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#NoMeClasifique o la trampa de la identidad

Eduardo Lora

27 de diciembre de 2023 - 09:05 p. m.

Colombia podría fácilmente caer en la trampa de la identidad que se está extendiendo por los colegios, universidades, instituciones y empresas en Estados Unidos. La trampa consiste en hacer que cada persona se defina, se relacione socialmente y se exprese al hablar y escribir, según su raza, inclinación sexual y otras dimensiones de su “identidad”. Los hombres blancos heterosexuales son los malos de la película, puesto que históricamente han sido los privilegiados, y así deben admitirlo y tratar de expiarlo ante los demás grupos. Cada uno de los otros grupos son víctimas y sufren por razones que quienes no son parte de su mismo grupo no están en capacidad de entender y no deben siquiera pretender hacerlo. A cada grupo pertenece además una forma de expresión cultural e, incluso, un conjunto de “verdades” que nadie puede cuestionar.

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Este macabro marco mental no es una ficción: es una plaga que está corroyendo el ambiente social, laboral y académico en muchos lugares. En donde impera esta lógica, no hay escapatoria; quien no se ciña a sus dictámenes se convierte en enemigo público. El ánimo inquisitorio no se puede cuestionar, pues se basa en la superioridad moral de las víctimas y la culpa de los victimarios, que se definen y distinguen en forma arbitraria e inapelable.

Estas corrientes ideológicas surgieron primero en universidades donde predomina la izquierda, especialmente en las facultades de estudios sociales y culturales. En algunas universidades, las carreras de literatura se dedican a analizar lo que escriben o expresan los distintos grupos de identidad y se obsesionan con encontrar las variadas formas como el lenguaje contribuye a la opresión de las víctimas. Egresados de estas universidades han conseguido sin mayor dificultad que la ética de la identidad, así entendida, se imponga en las ONG que tienen objetivos sociales o filantrópicos. Como consecuencia de este ambiente perverso, las presidentas de Harvard, MIT y Pensilvania se metieron recientemente en graves problemas al tratar de explicar ante el Congreso de Estados Unidos por qué las expresiones pacíficas de antisemitismo deben ser toleradas si no se quiere acabar con la libertad de expresión de los estudiantes. Incluso empresas tan cosmopolitas como Coca-Cola están ya invadidas por este peligroso virus cultural. Un riguroso análisis de estas tendencias es el libro recién publicado de Yascha Mounk: The Identity Trap.

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¿Podría pasar en Colombia? No tengo la menor duda. Ya el Congreso dio un paso transcendental con la creación del Ministerio de Igualdad y Equidad, que según la Ley 2281 de 2023, “en todo el país con énfasis en los territorios excluidos y marginados, protegerá los derechos, con enfoque de género, transversal, focalizado…, diferencial e interseccional… de mujeres, población LGBTIQ+, pueblos afrodescendientes, negros, raizales, palanqueros, indígenas y Rrom” (sic), entre otros. El mismo lenguaje que usan en Estados Unidos los nuevos apóstoles de la identidad, con el agravante de que en Colombia los apóstoles tendrán el apoyo de la ley.

Como está ocurriendo con la reforma del sistema de salud, nuestros legisladores aprueban iniciativas que no entienden y cuyos efectos pueden ser muy dañinos. Por supuesto, mucho dependerá de cómo se implemente la ley. Es factible que el nuevo Ministerio sea simplemente una piñata para quienes consigan apropiarse de la representación de los grupos “excluidos y marginados”. Pero las implicaciones pueden ser más graves: silenciar a quienes expresen alguna opinión que ofenda o contradiga a quienes se tomen la vocería de los excluidos, y despreciar en su trabajo o estudio a todo el que no se comporte con este rígido canon del “respeto” por las minorías.

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La mejor defensa contra estas peligrosas tendencias es no permitir el encasillamiento identitario. Opóngase en forma vehemente si en su trabajo o donde estudian sus hijos pretenden clasificarlo a usted o a ellos según raza, inclinación sexual o cualquiera de esas categorías que quiere usar el Ministerio de Igualdad para asignar culpas y favores y, en últimas, para juzgar el desempeño de las instituciones y las políticas. Cualquier persona es mucho más que la combinación “interseccional” de esas categorías. Lo importante para vivir en armonía es todo aquello que nos hace lo que somos como personas únicas; es decir, todo aquello que esas clasificaciones no pueden captar. Independientemente de su “identidad,” muchos colombianos merecen recibir apoyo porque carecen de ingreso, trabajo o vivienda. Condicionar las políticas públicas al color de la piel o la orientación sexual es una forma de discriminación que no repara los daños del pasado, sino que los replica.

Así que la próxima vez que le pregunten su raza, su grupo étnico o su orientación sexual, diga cortésmente: “No me clasifique, por favor”.

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