La información sobre el contagio del coronavirus revela que la pandemia está llegando a su final. No es un resultado extraño ni imprevisto. Cuando surgió la pandemia señalé que estamos ante un proceso que se inicia en forma violenta, se acelera, llega a un pico y desciende. En el fondo, se trata de un fenómeno energético que no perdura indefinidamente.
Cuando el Gobierno anunció la cuarentena por la pandemia me pregunté si las autoridades sabían lo que estaban haciendo. En las exposiciones de motivos de los decretos no había un diagnóstico que señalara con claridad los efectos secundarios de las disposiciones de salubridad sobre la economía. En varias columnas advertí que la disposición generaría un drástico cambio en la economía que debía contrarrestarse, aliviarse o moderarse con acciones de políticas basadas en las características propias de la economía.
Por el contrario, las decisiones mundiales y nacionales giraron en torno a la concepción de equilibrio de mercado de la OCDE y de los organismos internacionales. En la creencia de que la economía mundial operaba con ahorro sobrante esperaron que la reducción del ahorro ocasionada por las cuarentenas y la ampliación del gasto público para compensar a los damnificados podían ser absorbidas sin traumatismos. A poco andar se advirtió que no había tal ahorro sobrante. En Colombia la reducción del ahorro causado por la cuarentena y por el déficit fiscal de 8% del PIB, el más grande del siglo, desquiciaron la economía.
La igualdad entre la oferta y la demanda se quebró. En las cuentas nacionales de 2021, la demanda agregada estimada por los procedimientos convencionales creció 10.6%, en tanto que la producción representada por la suma de los valores agregados sectoriales apenas aumentó 5% y el empleo subió cerca de 3%.
La demanda agregada y la producción disminuyen y tienden a igualarse. Los sectores líderes, como la agricultura, la industria y la vivienda, crecen por debajo del promedio, en tanto que los servicios comerciales y bancarios crecen por encima. La inflación se dispara.
No es cierto que la economía se hubiera normalizado. El sistema no ha logrado superar la reducción de la tasa de ahorro que provocó la caída en 2020, el rebote en 2021, y la nueva caída en el presente año. A menos que el país recupere la tasa de ahorro del pasado, y más la eleve, no logrará recuperar el crecimiento histórico y mejorar la distribución del ingreso.
No sobra recordar que en el pasado la solución al ahorro y al crecimiento se buscó con salarios por debajo de la productividad que deterioraron la distribución del ingreso, y se tornaron insostenibles. La consistencia del crecimiento y la equidad está condicionada a la intervención del Estado, dicho, en otros términos, a conciliaciones que aumenten los dos propósitos centrales de la economía en la misma dirección.
La solución al decaimiento de la producción y el empleo y el resurgimiento de la inflación no está en las fórmulas convencionales que han sido refutadas por los hechos. En el corto plazo, de inmediato, se requiere una conciliación monetaria que transforme el dinero en ahorro mediante la ampliación del crédito a los sectores líderes y la reducción de la demanda de dinero. La producción aumentaría, el déficit en cuenta corriente disminuiría, el empleo aumentaría y la inflación bajaría. En el largo plazo se plantea extender las reformas al sector externo, las prioridades sectoriales, las transferencias de las rentas sociales y la política laboral para conformar un modelo que sostenga el crecimiento por encima de la tendencia histórica y mejore rápidamente la distribución del ingreso.