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3 Jun 2021 - 3:00 a. m.

¿Hacer lo mismo para que nada cambie?

“No pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo. Las crisis son la mejor bendición que puede sucederles a las personas y los países, porque la crisis trae progreso”.

Esta frase se le atribuye a Albert Einstein. Independientemente de que sea mito o realidad, puede ser aplicada a lo que ha vivido Colombia en las últimas décadas. Conversaciones que no conducen a nada, políticas que en el mejor de los casos solucionan los síntomas de los problemas pero no atacan sus raíces, promesas incumplidas, propuestas electorales que se quedan entre el tintero, unas élites políticas y económicas reacias a los cambios estructurales, instituciones capturadas por intereses particulares, la inequidad y la pobreza como una constante, una justicia paquidérmica y partidos políticos que no logran interpretar las necesidades y aspiraciones de los ciudadanos, que cada vez con más intensidad reclaman ser escuchados, pero no encuentran respuestas a sus exigencias por parte de los gobernantes. Es decir, seguimos haciendo lo mismo y las cosas parecen no cambiar sustancialmente.

Sin embargo, algunas de las peores crisis que hemos vivido han mostrado que aunando esfuerzos y voces se logra progresar, hacer cambios de fondo y fortalecer la democracia. Dos ejemplos de ello son la Constitución de 1991 y el Acuerdo de Paz entre las Farc y el Estado colombiano en 2016. La primera se gestó a partir de la séptima papeleta promovida por el movimiento estudiantil, que llevó a la convocatoria de la Asamblea Constituyente, que estaba presidida por tres personas: Álvaro Gómez Hurtado, Horacio Serpa y Antonio Navarro, representantes de orillas de pensamiento opuestas y con visiones sobre el país que en otros momentos parecían irreconciliables. El Acuerdo de Paz, por su lado, se logró luego de un largo y accidentado proceso de negociación entre dos enemigos históricos, para ponerle fin a un conflicto armado de más de seis décadas. La guerrilla más antigua de América Latina y el Gobierno colombiano llegaron a unos acuerdos en torno a un propósito común para lograr un bien superior. Ni la Constitución de 1991 ni el Acuerdo de Paz son perfectos, pero, sin duda, han sido dos hitos que nos permitirían transitar hacia una sociedad más justa, equitativa, participativa, democrática y respetuosa de los derechos humanos. Las bases están ahí y es el momento de recuperarlas.

La crisis por la que actualmente está atravesando Colombia puede ser una oportunidad para avanzar en esta dirección. Son numerosas las iniciativas que han surgido en medio de la pandemia, el paro y las movilizaciones, que buscan crear espacios de diálogo incluyentes, convocar a sectores diversos, recoger propuestas sobre los temas fundamentales, abrirles las puertas a quienes no están siendo escuchados y proteger la democracia. Y a partir de esto construir participativamente agendas de trabajo para la formulación de políticas públicas construidas desde lo local y lo nacional. Varias universidades, plataformas como www.elavisperopropuestas.org y la Conferencia Episcopal son solo unos ejemplos. El reto es coordinar acciones, no duplicar esfuerzos, no competir, focalizar los auditorios y definir estrategias de incidencia que culminen en cambios de fondo que traigan progreso. Chile ha demostrado que sí es posible y debemos seguir el ejemplo.

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