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Reforma de la política económica

Eduardo Sarmiento

14 de febrero de 2009 - 06:00 a. m.

Colombia está condenada a enfrentar la recesión con un superávit fiscal primario.

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Hace un año y medio el tipo de cambio se devaluaba y el Banco de la República subía la tasa de interés. En varias columnas mostramos que ese manejo resquebrajó el sector externo y contrajo el mercado interno al precipitar la desvaloración de los precios de los activos y reducir el crédito, la caída libre del crecimiento económico y el empleo. En el último trimestre de 2008 la producción industrial descendió 10%, a tiempo que el empleo, las exportaciones, la construcción y la inversión en maquinaria y equipo se derrumbaron. El producto nacional apenas creció en dicho período 1% y en el presente año lo hará por debajo de esa cifra.

Ahora, la crisis interna y externa cambia el signo de los comportamientos. El alza de tipo de cambio no afecta mayormente los volúmenes físicos de exportación y la baja de tasa de interés no garantiza que el aumento de la liquidez sea aceptada por el sector productivo.

Ante el incumplimiento de las teorías clásicas y neoclásicas de mercado, el Gobierno de Estados Unidos ha introducido cambios que se apartan de la ortodoxia y amplían la intervención del Estado. Sin embargo, las políticas no están enmarcadas dentro de un modelo coherente, son insuficientes y no incluyen reformas estructurales, como la reducción del déficit de los Estados Unidos y el fortalecimiento de los mercados internos de las economías emergentes, que aseguren una salida sostenible de la crisis.

América Latina no ha podido escapar del yugo intelectual del fundamentalismo de mercado. En un momento de deterioro de la economía mundial, la pusieron a propiciar la revaluación, subir la tasa de interés para contener la inflación mundial y recortar el gasto público. Sin advertirlo, la imitación de la ortodoxia monetarista llevó la región de la mano al abismo.

Colombia ha quedado relegada a guardián del cementerio del Consenso de Washington. Ahora, la insistencia de la ortodoxia dentro del marco de crisis mundial tiene todos los visos de acentuar la recesión autodestructiva y agravar el contagio.

La baja de la tasa de interés guiada por la reducción de la inflación no resuelve nada. La ampliación de la liquidez se destinaría a sectores que no están dispuestas a recibirla y, principalmente, a comprar dólares y presionar la devaluación. Como lo importante no es la tasa de interés sino la liquidez y el crédito que entra en la economía, tendría más sentido dirigir el margen de expansión monetaria para financiar el déficit fiscal o los sectores que están dispuestos a recibirla, como sería la conformación de programas de empleo en las ciudades.

Lo mismo se plantea en materia cambiaria. La devaluación en momentos en que el mercado externo está cerrado aumenta las ganancias de los exportadores, pero no tendría mayor incidencia sobre el volumen. En cambio, al elevar los precios de las materias primas, coloca en desventaja las actividades destinadas al mercado interno y, al propiciar la sustitución de moneda nacional por extranjera, causa serios trastornos contractivos. La contradicción se supera dejando los mitos. Basta subir los aranceles de los bienes finales que compiten con las importaciones, bajar los de las materias primas e intervenir el tipo de cambio a un nivel anunciado.

Los planes de expansión de estructura física no tienen ninguna relación con el presupuesto aprobado por el Congreso y elaborado dentro de una clara inspiración monetarista. En condiciones de severa restricción de la liquidez mundial, la expansión del gasto público para impulsar de verdad la economía está condicionada a una ampliación significativa del déficit fiscal y su financiación con emisión.

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En síntesis, Colombia está condenada a enfrentar la recesión dentro de un sistema de cambio flexible, inflación objetivo y superávit fiscal primario. Esta fórmula es totalmente contraccionista en un momento de escasez de liquidez mundial que presiona el tipo de cambio al alza, propagación generalizada de los excesos de ahorro que tiene como epicentro Estados Unidos y cierre de los mercados externos.

Como alternativa se plantea la intervención directa para ampliar la liquidez y encauzarla hacia los sectores que están en capacidad de recibirla; el tipo de cambio anunciado, el alza de los aranceles a los productos finales y la baja de las materias primas; y la configuración de un déficit fiscal de más de 4% del PIB y su canalización hacia la infraestructura intensiva en mano de obra, la vivienda de interés social y los subsidios de asistencia escolar. El expediente, que podría adaptarse en un corto plazo, contribuiría a detener la caída en dominó de la actividad productiva y contrarrestar el contagio por el cierre de los mercados de intercambio comercial.

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