6 Jun 2010 - 4:00 a. m.

Los errores de las encuestas

Las encuestas constituyen uno de los grandes avances científicos no suficientemente entendidos.

El comportamiento de un universo de cincuenta millones de personas puede ser inferido con una muestra de cinco mil. El sistema es aplicado en todos los lugares del mundo y es la base de la sistematización estadística.

Los resultados electorales del domingo no parecerían confirmar la teoría. Las encuestas elaboradas por las distintas firmas mostraban un empate entre los dos candidatos punteros y la diferencia resulto más de dos a uno.

La explicación se encuentra en el cálculo del error muestral, que aparece alrededor de 1,5% en las encuestas y falló estruendosamente. En abril, los porcentajes de los candidatos punteros arrojaban discrepancias de más de 10 puntos en sondeos realizados con pocos días de diferencia, y en algunos casos aparecieron votaciones de 5% para los tres coleros.

La revista Semana denunció que una encuesta que mostraba una elevada votación por un candidato se repitió y se publicó con otro ganador. Petro y Vargas Lleras aparecieron en la mayoría de las muestras con votaciones que no correspondían a la tercera parte de las obtenidas por sus partidos políticos en las elecciones parlamentarias y al final revelaron porcentajes similares.

Frente a estos resultados, las firmas procedieron a introducir cambios y filtros que contribuyeron a reducir las diferencias entre ellas, pero las alejaron más de la realidad.

En las últimas tres semanas todas las encuestas arrojaban un empate técnico alrededor de 32% y el día de las elecciones en el tercer boletín de la Registraduría apareció una diferencia de dos a uno que se mantuvo a lo largo del escrutinio.

La verdad es que el error de las encuestas no es la cifra que aparece en la parte inferior de los cuadros. Debido a la estratificación, el tamaño de las muestras, los procedimientos de selección y la irregularidad y la volatilidad de los fenómenos, la cifra es mucho mayor, tal vez del orden del 10%. Ahora bien, una muestra estadística con un error de esa magnitud no es muy distinta a la de seleccionar los números al azar o por pálpito.

Un candidato con un porcentaje de 32, puede saltar a 22 o a 42. La falla se hubiera podido remediar ampliando considerablemente el tamaño de la muestra y mejorando la estratificación.

Las firmas encuestadoras y la Registraduría le deben una explicación científica e ilustrada al país. El gerente de Datexco sostuvo que la discrepancia entre los resultados y las encuestas obedece a la prohibición de realizar sondeos en las fechas más próximas a las elecciones.

Las encuestas, por tomarse en forma repetida, no sólo ofrecen una foto de un momento dado, sino que marcan una tendencia que anticipa el futuro. Es improbable que las encuestas, que durante quince días revelaron un empate técnico sostenido entre los candidatos, variaran 50% en ocho días. Es como el partido de fútbol que va 0-0 a los ochenta minutos y finaliza 5-0.

Desde luego, estos errores influyen en los resultados electorales. Muchos individuos interpretan las encuestas como una valoración de la sociedad y, a falta de mejor información, se inclinan a votar por los que aparecen en las posiciones altas. Así, un evento estadístico que mejora el desempeño de un candidato induce a sufragar por él y en las siguientes encuestas se convierte en un hecho palpable.

No abrigo ninguna duda de que el error que le dio a Mockus una votación de 38% deformó el proceso electoral. La contienda se convirtió en una feria de ficciones, estrategias y triquiñuelas alrededor de un escenario que no existía. De inmediato sacó de la contienda a los cuatro candidatos que los seguían, cuyos partidos y seguidores se orientaron a configurar alianzas con los punteros. Tan sólo el día de las elecciones percibieron que las opciones eran mucho mayores que las registradas en las encuestas.

La lección es preocupante. La democracia montada en encuestas que no corresponden a la realidad termina deformando la democracia. Los electores se pronuncian con base en valoraciones y jerarquizaciones ficticias.

El símil vale en economía, donde las idealizaciones de libre mercado deforman la percepción del interés público. Las grandes mayorías validan los modelos económicos que destruyen el empleo formal, incumplen los derechos fundamentales y amplían las desigualdades.

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