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Hay que evitar que empresas que serían viables en condiciones normales colapsen porque no pueden pagar la nómina. Las medidas que se han tomado serían suficientes si en unas pocas semanas pudiera levantarse la cuarentena, pero esto es muy improbable. La empresa típica colombiana solo tiene caja para un mes de nómina y ya han pasado casi dos semanas desde que empezó la cuarentena general el 24 de marzo. Con o sin autorización del Ministerio de Trabajo, los despidos serán masivos, pues numerosas empresas van a quebrar en las semanas que vienen.
Es necesario subsidiar el empleo mientras dure la cuarentena, como han decidido hacerlo muchos países, siguiendo el liderazgo de Dinamarca, que fue el primero. La reacción que siempre escucho al decir esto es que no es posible subsidiar el empleo porque no somos un país rico. Mi respuesta es que resultaría mucho más caro no subsidiarlo, porque una vez que una empresa tiene que cerrar, el problema le rebota al banco y también al Gobierno, que en últimas tiene que respaldar al banco y que no puede tampoco dejar totalmente abandonados a quienes se quedan sin ingreso. Más grave aún, si muchas empresas se quiebran, la economía no podrá recuperarse cuando pase el virus, pues se habrá destruido el tramado de relaciones productivas y se habrá perdido el capital más valioso que tiene cualquier empresa, como es el conjunto de trabajadores con la mezcla de habilidades y experiencias necesarias para poder trabajar coordinadamente en forma eficiente.
Mi propuesta de subsidiar el empleo consiste en que el Gobierno cubra el 50 % del primer salario mínimo de todos los trabajadores que tenían empleo formal en el mes de febrero. El subsidio sería pagado a todas las empresas que mantengan el número de empleados que tenían entonces. Y se las dejará en libertad para que reduzcan los salarios superiores al mínimo. El costo de esta medida está entre 1 y 1,4% del PIB por cada mes de subsidio (dependiendo de si se subsidia solo a quienes estaban en empresas de más de cinco trabajadores en las 23 ciudades capitales, o si se subsidia a todos los que estaban contribuyendo a los sistemas de seguridad social en cualquier lugar del país). Además, mientras duren las medidas de aislamiento, no habría contribuciones de seguridad social ni pagos de impuestos (que igual se reducirían en forma masiva si se deja que quiebren las empresas). Para que los bancos financien la parte de la nómina que queda a cargo de la empresa es esencial el concurso del Fondo Nacional de Garantías, condicionado a aquellas empresas que mantengan el empleo. Aparte de subsidiar el empleo, el Gobierno tendrá que pagar mesadas adicionales de las transferencias extras que se decretaron por una sola vez en los programas de Familias en Acción y Colombia Mayor (cuyo costo es 0,4 % mensual).
Para que sea posible pagar subsidios del orden del 2 % del PIB durante seis u ocho meses sin generar una hecatombe fiscal, hay que asegurar que en vigencias futuras habrá suficientes recursos fiscales distintos a financiamiento. Creo que es responsabilidad del presidente movilizar el apoyo de las élites económicas para conseguirlo. No se trata de donaciones, sino de una reforma profunda de los sistemas tributario y de seguridad social, que implicaría gravar más equitativamente los dividendos y las rentas personales, reformar el sistema de pensiones para que sea progresivo y facilite el empleo formal, y universalizar los mecanismos más básicos de protección social. Con la certeza de que tendrá esos recursos en el futuro, el Gobierno podrá financiarse todavía en condiciones razonables dentro y fuera del país. De otra forma, los títulos de deuda pública perderán en unas pocas semanas la categoría de inversión (la tasa de interés de los títulos en dólares a diez años ha subido en estas semanas 1,7 puntos porcentuales, situándose ya en 7,4 %).
Se trata de que las élites actúen en forma coordinada para resolver rápidamente un problema que ninguna empresa ni grupo económico por separado puede solucionar, pero que a todos en conjunto les conviene resolver. Un problema típico de coordinación. Si se logra, se salvan las empresas, los bancos y el fisco. Podremos mirar al futuro con esperanza, bajo un nuevo contrato social. Si no se logra, todo se hundirá. La angustia del futuro y el resentimiento con los poderosos será cada vez mayor. Las crisis aceleran la historia, es el momento de que el presidente y nuestras élites decidan en qué dirección
