Los símbolos son importantes. Permanecen en la memoria y reflejan una visión del pasado y del futuro deseado. Fueron muchos los que marcaron la posesión del presidente Gustavo Petro. Quizás el más sobresaliente fue la posesión como vicepresidenta de Francia Márquez, una mujer afrocolombiana y lideresa ambiental. También sobresalieron los eventos culturales en todo el país, la presencia protagónica de autoridades indígenas y campesinas como guardianes y garantes del proyecto político del cambio, la imposición de la banda presidencial por María José, la hija del entonces candidato Carlos Pizarro Leongómez, dirigente máximo del M-19, asesinado el 26 de abril de 1990, para mencionar solo algunos. A esto se suma otro símbolo, esta vez del talante del expresidente Duque: en su último acto de gobierno decretó que la espada de Bolívar no podía salir de la Casa de Nariño, como lo había planeado el entrante presidente Petro. Pero no contó con que el primer acto de gobierno de él sería decretar que esta debía salir inmediatamente. Como se dice popularmente, un “papayazo” similar al que dio cuando no asistió a la entrega del Informe final de la Comisión de la Verdad, permitiendo con ello que el protagonismo lo acaparara el hoy presidente.
Pasando de los símbolos a los hechos, el mensaje conciliador que envió el primer mandatario en su discurso de posesión genera confianza. Esto debe mantenerse y expresarse con hechos. No se puede olvidar que la mitad de los electores no votó por él y que él también es su presidente. Sus propuestas de campaña generaron grandes expectativas, en respuesta a las demandas de los millones de personas que salieron a las calles en los últimos tres años exigiendo mejores condiciones de vida y la implementación del Acuerdo de Paz. Entre ellos muchos jóvenes que ya no temen convertirse en sujetos políticos que ejercen masivamente el derecho al voto, sino que están preparados para exigir que el cambio prometido no se quede en palabras.
Se necesitarían varias columnas para comentar el discurso presidencial y sus declaraciones posteriores. Sin embargo, sobresalen algunos hilos conductores. Dialogar y “encontrarnos en medio de las diferencias” es uno de ellos. Esto es fundamental, entre otras razones, para superar la polarización. Pero requiere encontrar un balance entre la democracia representativa y la participativa, entendiendo que estas no son excluyentes sino complementarias. Colombia tiene un muy amplio, diverso y representativo espectro de organizaciones de la sociedad civil, gremiales y empresariales, llamados a ser interlocutores centrales de estos procesos de diálogo en la diferencia. Esto para evitar que un discurso populista termine en frustración y desencanto.
La lucha frontal contra la corrupción también ha sido un hilo conductor y una exigencia a todos sus ministros e incluso a los organismos de seguridad, con un llamado a que, en lugar de perseguir a los medios de comunicación y a los opositores, se concentren en encontrar a los corruptos. Este propósito requiere compromisos y coordinación interinstitucional, a escala nacional, regional y local; garantizar el equilibrio de poderes y la independencia de los órganos de control. No le hace bien al presidente tener en su gabinete a un ministro señalado de haber cometido plagio recurrente.