Estoy segura de que muchos lectores han tenido el privilegio de afirmar que un profesor y un escritor dejaron una huella en sus vidas. Por eso, quiero referirme primero a la escritora canadiense Margaret Atwood y a su libro El cuento de la criada, escrito en 1984, publicado un año después y llevado a la pantalla en 1990. Destaco estas fechas porque anticipó acontecimientos que, más de cuarenta años después, siguen vigentes y tienen consecuencias aún más preocupantes: la crisis de las democracias, el autoritarismo y la violación de los derechos humanos y sociales, entre otros. Varios países de América Latina ya han atravesado esta situación y otros están cerca de hacerlo.
Atwood afirma, por ejemplo, que “el control necesita instituciones, miedo y discursos que lo justifiquen. Y la violencia aparece cuando las personas se resisten o cuando el sistema necesita mantener las jerarquías”. Además, describe cómo el régimen utiliza la religión para sustentar su autoridad y convertirla en fundamento del poder político y en una verdad incuestionable.
El cuento de la criada también muestra cómo el control se ejerce mediante el dinero, el trabajo, la educación, el lenguaje, la sexualidad, la información y las relaciones sociales y políticas. El autoritarismo suele comenzar con restricciones que parecen menores, pero que gradualmente buscan limitar los derechos, las acciones y las decisiones de las personas, en especial de las mujeres, mediante el control de su sexualidad y de sus derechos reproductivos, aunque estén amparados por la ley. A ello se suma el fortalecimiento de un modelo de familia basado en la sumisión de las mujeres. Según Atwood, estas prácticas se alimentan de narrativas que justifican el control mediante el miedo, la inseguridad, la polarización, la búsqueda de enemigos y las respuestas simples a problemas complejos.
El profesor que dejó huella en mí fue Steven Levitsky, coautor con Daniel Ziblatt de Cómo mueren las democracias, libro publicado en 2018 y citado en otras columnas. Sus planteamientos siguen siendo aplicables a muchos países. Los autores señalan, por ejemplo, que algunos políticos tratan a sus rivales como enemigos, intimidan a los medios de comunicación, cuestionan o desconocen los resultados electorales y estigmatizan a las organizaciones que les resultan incómodas. Así buscan debilitar pilares de la democracia como la independencia y la separación de poderes —incluidas las cortes, los órganos de control y el Congreso—, restringir la libertad de expresión y otros derechos, y modificar las reglas electorales.
Los autores también describen mecanismos menos “dramáticos, pero igualmente destructivos”. No se requieren golpes de Estado, como ocurrió en muchos países en el pasado y ha sucedido también recientemente. Con frecuencia, las democracias mueren aun cuando sus gobernantes han sido elegidos conforme a las leyes electorales, lo que les confiere legitimidad legal. Sin embargo, ello no garantiza que, una vez en el poder, respeten las reglas democráticas ni que eviten avanzar hacia el totalitarismo.
Por su capacidad de alertarnos sobre los peligros del autoritarismo y los riesgos que esto conlleva para las democracias, Atwood desde la literatura, y Lewitzky y Ziblatt desde la docencia, me dejaron huella.