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El informe presentado por el Ministerio de Hacienda sobre el estado de la economía y sus proyecciones plantea cuatro tópicos de debate alrededor de la política fiscal del país.
1. Previsiones de crecimiento del PIB y la inflación. La descripción fiscal está basada en los supuestos equívocos de que la economía crecerá 5% y la inflación se aproximará a la meta del Banco de la República. Los dos estimativos no tienen ninguna posibilidad de cumplirse y distorsionan la orientación de la política.
En la última columna sostuve que bastaba sumar y restar para advertir que la economía crecerá cerca de 3% y experimentará un aumento en el desempleo. Por su parte, la inflación, a la luz de la información de agosto, superará la meta máxima del Banco de la República y estará cerca de 7%.
2. Fallas de coordinación de la política fiscal. En los últimos años, la política fiscal fue moderadamente expansiva y la monetaria fuertemente represiva. Al igual que sucede cuando un objeto se somete a una fuerza de un lado y a otra en el lado opuesto, el sistema pierde movimiento y energía y experimenta serios daños. Esta política fiscal y monetaria contradictoria no ha estimulado la producción, ni moderado la inflación, ni impedido otro tipo de estragos, como la elevación de la tasa de interés y la revaluación. Lo indicado es que las políticas fiscales y monetarias operen en la misma dirección, pero para llegar a un acuerdo sobre el rumbo es necesario un diagnóstico que el Gobierno está en mora de elaborar.
Hasta el momento el diagnóstico ha venido del Banco de la República; se fundamenta en la teoría de la Universidad de Chicago de que el dinero sólo tiene efectos nominales y no altera la producción, es decir, la inflación es monetaria y se corrige con la tasa de interés. La evidencia de los últimos dos años muestra que tanto el diagnóstico como la solución son equivocadas; el alza de la tasa de interés ha sido seguida por una elevación similar de la inflación y por el desplome del crecimiento y el disparo del desempleo.
3. Diagnóstico correcto. En mi libro Economía y Globalización se muestra cómo la inflación se convirtió en un fenómeno mundial, y en las circunstancias actuales se manifiesta en los índices de los combustibles y de los alimentos. La otra fuente de inflación, que tampoco es monetaria, son los mal llamados precios regulados. En este grupo están las empresas con poderes monopólicos que les permiten trasladar sus expectativas aumentadas a los consumidores sin ninguna limitación efectiva, como sucede con las tarifas de servicios públicos.
Si las alzas que vienen de afuera se combaten con la elevación de tasas de interés, la inflación no se altera significativamente, pues los precios de los combustibles y de los alimentos no van a bajar. El efecto recae en la actividad productiva. A la inflación mundial de alimentos y combustibles, que de suyo reduce la capacidad de compra de los individuos, porque implica recortar el gasto en otros productos, se adiciona la contracción del crédito inducida por el alza de la tasa de interés del Banco de la República, propinando un doble impacto recesivo. El resultado es la estanflación, que parece ser una constante global, en la cual la inflación viene del exterior y el estancamiento de los desatinos de la política macroeconómica.
4. Propuesta. A la luz de este diagnóstico y de la observación de la economía colombiana y mundial, se plantea una realidad muy distinta. El crecimiento se desploma, la inflación sube y la revaluación causa serios daños en las actividades de exportación y sustitución de importaciones. Infortunadamente, la organización del Banco de la República es inadecuada para enfrentar los tres problemas. Desde su creación, el Banco es un andamiaje que opera sobre un solo instrumento, la tasa de interés, para lograr un solo objetivo, la inflación. De hecho, se requiere una organización que opere sobre varios instrumentos, por lo menos tres de ellos. Uno es la política fiscal y monetaria, el otro es el manejo cambiario y el tercero es el resto de la política económica.
Así, la política fiscal y monetaria debe orientarse a detener el desplome de la producción y el empleo; en el entendido que las dos políticas se mueven en la misma dirección, lo indicado sería dejar la política fiscal como está y concentrarse en la baja de la tasa de interés. El manejo cambiario debe orientarse a levantar el tipo de variación mediante controles de capitales y compra anunciada de divisas. Por su parte, la inflación hay que enfrentarla con mecanismos diferentes a los monetarios. La solución más obvia es introducir subsidios a los derivados del petróleo y los alimentos, por ejemplo, ajustando los combustibles por debajo de las cotizaciones externas, y complementarla con algún tipo de control para las actividades monopólicas que extienden la inflación a otros sectores, como las tarifas de las empresas públicas.
En síntesis, la propuesta consistiría en emplear la política fiscal y monetaria para reactivar la economía, el manejo cambiario para levantar el tipo de cambio y los subsidios y el control selectivo de precios para moderar la inflación.
