Para que esta anomalía termine bien, el Gobierno tendría que despejar las incertidumbres que ha creado.
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Según las más recientes cifras laborales del DANE, no solo ha bajado la tasa de desempleo, sino que está aumentando la tasa de ocupación y está reduciéndose la informalidad. ¿Cómo es posible esto cuando las empresas no paran de quejarse de su terrible situación y la inversión está paralizada?
Hay tres explicaciones que ayudan a resolver esta paradoja. Las dos primeras tienen que ver con la masiva emigración de colombianos al exterior, que se duplicó en 2022, llegando a 547.000 personas (según cifras de Cerac publicadas en febrero). Si ese ritmo de aumento se ha mantenido en 2023, puede que no esté bien captado en las proyecciones de población que usa el DANE. De ser así, el crecimiento del empleo total hasta agosto de 2023 no habría sido 3,9 % sino 3,4 %. Esta hipótesis no invalida otras, ya que el crecimiento económico ha sido mucho menos, quizás 1 % o algo de ese orden.
La emigración puede haber tenido otro efecto: reducir la oferta laboral. Un amigo me contó hace unos días que una empresa grande en Cali, que estaba perdiendo trabajadores, pudo detectar en una encuesta que la principal razón era que más y más trabajadores decidían migrar a otros países. Puesto que esa empresa, como muchas otras, remplazan los trabajadores perdidos, es posible que a fin de cuentas la emigración ayude a reducir la tasa de desempleo. Si esta hipótesis es válida al cien por cien, de no ser por la emigración, la tasa de desempleo de agosto habría sido 10,5 %, en vez de 9,3 %. Así que aquí también podría estar parte de la explicación (aunque esta es una hipótesis que no puede ser totalmente válida porque el número de empleos no es fijo: si la fuerza laboral se reduce, es casi seguro que los empleos también).
La tercera hipótesis es, quizás, la que mejor puede explicar lo que está ocurriendo. La economía está en una situación muy atípica, pues los hogares tienen bastante dinero, mientras que las empresas están muy escasas de fondos (y de ganas de invertir). En el primer semestre de 2023, los ingresos disponibles de los hogares aumentaron 19,5 %, mientras que las ganancias retenidas por las empresas (después de pagos de intereses, impuestos y dividendos), cayeron 61,5 % (según las cuentas institucionales del DANE, una joya bastante ignorada por los analistas).
Por las altas tasas de interés y la incertidumbre, muchas familias están aplazando sus compras de vivienda o de bienes durables, pero no les ha faltado dinero para otros gastos cuya demanda sigue muy fuerte, como educación, salud, recreación y otros servicios. En el primer semestre de este año, los gastos de consumo en servicios, que representan casi dos terceras partes del consumo total, aumentaron 17,6 % en precios corrientes (5,1 % en precios constantes). Como la producción de servicios involucra sobre todo trabajo, esto está impulsando fuertemente la generación de empleo. Lo mismo puede estar pasando en empresas productoras de bienes de consumo cuya demanda es bastante inflexible, como alimentos básicos, bebidas y tabaco.
Hay que preguntarse cuánto tiempo se sostendrá esta extraña combinación de alta generación de empleo con estancamiento de la producción agregada. Seguramente poco, porque las empresas que están ampliando sus plantas de personal, pero no están invirtiendo, rápidamente llegarán a sus límites de capacidad. El empleo no puede seguir aumentando como hasta ahora, a menos que se despeje la incertidumbre que ha creado el Gobierno en tantos frentes, bajen las tasas de interés, y las empresas se animen a invertir. Este sería un desenlace feliz pues, con más empleo y mayores ingresos, los hogares volverían a gastar como antes en bienes durables y en nuevas viviendas. Pero es improbable.
Es más factible que la incertidumbre se mantenga y que, sin importar qué ocurra con las tasas de interés, se frene el empleo, aumente el desempleo y vuelva a crecer la informalidad.
Nota: esta columna surgió de conversaciones en el grupo de políticas públicas que lidera Armando Montenegro.
