Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Los balances oficiales y de los organismos internacionales de final del año revelaban un gran optimismo.
Proclamaban que la economía crecería cerca de 7%, y añadían que se trataba de un comportamiento sostenido que se extendería en los próximos años. Las condiciones parecen haber cambiado con el año calendario. El Banco Mundial, que aplaudió en múltiples ocasiones el desempeño de la economía colombiana, y la firma calificadora Moody's, que elevó el grado de inversión, han señalado que la economía esta creciendo por encima de sus posibilidades, y recomiendan bajar el consumo.
Nada de esto es nuevo. En varias oportunidades señalé cómo el crecimiento estaba montado en elevados crecimientos de sectores no transables y baja productividad y en la revaluación, que no eran sostenibles. Su origen está en una entrada masiva de capitales que generan revaluación y se movilizan al sector financiero, ocasionando el disparo de las importaciones de bienes transables y presionando al alza los precios de los no transables. La debilidad del modelo se puso de presente a lo largo del año y se ve ampliada ante las perspectivas mundiales.
El déficit en cuenta corriente paso de 2% del PIB a 4%. Si ha esto se agrega las restricciones cuantitativas en Venezuela a las exportaciones de alto valor agregado, la caída de Estados Unidos y los ensayos fallidos para encontrar petróleo, bien podría llegar a 5% e incluso 6%, cifra que ni Estados Unidos ha podido sostener. La inflación superó ampliamente la del año anterior, y la meta, al final del año, se salió del control del Banco. No sería raro que se repitiera la historia del año pasado; la meta no consulta con los ajustes de salarios, la evolución reciente de los precios al productor y las necesidades de devaluación. Por su parte, el crecimiento, que ascendió a 8% en el primer trimestre, ha descendido sistemáticamente, hasta situarse en 5% en el último trimestre. Lo grave es que sus principales motores, que están representados en la industria manufacturera y la inversión, han decaído más rápido. La principal fuente de expansión de la demanda es el aumento de inventarios, que explica dos puntos porcentuales del PIB, lo cual no es real, y en cualquier caso no es sostenible.
El panorama de alza de la inflación, déficit en cuenta corriente, alza de las tasas de interés y caída del crecimiento económico no es la consecuencia de los fundamentos económicos. La explicación se encuentra, más bien, en la combinación del modelo de crecimiento con revaluación y la política de inflación objetivo del Banco de la República. Dentro del marco de este criterio, la tasa de interés ha venido subiendo en forma sistemática para contrarrestar las presiones inflacionarias provenientes de las alzas de los precios de los bienes no transables y los alimentos. De acuerdo con las concepciones de la neutralidad del dinero, que sirvió para justificar a los bancos centrales, esta política baja la inflación sin afectar mayormente el crecimiento y la balanza de pagos. Los hechos han mostrado un comportamiento totalmente distinto. El alza de las tasas de interés provoca una fuerte caída en el crecimiento económico y no afecta mayormente la inflación. Adicional a lo anterior, se manifiesta en déficit creciente de la balanza de pagos y en elevadas tasas de interés del crédito, que generan serios riesgos de crisis financiera y cambiaria y terminan en tragedia.
Lo anterior ya ocurrió en Estados Unidos. El alza de la tasa de interés para frenar las burbujas y contener las presiones inflacionarias se manifestaron en una ampliación del déficit en cuenta corriente y la elevación de las tasas de interés del crédito, que se llevaron por delante el mercado hipotecario y precipitaron la caída del crecimiento económico, que tiene todos los visos de convertirse en recesión.
El problema es mundial e institucional. El avance más significativo de las instituciones económicas en las dos últimas décadas es el banco central, que le concede prioridad a la inflación sobre cualquier otro objetivo. La doctrina está montada en la teoría de Friedman de que la inflación es un fenómeno monetario, lo cual ha dejado de ser cierto por la globalización. La inflación ha pasado a ser, en buena parte, un fenómeno externo. En tales condiciones, las alzas de las tasas de interés para contener la inflación pueden resultar peores que la enfermedad.
En fin, la sostenibilidad del crecimiento y la corrección de los desajustes financieros y cambiarios requieren de una nueva concepción de la política monetaria. El banco central, que opera sobre un solo instrumento –la tasa de interés– para lograr un solo objetivo –la inflación– está haciendo aguas. En su lugar, se plantea una organización que opere sobre una alta gama de instrumentos –como controles de capitales, intervención en el tipo de cambio, orientación del crédito, regulación del sector financiero– para conciliar la baja inflación, el crecimiento, la estabilidad de la balanza de pagos y la prevención y solución de crisis financieras.
