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La inflación tiene todos los visos de volver a nivel nacional y mundial. El desconcierto de los países desarrollados es grande. En un principio consideraban que la inflación era un problema resuelto que se podía enfrentar con los medios convencionales. En los centros más avanzados del pensamiento se esperaba que la inflación fuera de menor grado y desapareciera rápidamente.
La explicación de la inflación no podía ser elemental. Debido a los daños causados por el ahorro y la producción, y luego por el disparo del déficit fiscal, se configuró la criatura. La producción de bienes y servicios crece por debajo de la demanda. El volumen del abastecimiento es menor que el volumen del consumo. Infortunadamente, este diagnóstico que se ha confirmado en los últimos dos siglos en todos los lugares, sorprendió a las autoridades económicas nacionales e internacionales. Al igual que ocurre en las tiendas más modestas y en los almacenes más exclusivos, el desabastecimiento precipita alzas de precios que se refuerzan.
Es bueno que se entienda que la inflación es la conjunción de la escasa producción en el conjunto con respecto a la demanda. Si bien la dolencia se presenta en múltiples actividades y a todos los niveles, el efecto conjunto se manifiesta en los agregados monetarios. En general se encuentra que cuando las necesidades de dinero del público, y en particular de las empresas, es mayor que el acceso al banco central y a las instituciones financieras, como sucede en la actualidad en que el crédito privado crece tres veces por debajo del producto nacional, la producción baja con respecto a la demanda y los precios suben. En cambio, cuando la demanda de dinero iguala la oferta, la producción de bienes se alinea con la demanda y los precios se estabilizan.
En términos concretos, la aceleración de la inflación actual obedece a que el abastecimiento de bienes y servicios es menor que la demanda. Simplemente, la pandemia redujo la producción y el déficit fiscal aumentó la demanda; a su turno, el exceso de demanda desbordó los precios.
En fin, la reducción del ahorro ocasionado por la pandemia, el déficit fiscal y el cuantioso déficit en cuenta corriente configuraron un desequilibrio macroeconómico que reduce el crédito privado con respecto a la producción, eleva el déficit fiscal a 10 % del PIB, amplía el déficit en cuenta corriente registrado y no registrado, y dispara la inflación. En el momento actual adquiere la forma de estanflación. Así lo confirma el análisis del Banco Mundial que anticipa que el estimativo del crecimiento del producto descenderá a 4 % en 2022.
La solución del desorden solo se puede realizar con un cambio estructural de alto calado que he venido sugiriendo de tiempo atrás. Se precisa un modelo de reformas estructurales en materia de coordinación monetaria, composición comercial y sectorial, transferencias de las rentas sociales y política laboral. El primer paso es un cambio drástico en la organización monetaria para aumentar el crédito privado por encima de 30 % en los próximos dos años, y desde luego reducir el déficit fiscal. Al poco tiempo se observaría que la movilización y coordinación del empleo, los recursos financieros y la inversión amplían la provisión de bienes y frenan las alzas de precios.
Nada nuevo. Como se vio en la Gran Recesión de 2008, las teorías monetaristas de Friedman y la Universidad de Chicago son menos apropiadas para enfrentar las crisis recesivas e inflacionarias que las teorías de la inversión y el ahorro de Keynes y Domar.
