nada que ver con pedirle a las familias que tengan más hijos para sostener sistemas diseñados para otra época.
El pánico por la baja fecundidad suele ocultar una trampa narrativa: se muestran como “inevitables” los costos de no haber hecho las reformas a tiempo. Si el sistema pensional es regresivo, si subsidia de forma desproporcionada a quienes más tienen, si la informalidad es masiva, cualquier cambio demográfico se vive como amenaza. Culpar al número de nacimientos es más sencillo que reconocer que el sistema está mal diseñado.
Hay, además, un doble estándar curioso. Cuando la fecundidad era alta, se culpaba a los pobres por “tener tantos hijos” y se les pedía responsabilidad. Hoy, cuando la fecundidad cae, se les pide a las mismas mujeres que sean patriotas reproductivas y llenen los vacíos de un sistema que no les garantiza ni empleo digno, ni cuidados, ni ingresos suficientes en la vejez. Se les niega autonomía en ambos escenarios.
La pregunta honesta no es si debemos “subir” o “bajar” la fecundidad, como si se manejara desde un termostato. La pregunta es qué tipo de sociedad queremos construir con la población que tenemos y la que tendremos: una sociedad que se aferra a instituciones diseñadas para el Colombia de los años setenta, o una que reconoce que menos nacimientos pueden ser una segunda oportunidad para cuidar mejor, educar mejor y trabajar mejor.
La verdadera tragedia no es que nazcan menos niños. La tragedia sería desperdiciar esta transición demográfica lamentando lo que fuimos, en vez de aprovecharla para transformar lo que somos.
* Eduardo Lora es el autor del libro “Los colombianos somos así”.
